Festejo número diecinueve de la Feria de San Isidro
Toros:
Del Conde de la Corte. (Ascendencia Vistahermosa). El primero, muy manso. El segundo, mal presentado e inválido, fue devuelto y sustituido por el primer sobrero, un toro de Carmen Borrero, sin trapío y manso. El tercero, encastado. El cuarto y el quinto mansos. El sexto, encastado.
Toreros:
Pepín Liria: silencio y silencio.
Juan J. Padilla: pitos y silencio.
Fernando Robleño: aviso y ovación y oreja.
De los tres espadas triunfó el más joven y el que más lo necesitaba. Muy poco le faltó a Robleño para salir por la puerta grande de Madrid.
Pepín Liria no pudo hacer nada ante el primero, un manso con genio que se refugió en tablas y no quiso saber nada de la muleta del torero. Faltó poco para que hiriese al de Murcia, cuyo empeño por justificarse, le llevó a intentar una faena en la que nadie creía. Después de arriesgar mucho sin obtener ningún provecho, lo mató al segundo intento de una estocada tendida.
No debemos dejar de significar algo nada frecuente que ocurrió durante la lidia del toro que abrió plaza; sin motivo aparente y nada más saltar al albero, el animal comenzó a sangrar sospechosamente por el pitón derecho. Fueron muchos los que pensaron que al del Conde de la Corte le habían manipulado las defensas. Desgraciadamente, son tantas las trampas que rodean a la fiesta que al buen aficionado le sobran los motivos para sospechar que le están dando gato por liebre. Ya sólo nos faltaba que también en Madrid y sin figuras en el cartel se afeitaran los toros. Si en vez de tocarle a Liria le cae en suerte a Ponce, el escándalo que se hubiera montado hubiera sido de padre y muy señor mío. Quizás alguien nos explique algún día por qué sangraba el pitón derecho de Empalagoso.
Nada, ni malo, ni bueno, podemos decir de la actuación de Pepín Liria con el cuarto. Cuando lo recibió con dos largas cambiadas pensamos que la faena iba a tener más interés, desgraciadamente pronto comprobamos que el torero no fue capaz de confiarse ante un toro que ni humilló, ni remató un muletazo.
A Juan José Pandilla le tocaron en suerte dos toros muy mansos. El de Cádiz arriesgó mucho en banderillas, pero ni en este tercio, ni en los que le siguieron, fue capaz de ejecutar las suertes de modo que merecieran el elogio de un público que, a medida que transcurría la tarde, parecía conformarse con asistir a un espectáculo en el que los dos primeros espadas no tenían nada que ofrecerle.
Todo quedaba para Fernando Robleño. El de Madrid realizó una buena faena al tercero. Le citó desde lejos y en los medios, las tres primeras series fueron de cinco derechazos, ligadas y con la mano muy baja. Con la izquierda las cosas cambiaron, los naturales no resultaron lucidos debido a que el pitón izquierdo del toro no tenía la calidad del derecho. El torero terminó su labor con bonitos muletazos de frente, lástima que fallara con la espada y perdiera la oreja que su faena merecía.
De nuevo se mostró muy valiente con el último, volvió a citar de lejos y a exponer mucho. Los muletazos fueron de uno en uno, pero la faena fue de menos a más y el de Madrid consiguió que el toro embistiera mucho más de lo que todos esperábamos. Aunque no lo mató bien, cortó con toda justicia una oreja. A este muchacho le funcionan muy bien el corazón y la cabeza. Fue sin duda el triunfador de la tarde. Fracasaron, Liria, Padilla y los toros del Conde de la Corte.
