Menú

Nadal, hasta el límite y más allá

Mi pasión por Rafa siempre fue como su forma de jugar: volcánica, desbocada, a tumba abierta. Nunca me ha interesado ningún deportista que no sea él.

Mi pasión por Rafa siempre fue como su forma de jugar: volcánica, desbocada, a tumba abierta. Nunca me ha interesado ningún deportista que no sea él.
Rafa Nadal. | LD/Agencias

¿Dónde estabas cuándo se estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas, cuando Tejero entró pegando tiros en el Congreso, cuando cayó el Muro de Berlín? Hay acontecimientos tan extraordinarios que sirven para dividir en capítulos el desorden de nuestras vidas. Yo, por ejemplo, sé dónde estaba cuando Rafa Nadal ganó y perdió cada uno de sus títulos, porque esas victorias y derrotas no solo jalonan su biografía, sino también la mía.

Mi pasión por Rafa siempre fue como su forma de jugar: volcánica, desbocada, a tumba abierta. Nunca me ha interesado ningún deportista que no sea Nadal. Por eso, mientras que los forofos del fútbol lo son toda la vida, mi afición al tenis siempre tuvo fecha de caducidad: el día en que Rafa dejase de jugar.

Era ver a Nadal en la pista y sentir cómo mi corazón latía a tantas revoluciones como las que él le imprimía a la bola con el toque liftado que siempre fue su sello de la casa (recuerdo una ragazza bellísima, entre el público del Masters de Roma, que agitaba una pancarta que decía: "Da Verona in motorino per vedere il tuo top spin").

Como sucede con los héroes, el poder de sus rivales agiganta su leyenda. Pensemos en lo extraordinario que resulta que hayan coincidido en el tiempo el mejor jugador de la historia sobre hierba (Federer), el mejor sobre cemento (Djokovic) y el mejor sobre tierra batida (Nadal). ¿Cuántos títulos habría ganado cada uno de ellos de no haber existido los otros? ¿Cuántos Grand Slams tendría Rafa si dos de los cuatro grandes del circuito se disputasen en tierra batida y no únicamente uno? ¿Cuántos Masters 1000 si fuesen seis y no tres los que se jugasen en esta superficie?

Lo más fascinante de Nadal es que su talento se desplegaba en toda su extensión cuando su vida pendía de un hilo. Sus mejores puntos siempre fueron en los momentos límite, justo cuando más le debería temblar la mano. Recuerdo una semifinal del Masters de Miami contra Thomas Berdych. Rafa tenía tres bolas de partido en contra. Un solo fallo y a casa. Nadal hizo entonces lo impensable: metió 3 aces seguidos. Él, del que siempre se dijo que no sabía sacar.

De todas las gestas de Rafa, la más portentosa la realizó en su coto privado de caza: la tierra de París. Con Djokovic, Nadal y Federer, nos hemos acostumbrado a que un tenista pueda ganarlo todo, pero durante décadas hubo varias marcas que parecieron imposibles de superar. Una de ellas fue la que había fijado Bjorn Borg en tierra batida con sus seis títulos de Roland Garros. Este hito deportivo encerraba a su vez otro, y es que cuatro de esos seis torneos los había ganado de forma consecutiva.

La llama de Borg en el panteón de París se vio amenazada cuando el vendaval de Manacor acudió en 2009 a Roland Garros, donde tan solo conocía la victoria, para exigir su quinta corona. El botín, sin embargo, se le escapó de las manos, y Austerlitz devino en Waterloo. Las rodillas de Nadal dijeron "¡Basta!" y el pirata Soderling le dio la estocada en cuartos de final para regocijo del público (¡cuánto tardaron los franceses en reconocer a Rafa como su verdadero rey!).

A la vez que sus rodillas, se quebraron nuestros sueños. Tal vez Nadal lograra recuperarse de aquella lesión y regresar al circuito. Mucho más difícil sería que recobrase su nivel y ganase de nuevo Roland Garros, y más todavía que batiese la marca de las seis Copas de los Mosqueteros de Borg. Pero lo que ya se había certificado como imposible era superar los cuatro títulos consecutivos del sueco.

"Imposible no es francés", dijo Napoleón. "Imposible no es Nadal", se dijo Rafa. Y regresó a París al año siguiente. Y ganó cinco Roland Garros de una tacada. Y después otros cuatro más seguidos. Y un último de propina. Y no sigo más, que me da la risa.

Dada mi devoción por Nadal, he visto con enorme interés Rafa, el documental que se estrenó el pasado viernes en Netflix y que explora cómo se forjó su leyenda. Aquí adquiere un especial protagonismo el tío Toni, su entrenador desde pequeño, que condujo a Nadal con mano de hierro y lo adiestró para plantar cara a la adversidad y para exigirse tras cada golpe una bola más.

—Los entrenamientos siempre fueron mucho más duros que los partidos —dice Rafa en el documental.

Tal era el ascendiente de Toni sobre su sobrino que Rafa le atribuía de niño un poder sobrenatural: el de hacer llover a voluntad. Una vez, cuando Rafa tuvo que enfrentarse a los siete años contra un rival de once, Toni le dijo para quitarle presión:

—No te preocupes. Si veo que tu rival es mejor que tú, haré que llueva.

—¿En serio puedes hacer llover?

—Por supuesto.

Comienza el partido y el rival de Rafa lo avasalla por completo. Rafa, sin embargo, no baja los brazos y, al cabo de un tiempo, inicia la remontada, hasta que de pronto se pone a llover. Rafa se acerca entonces a Toni y le dice:

—Puedes parar la lluvia. Creo que puedo ganarle.

El documental muestra también la sobrecarga constante a la que Nadal somete a su cuerpo, lo cual le provoca numerosas lesiones (que en España siempre fueron un asunto de Estado). Todo se tuerce cuando, al inicio de su carrera, le detectan un problema en el pie que se convertirá en un tormento inagotable: nunca desde entonces jugará un solo partido sin dolor.

—El tenis —dice Rafa— se volvió para mí una carrera contrarreloj: tener la duda siempre dentro de mi cabeza de a ver cuánto puedo durar con este pie. Nunca sabía hasta cuándo se alargaría mi carrera. Siempre pensaba: a lo mejor es el último año. Entonces no hay tiempo para parar. Tengo que ir al límite hasta el final.

Aunque siempre es un placer reencontrarme con Nadal, el documental no ha colmado mis expectativas, pues se centra demasiado en los meses previos a la retirada y omite los momentos épicos en el terreno de juego. Tampoco indaga lo suficiente en las dos némesis (Roger y Novak) contra las que Nadal se crece y se reconstruye. No está este documental a la altura del legado de nuestro Rafa. Tendrían que haberme contratado a mí para escribir el guion.

Con todo, hay un momento muy emotivo y de gran cariz cinematográfico. Lo relata Toni Nadal en el segundo episodio de la serie y tiene lugar en la que muchos consideran la mejor final de la historia: aquella en la que Rafa alzó su primer título de Wimbledon frente a Roger Federer.

El partido empezó con viento a favor de Nadal, que se embolsó los dos primeros sets. Federer, sin embargo, logró darle la vuelta al partido y ganó los dos sets siguientes. Todo se decidiría, pues, en la quinta manga. Y entonces empezó a llover.

Los jugadores se retiraron al vestuario y Toni fue al encuentro de su sobrino. Trataba de encontrar sin éxito alguna frase para motivar a Rafa, que sin duda estaría mentalmente destruido. No solo había perdido la iniciativa, sino que había malgastado dos bolas de campeonato (una de ellas incluso con doble falta). Su mente debía de ser un remolino de dudas, y el recuerdo de la derrota ante Federer el año anterior en esa misma pista le estaría carcomiendo la confianza. ¿Qué podría decirle para animarlo?

Sin hallar la respuesta, abrió la puerta del vestuario, esperando vérselas con un niño asustado, y se encontró a un coloso con el corazón en llamas que le dijo:

Puedes parar la lluvia, Toni. Voy a ganar el partido.

Temas

En Deportes

    Servicios

    • Oro Libertad
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida