Paso de que me secuestren
Jimeno Hernández toma al lector de 'El secuestro de Di Stéfano' como rehén y no lo libera hasta la última página.
Uno de los episodios más delirantes del sindiós que sobrevino tras la Revolución de los Claveles —y del que me enteré gracias a la extraordinaria novela Revolución, de Hugo Gonçalves— fue una comparecencia del primer ministro Pinheiro de Azevedo en la que, con el tono del profesor que reconviene a un alumno, declaró: "Ya estoy harto de jueguecitos. Me han secuestrado dos veces. Ya está bien. No me gusta que me secuestren. Es algo me que me molesta".
A Pinheiro de Azevedo lo entiendo perfectamente porque a mí tampoco me haría ninguna gracia que me secuestraran. De hecho, me fastidiaría bastante.
Otro al que le fastidiaban este tipo de cosas era Alfredo di Stéfano, al que la guerrilla venezolana secuestró en 1963 cuando acudió a Caracas para jugar un torneo con el Real Madrid. La historia nos la cuenta el periodista y abogado Jimeno Hernández Droulers en El secuestro de Di Stéfano, que ha publicado la editorial Pepitas. Precisemos que este libro, más que pepita de oro, es pepita de melón: una obra con demasiada cáscara para tan poca chicha.
Para capturar a Di Stéfano, los tres secuestradores se hacen pasar por policías y le piden que los acompañe a comisaría para declarar por un caso de narcóticos. Una vez en el coche, le dan la sorpresa y le vendan los ojos para llevarlo a un piso. Según Di Stéfano, este trayecto duró 45 minutos: "Tenía bien calculado el lapso por experiencia, grabado en su cerebro después de disputar tantos partidos de fútbol. De haber sido un partido, el árbitro ya hubiera pitado el medio tiempo. Casi pudo escuchar el silbato cuando el vehículo disminuyó la velocidad hasta estacionarse".
Al llegar al piso, los secuestradores le dicen a Di Stéfano que no se preocupe, que no van a hacerle ningún daño y que solo lo van a retener hasta que la noticia salga en los medios. El objetivo es secuestrar a un famoso para ganar notoriedad. De hecho, le cuentan que su primera opción había sido Igor Stravinski, pero que lo habían descartado por su avanzada edad, por si le daba un parraque y se les quedaba en el sitio. Aquí a Di Stéfano le da un bajón. Ya es jodido que te secuestren como para encima enterarte de que eres el segundo plato y de que te han elegido solo porque tienes energía para aguantar los 90 minutos de un partido más la prórroga.
Para matar el tiempo mientras sale la noticia, los secuestradores sacan un dominó y juegan con Di Stéfano durante dos días. Juegan tantas veces que no queda claro si han secuestrado a Di Stéfano para aparecer en los medios o porque les faltaba un cuarto participante para formar dos parejas al dominó. A la saeta rubia no le queda más remedio que jugar una partida tras otra y las pierde todas.
Más allá del coñazo del dominó, lo que más le preocupa a Di Stéfano es la reacción de su mujer por no llamar a su casa: "Alfredito, su hijo, cumplía años al día siguiente. Tenía que felicitar al niño. Sara nunca perdonaría que se le olvidara llamarlo para hablar con él. Y la memoria de las mujeres es como la de los elefantes, que nunca olvidan. Ni por ser rehén de unos guerrilleros dejaría pasar el que brillara por su ausencia en una fecha tan especial". Hombre, digo yo que, si te han secuestrado, tu mujer tendrá que entenderlo.
En contrapartida, el mayor placer que halla Di Stéfano en su cautiverio es la comida, tan alejada del régimen estricto que le impone su club. Los secuestradores le traen pepitos, refrescos y cerveza, y Di Stéfano se lo pega todo tan a gusto entre una y otra partida de dominó. Siempre viene bien que te secuestren para saltarte la dieta.
Los pepitos y la birra se le acaban a Di Stéfano cuando sale finalmente la noticia en los medios y los secuestradores lo liberan. Para colmo de males, en vez de mandarlo de vuelta a España con su familia, Santiago Bernabéu —a quien Jimeno Hernández Droulers llama reverencialmente "don Santiago" o "el señor presidente"— insiste en que dispute la final contra el São Paulo por el honor del Real Madrid. A Di Stéfano le ocurre entonces igual que con el dominó: que no puede negarse a jugar y que pierde el torneo.
Hasta aquí la historia del secuestro de Di Stéfano, la cual le da a Jimeno Hernández Droulers —a partir de ahora, "don Jimeno" o "el señor autor"— para llenar, con infinitas repeticiones y una prosa desgalichada, unas 150 páginas. Vienen después otras 120 páginas de relleno que se nos podrían haber ahorrado.
Por un lado, se nos relata la carrera deportiva, como jugador y como entrenador, de Alfredo di Stéfano. Por el otro, se nos cuenta la evolución política de Venezuela y el ascenso del chavismo. Páginas y páginas sin relación con el secuestro y, peor aún, sin el menor talento literario. Se suceden los capítulos como las partidas de dominó: lentos, plúmbeos, farragosos. Don Jimeno toma al lector como rehén y no lo libera hasta la última página. Un secuestro en toda regla.
Lo más popular
-
Ayuso suma otra victoria frente al socialista Javier Ayala: la Justicia avala el centro de menores de La Cantueña -
Sánchez y Begoña reciben tratamiento estético dental en Quirón en plena campaña contra el Grupo -
Ayuso denuncia el "agravio" del Gobierno con la Fórmula 1: "cero euros" para Madrid y 40 millones para Cataluña -
Alemania arma a Ucrania con 50.000 drones inteligentes capaces de perseguir objetivos en pleno vuelo sin control humano -
Dimite el director de Comunicación Institucional de Sánchez por discrepancias en el reparto de la publicidad
Ver los comentarios Ocultar los comentarios