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El pasodoble en los toros

El 27 de septiembre en Vista Alegre, tendrá lugar un festejo muy poco corriente.

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El Juli y Morante | Cordon Press

Se anuncia para el 27 de septiembre una corrida de toros en la carabanchelera plaza madrileña de Vista Alegre (hoy rebautizada un tanto pomposamente, cual recinto deportivo que también lo es en muchas ocasiones, como Palacio Vistalegre, todo junto). No es un festejo corriente, pues publicitado con la leyenda "Maestros", intervendrán Morante de la Puebla, El Juli y Alejandro Talavante. Tres figuras del toreo, con estilos bien diferentes y definidos.

Pero la novedad que nos lleva a prestarle aquí nuestra atención es que antes, después y sobre todo durante el transcurso de la lidia sonará la música en directo de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, dirigida por el maestro Victor Pablo Pérez, integrada nada menos que por setenta y cinco componentes. Sépase que lo habitual es que sea una banda la que amenice cualquier espectáculo taurino, que nunca suele rebasar la treintena de músicos, cuando no es un número inferior. Lo que sucede en la Monumental de las Ventas, considerada la primera plaza del mundo. Donde, por cierto, jamás suena la música durante las faenas; sí cuando se ha arrastra la res camino del desolladero, en los prolegómenos de la corrida o cuando ésta ha finalizado. El único coso donde sucede tal cosa.

"Corrida de la Victoria"

¿Saben por qué y desde cuándo? Se lo contamos gustosos, por si hay aficionados que aún desconozcan la historia. Se celebró el 24 de mayo de 1939 la llamada "Corrida de la Victoria", en la que tomaron parte nada menos que seis matadores y un rejoneador, quienes tras el despeje de la plaza, culminado el paseíllo, se vieron obligados a levantar el brazo derecho, "a la romana", saludo falangista, ante el palco presidencial, como fue preceptivo algún tiempo tras acabar la guerra civil. Dos de los diestros acaparaban entonces la mayor rivalidad en los ruedos: el madrileño Marcial Lalanda y el toledano Domingo Ortega. Durante la faena del primero, que encabezaba el cartel, sonó la música, como siempre había sucedido en Las Ventas cuando el público la solicitaba. No ocurrió lo mismo cuando le correspondió al otro citado espada lidiar su toro: el director de la banda se negó a complacer a los seguidores del oriundo de Borox.

La reacción de los "orteguistas" fue fulminante y ruidosa, prorrumpiendo en gritos y denuestos no sólo durante la faena sino prácticamente ya a lo largo de la tarde. Parece ser que en ello mediaron criterios ajenos a la Fiesta: Marcial era afín a la política franquista; Ortega, menos, pues se había identificado con el bando perdedor en la contienda. El Presidente del festejo determinó que no tocara la banda en el resto de la corrida.

De resultas de aquel incidente, la música no volvió nunca más a acompañar ninguna otra faena en el coso madrileño. Injusta, incomprensiblemente. ¿Qué podía tener de justificación una tarde en la que pudo existir un conato de escándalo de orden público con sucesivos festejos? Con una única excepción: la del 16 de octubre de 1966, fecha en la que Antonio Bienvenida se encerró con seis toros y brindó en el último un par de banderillas al director de la banda, quien ordenó se interpretara un pasodoble para agradecer aquel gesto cortés. Y es que la música nunca ha dejado de sonar en los toros. A ritmo de pasodoble, naturalmente. Que tiene un origen a militar, dado que la marcialidad de sus compases facilitó siempre el desfile uniforme de la tropa. Nació en el siglo XVIII.

La incorporación del pasodoble al folclore popular sucedió ya muy avanzado el siglo XIX a través de las zarzuelas. Ya en el XX se incluirían en otros espectáculos teatrales, sobre todo los de variedades. Y desde la postguerra como acompañamiento de letras de coplas o canciones andaluzas. No todos los pasodobles tienen sabor taurino, pues los hay de distinta temática. De mediado el XIX era la costumbre que bandas de música del Real Cuerpo de Alabarderos amenizaran festejos de caballistas en la Plaza Mayor de Madrid. Fue el inicio de una tradición que se extendería en el siguiente siglo cuando las bandas municipales acudían a las plazas; primero, camino de ellas, animando por las calles a los vecinos con su repertorio y luego tocando ya durante el festejo. La principal diferencia en el pasodoble estrictamente taurino es que, por lo general, es sólo música para ser interpretada instrumentalmente en una plaza de toros. Lo que no excluye que parte de ellos tengan letra, menos conocida del gran público. El respetable suele agradecer siempre el trabajo de las bandas, a veces incluso abusando con un latiguillo entre desconsiderado y burlón: "¡música, gandules!" Los toreros, asimismo, se sienten reconfortados con tales compases, señal de que su lidia es premiada de esa manera. Aunque los hay que prefieren el silencio mientras torean en el último tercio, justificando el título de aquel ensayo de José Bergamín "La música callada del toreo", que escribió pensando sobre todo en su torero favorito, Rafael de Paula.

Si bien "Suspiros de España" no es en puridad un pasodoble taurino, es el que reúne toda la esencia de este ritmo tan genuinamente nuestro, por lo que las bandas de música suelen seleccionarlo en su programación. Pero los que más suenan (digamos que alternándolos entre medio centenar) son, entre los más aplaudidos, éstos: "España cañí", "El gato montés", "Gallito", "La Giralda", "La gracia de Dios", “Nerva”, “Amparito Roca”, “Dauder”, “Marcial eres el más grande”, “Domingo Ortega”, “Churumbelerías”, “Ópera flamenca”, “Pepita Greus” (que, erróneamente, aparece mal escrito muchas veces como “Creus”), “L´entrá de la murta”, “Puenteareas”, (uno de los escasos pasodobles gallegos que hay), “Paquito el Chocolatero”… Por su título, se advierte que unos están dedicados a toreros y otros, no. De los primeros, al que más pasodobles dedicaron fue a un matador de toros de leyenda, Manuel Rodríguez "Manolete", de cuya muerte en Linares se cumplieron sesenta y siete años el pasado 27 de agosto.

Condensando la historia del pasodoble, digamos que no existe musicalmente un ritmo tan español, el que al margen de modas y gustos de cada generación mejor nos representa fuera de nuestras fronteras, de igual modo por ejemplo que para un austríaco sería el vals. No hay pueblo de España, por mucho que en Cataluña y el País Vasco traten de eludirlo como tantas otras costumbres autóctonas, donde no suene un pasodoble, sobre todo en las fiestas de cada verano. Y así seguirá siendo, les agrade o no a cuantos quieren acabar con nuestra cultura popular.

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