No es mucho pedir que las decisiones políticas se tomen con conocimiento de causa. Y uno, ciudadano confiado y quizás ingenuo, tiende a pensar que así sucede a menudo. Lo malo es cuando la causa en cuestión no admite conocimiento suficiente. En esos casos, las decisiones obedecen más a deseos bienintencionados, exposiciones de cara a la galería, cesiones ante las presiones externas o, sencillamente, errores garrafales.
Me viene esta reflexión a la mente tras la lectura del interesante comentario editorial del presente número de la revista Science titulado "Sorpresas tropicales". Su autor abre los ojos de aquellos que quieran dejárselos abrir cuando explica por qué "la ciencia sabe todavía tan poco sobre el comportamiento del clima terrestre a escalas temporales de décadas". Es decir, que podemos embarcarnos en cuantas reuniones, cumbres y comités contra el cambio climático queramos; podemos articular las leyes que nos plazcan para limitar la contaminación; podemos financiar con parte de nuestros ahorros aquellas ONG ecologistas que más combativas nos parezcan pero lo cierto es que no sabremos hasta qué punto todas estas acciones se realizan con suficiente conocimiento científico del fenómeno contra el que luchan.
El clima es un caprichoso fenómeno natural que responde a fluctuaciones en diferentes escalas de tiempo. Los cambios estacionales dentro del año, las apariciones y desapariciones de las corrientes de El Niño a escala interanual, las glaciaciones cíclicas en periodos seculares... Todo tiene su ritmo interno y misterioso. Los científicos saben bien que existe una periodicidad interdécada que afecta fundamentalmente a las mediciones climatológicas a medio plazo y de las que se conoce muy poco. Pero, he aquí que son precisamente las variaciones a esta escala las más importantes a la hora de valorar el impacto de la actividad humana en el clima y, por tanto, calibrar la verdadera dimensión del llamado calentamiento global.
Sin duda, conocer la compleja maquinaria del clima es mucho más complicado que redactar leyes para reducir las emisiones a la atmósfera y, por supuesto, que lanzar mensajes alarmistas sobre el futuro inhóspito, desértico y ácido que nos espera. Pero los científicos son conscientes de las enormes limitaciones con las que cuentan a la hora de calibrar la verdadera intensidad del mal climático que se anuncia.
El equilibrio ambiental es tremendamente débil. La energía que procede del Sol es, evidentemente, mucho mayor que la que la Tierra genera y de la que es capaz de devolver al espacio. Para que no nos achicharremos es necesario un balance perfecto entre el calor recibido y la radiación devuelta. La responsable de lograr este balance y mantener la temperatura de la superficie terrestre dentro de los límites de habitabilidad es la atmósfera.
No caben muchas dudas científicas sobre la influencia de las emisiones de gases de efecto invernadero (como el vapor de agua o el dióxido de carbono) en este proceso. La contaminación pervierte de algún modo la capacidad de la atmósfera de equilibrar la temperatura terrestre.
A estas alturas, pues, quien niegue la evidencia de que el clima se puede ver afectado por la actividad humana está realizando un ejercicio antológico de sordera científica. Pero de lo que existen muchas incertidumbres es del calado de esta incidencia. ¿Moriremos chamuscados como vienen a decir los ecologistas o la sabia naturaleza compensará los estultos desmanes humanos?
Si tenemos que ser honestos, esta pregunta no puede ser contestada. Y los últimos avances en este terreno no parecen ayudar nada. Por ejemplo, un estudio sobre el intercambio de energía en los cielos tropicales demuestra que, a escala de décadas, se producen inesperadas fluctuaciones en el balance energético. (PDF)
Hasta ahora, se pensaba que esta función de la atmósfera era altamente estable y que sus variaciones eran, al menos a largo plazo, muy pequeñas. El descubrimiento de este nuevo patrón de variabilidad obliga a dudar sobre qué cantidad del cambio climático es atribuible a la actividad contaminante humana y cuánto se debe a procesos cíclicos naturales todavía desconocidos.
Otro motivo de incertidumbre nos lo arroja un estudio de la Nasa sobre los hielos antárticos que demuestra que, contrariamente a lo que se pensaba, una parte del casquete helado antártico no sólo no disminuye, sino que está engordando.
Como se sabe, el adelgazamiento de los hielos polares por causa del calentamiento global es una de las consecuencias más catastróficas que se proponen en los foros sobre el tema. Pues bien, gracias al empleo de imágenes por satélite, se acaba de descubrir que el manto helado occidental antártico está acumulando más cantidad de hielo de la que desprende. Nadie es capaz de decir si éste es un fenómeno extraordinario o responde a patrones a larguísimo plazo que el ser humano no ha sido capaz de detectar.
En definitiva, la realidad científica parece dejar poco territorio para la vehemencia catastrofista. El problema del calentamiento global es demasiado serio como para tomárselo a la ligera y demasiado incierto como para evitar el exceso de especulación.
Este artículo, junto con otros de César Vidal, Carlos Semprún Maura, Enrique Coperías, Lucas Soler, etc. se publica en la Revista del fin de semana de Libertad Digital. Si desea leer más, pulse AQUÍ
