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Andrés Segovia, el genio que no aprobó el Bachillerato por su obsesión con la guitarra

La Fundación Juan March rinde tributo al virtuoso de Linares con un ciclo de conciertos que destaca su labor como pedagogo y transcriptor musical.

La Fundación Juan March rinde tributo al virtuoso de Linares con un ciclo de conciertos que destaca su labor como pedagogo y transcriptor musical.
Andrés Segovia | Archivo

Fue Andrés Segovia un maestro de la guitarra clásica, puede que el primero que ha habido en España como tal, reconocido en todo el mundo. Su legado es inmenso: dejó muchos alumnos, grabó infinidad de discos e hizo aportaciones importantes en la fabricación del instrumento que lo consagró. Estos días, la Fundación Juan March ha programado un ciclo de conciertos en su sede madrileña, los días 21, 28 de enero y 4 de febrero, con un repertorio original de este genio universal y de obras que él interpretó. Además de incansable concertista, fue compositor y pedagogo y, además de sus creaciones, transcribió obras de otros instrumentos adaptándolas para ser interpretadas por él a la guitarra.

Contaremos algunas singularidades de su vida, a salto de mata. Nació en Linares el 21 de febrero de 1893, pero sus padres lo llevaron a Jaén, donde fue bautizado. Acabó viviendo con unos tíos en Villacarrillo, que no tenían hijos y medio lo adoptaron. Lo sorprendente es que ya no lo devolvieron al hogar paterno.

Con apenas cinco años ya sentía pasión por la música. Contaba que se la despertó una banda cuando la escuchó tocando "La verbena de la Paloma". Residiendo en Granada con sus parientes fue cuando dejó de asistir a las clases de Bachillerato, para practicar la guitarra a casi todas horas. Y dejó el instituto sin haberlo aprobado. Las obras de Tárrega y de Fernando Sor absorbían su interés por el instrumento al que dedicó toda su vida.

Amigo de Juan Ramón, Unamuno...

Al margen de los estudios que cursaba, Andrés Segovia Torres desarrolló desde su temprana juventud muchas amistades en Granada relacionadas con la cultura, la intelectualidad. Se hizo novio de una sobrina de Ángel Ganivet; ella tenía veintiocho años y él catorce. Admiró la obra del malogrado escritor y cuando fue a tocar en Rusia, se detuvo en Riga para conocer detalles de su trágica existencia. Ganivet estaba obsesionado con el suicidio.

Los primeros contactos musicales en público fueron a través de una estudiantina que dirigía Antonio Gallego Burín. Y su primer concierto a la guitarra fue en 1909 en el Centro Artístico de Granada. Le pagaron cinco duros. Tres años después daba otro en el Ateneo de Madrid, gracias a la intervención de un grupo de amigos entre los que se encontraban Francisco Villaespesa, Ricardo Baeza, Juan Ramón Jiménez… Al poeta onubense lo trató Segovia, que era muy aficionado a la lectura. Recordaba haber acudido a su casa con un grupo, alborozados, en tanto Zenobia Camprubí los acallaba diciéndoles que Juan Ramón estaba "teniendo un poema" en el silencio de su despacho.

Mientras Andrés Segovia vivía en Madrid, frecuentaba la tertulia del "Gato Negro", café donde concurrían Jacinto Benavente, Ortega y Gasset y Unamuno. Se lamentaba el guitarrista diciendo que "a los escritores, generalmente, no les interesaba la música", exceptuando a unos pocos como Eugenio D´Ors y Gabriel Miró. A Unamuno lo trataría cuando vivía en París. Segovia leía unas partituras mientras el catedrático bilbaíno se entretenía haciendo pajaritas de papel. Mientras tocaba la guitarra, Unamuno le decía que toda la música le sonaba igual.

Pasaban los años y Andrés Segovia, además de sus conciertos por toda España, hizo una triunfal gira por América del Sur. Dio uno también en el Conservatorio de París, donde entró en contacto con Manuel de Falla. En 1920 coincidió de nuevo con el autor de "La vida breve" y organizaron junto a Fernández de los Ríos, Federico García Lorca y otras personalidades el Concurso de Cante Jondo, ya histórico en el mundo del flamenco. Ignacio Zuloaga, espléndido, expuso en ocasión de ese evento una treintena de sus cuadros y, además, regaló mil pesetas para el "cantaor" que más sobresaliera.

A pesar de todo, Andrés Segovia no descuidaba sus conciertos, que ofrecía en los más importantes coliseos europeos. En Italia cosechó excelentes amistades: Toscanini, Marinetti, Castelnuovo-Tedesco, Gabriele D´Annunzio… Este era un apasionado de la música, en concreto de la guitarra, y lo invitó a su estrambótica mansión veronesa de "Il Vittoriale". Contaba Segovia que Gabriele D´Annunzio había dado un recital de guitarra a los trece años y bien pudo alcanzar la fama como músico antes que como excelso poeta. Lo describía como bajo de estatura, calvicie total, "un ojo muerto, de vidrio"… Más que en italiano, prefería hablar en francés.

Guitarra en conciertos sinfónicos

Tenía el maestro varias guitarras, algunas fabricadas por el célebre Manuel Ramírez y otras por el hijo de este, Luis. Su mayor empeño fue el de crear un **repertorio musical** que pudiera interpretarse con su instrumento favorito, con el afán de que futuros concertistas tuvieran suficientes partituras, que hasta entonces apenas existían. Pidió Segovia a compositores, que incluso nada tenían que ver con la guitarra, que escribiesen para ella. Castelnuovo-Tedesco fue el primero en atender su petición, y también Manuel Ponce, Joaquín Rodrigo, Villa-Lobos

La guitarra incorporada a la orquesta fue bien acogida. Él se sentía orgulloso de haberla colocado a la altura de otros instrumentos, y de su inclusión en conciertos sinfónicos. También de que en muchos Conservatorios se impartieran cursos de enseñanza. Andrés Segovia ha sido reconocido como el concertista que más hizo por la difusión guitarrística en todo el mundo.

Tres matrimonios, cuatro hijos

Parecería frívolo adjudicarle la etiqueta de seductor, mas lo cierto es que desde que era joven tuvo varias amistades femeninas como ya quedó indicado al ser novio de una sobrina de Ángel Ganivet. Se casó primero con Adelaida Portillo, que le dio dos hijos, Andrés y Leonardo; este murió siendo niño. Su segunda esposa fue Francisca Madriguera Rodón, discípula de Enrique Granados, y madre de Beatriz. La tercera con quien se desposó, Emilia Magdalena Corral Sancho, su más dilecta discípula, tuvo con él un varón, Carlos, cuando Andrés tenía setenta y siete años, lo que fue muy celebrado en la prensa. Le llevaba él cuarenta y cinco años de diferencia, lo que no consideraba obstáculo alguno para su feliz convivencia, como me hizo saber.

Ensayaba todos los días

El maestro tuvo la deferencia de concederme una larga entrevista en su piso madrileño, en la avenida de Concha Espina, adonde venía todos los años con más frecuencia. Hasta la década de 1950 se había pasado el tiempo dando conciertos por medio mundo, muy particularmente en los Estados Unidos, y ya desde entonces regresaba a Madrid algunas temporadas. Él mismo me franqueó la entrada a su coqueto piso. Cordial, sencillo en el trato, de sugerente conversación, amena e instructiva. Su aspecto físico podía parecer el del arquetipo de un abad benedictino, para asemejarlo al tópico, labios gordezuelos que acariciaban una pipa, con la que fumaba a menudo. Ultimaba entonces sus memorias, que iban a ser de cuatro tomos, tituladas "El mundo, la guitarra y yo", en inglés, aunque supongo que aparecerían en varias lenguas.

"Nunca fui bohemio. Sin orden y sin amor para dar cumplimiento a la vocación no se consigue nada en la vida. No dejo un solo día de tocar la guitarra".

Dedicaba al menos hora y media a esos ensayos. Daba una lección de perseverancia. "Yo digo que en la vida de un artista hay un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración".

Tenía entonces ochenta años y una encomiable vitalidad. Me contó una divertida anécdota: "Hace dos años mi mujer no había podido reunirse conmigo en América del Norte y se quedó en Madrid con nuestro hijo. A menudo le ponía un disco grabado por mí y cuando Carlos lo escuchaba, gritaba: "¡papá, papá!".

Estuvo Andrés Segovia en activo hasta cerca de su fallecimiento, acaecido en Madrid el 2 de junio de 1987. El Rey Juan Carlos I le otorgó el título de marqués de Salobreña, que recuerda sus primeros años en Granada. Al despedirme de él tuve la convicción de haber estado junto a uno de los más geniales y cultos españoles del siglo XX.

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