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Franco Battiato en Madrid: la belleza también es capaz de sublevarse

Teniendo en cuenta que el concierto cayó en 18 de julio, el chiste era fácil: la tropa no tardó en gritar "¡¡¡viva Franco!!!".

Franco Battiato (Jonia, 1945) es un ornitorrinco musical, un ser donde convergen, de un modo imprevisible y brillante, la ópera, el pop, el tecno, la canción ligera y el rock. Battiato, sin exagerar, es un genio. También un dandy, un místico, un seductor. Lo demostró por enésima vez este martes en Madrid, llenando el Real Jardín Botánico Alfonso XIII, en el marco del festival Noches del Botánico. Teniendo en cuenta que el concierto cayó en 18 de julio, el chiste era fácil: la tropa no tardó en gritar "¡¡¡viva Franco!!!".

Lo de Battiato en Madrid fue un ejercicio de belleza. Al autor de joyas como "Up patriots to arms", "Bandiera bianca" o "Il re del mondo" le costó calentar la voz –en alguna de las primeras piezas intentó cantar por alto, y se quedó en el intento–, aunque no tardó en adaptarse al ecosistema. Ofreció un repertorio lírico, reflexivo, pesimista –"Somos seres inmortales caídos en las tinieblas, destinados a errar"–, a veces surrealista, a veces romántico, cuando no sexual. Todo ello, sustentado en una banda sencillísima y maravillosa, con Carlo Guaitoli al piano, Angelo Privitera en los teclados y sintetizadores, y el Nuevo Quarteto Italiano, compuesto, a su vez, por Demetrio Comuzzi –viola–, Alessandro Simoncini y Luigi Mazza –violines–, y Luca Simoncini –chelo–.

Antes del siciliano, actuaron Bambikina –un grupo español que hace rock con toques tex-mex, con melodías poderosas, letras interesantes, sonido potente: apuntados quedan– y el cantautor Juri Camisasca –muy ligado, profesionalmente, al protagonista de la velada-, quien interpretó tres canciones: "Luce dell’India", "Il sole nella pioggia" y la popular "Nomadi", cantada por el público con timidez, como poniendo cara de ésta me la sé y me gusta.

Ataviado con una americana roja –lo dicho: es un dandy–, Battiato salió con un enérgico "¡Benvenuti!" y se sentó sobre una plataforma cubierta con una alfombra persa. Su concierto arrancó solemne, sosegado, quizá denso. Empezó con "Stati di gioia", anunciando que ha descubierto, por casualidad, el estado que conduce a la alegría. Continuó con "Le sacre sinfonie del tempo", "Secondo imbrunire" y "Fornicazione", mas no fue hasta "No time no space" cuando el respetable se empezó a calentar. Embrujó con "Povera patria", aplaudida entre versos –"Entre los gobernantes, ¡cuántos perfectos e inútiles bufones!"–, y con la hermosísima "L’animale". Tras interpretar dos versiones –"Te lo lego negli occhi", de Sergio Endrigo, y "La canzone dei vecchi amanti", de Jacques Brel–, el siciliano, perdón por el tópico, tiró de artillería, enlazando "La stagione dell’amore", "Gli uccelli" o "Prospettiva Nevski". "¡Vamos a bailar!", exclamó, y se puso de pie por primera vez para cantar "La cura".

Con "L’era del cinghiale bianco", la gente cantó sin timidez, tocó las palmas –guiada, en ocasiones, por el propio artista–, empezó a acercarse al escenario. Battiato hizo el típico amago de despedida con "E ti vengo a cercare", aunque no tardó en volver para interpretar tres canciones más, cerrando con la clásica "Voglio vederti danzare", con el público saltando –por fin–, pegado al escenario, estrechando –literalmente– su mano. "Sois los mejores del mundo", dijo antes de despedirse. No hubo más, pese a los numerosos e insistentes reclamos del respetable. Con sus señales de vida, con su luz, el italiano hizo recordar las mecánicas celestes. Qué gusto dio celebrarlo. "¡Franco, Franco, Franco… Battiato!", gritaba alguno mientras se marchaba.

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