L D (EFE)
En una espectacular combinación de música, luces, colorido, patinaje y fuegos artificiales, el estadio Rice-Eccles de Salt Lake, con las Montañas Wasatch cubiertas de nieve de fondo, ha sido el escenario ideal para que Estados Unidos volviese a ser sede de unos Juegos de Invierno después de 22 años (Lake Placid, 1980). Antes que 2.531 atletas y 5.000 personas, entre ellas 800 patinadores, desarrollasen un programa lleno de belleza artística y sensibilidad, ocho atletas del equipo de Estados Unidos, acompañados de policías y bomberos de Nueva York, entraron al estadio portando desplegada la simbólica bandera de las Torres Gemelas. El Coro del Tabernáculo Mormón cantó el himno nacional de Estados Unidos, mientras el presidente George Bush, junto al presidente del Comité Olímpico (COI), Jacques Rogge, y el del comité organizador Mitt Romney entraron al estadio,
Los 55.000 espectadores, que llenaron por completo el estadio, se pusieron de pie mientras con carteles rojos, blancos y azules formaban la imagen de la bandera de Estados Unidos, que era trasmitida a más de 3.000 millones de personas en todo el mundo. La enseña, que se ha convertido en el símbolo de la recuperación de Estados Unidos de los ataques terroristas, no pudo ser izada como era el deseo de los organizadores ante su deteriorado estado (dos grandes jirones la atraviesan). Hasta ese momento, todo había sido colorido, arte y emociones, pero sin el esperado grito de ¡USA, USA, USA¡ y ¡Go, USA!, que iba a llegar más tarde, después de aguantar tres horas con vientos de 25 kilómetros por hora y temperaturas de cinco grados bajo cero. Antes, los espectadores también soportaron de forma estoica, algunos con banderas de Estados Unidos en sus manos, los estrictos controles de seguridad impuestos para poder llegar a ocupar un asiento que costó entre 400 y 850 dólares.
Helicópteros de seguridad sobrevolaron el estadio y grupos de manifestantes protestaron contra los Juegos, aunque eran una minoría frente a los cientos de policías que los controlaban. El desfile de las delegaciones de 76 países pasó sin mayores emociones, pero cuando salió la de Estados Unidos, todo el estadio fue un clamor, al tiempo que se escuchaba el himno oficial de los Juegos "Enciende el Fuego Interior", compuesto por el ganador del Oscar, John Williams, que ha cumplido 70 años. La presentación por primera vez en la historia de Utah de las cinco tribus de indios que habitaron la región antes de que llegasen los exploradores europeos fue otra demostración única de colorido, historia y tradiciones, acompañadas por la música del Robbie Robertson. El repaso a la historia siguió con la entrada de los primeros exploradores del territorio, entre ellos los españoles y los pioneros Mormones. De nuevo la historia y la cultura fueron representadas por los patinadores, en una coreografía impecable con las luces del estadio apagadas y en la que se notó el toque de Hollywood del productor ejecutivo Don Mischer.
La música comenzó a tomar protagonismo con el "country" de Dixie Chicks y LeAnn Rimes, que dieron fondo al más puro Oeste Americano. El espectáculo lleno de magia no pudo tener mejor final que la actuación del cantante Sting, el violonchelista Yo-Yo Ma y las Trompetas del Ejército de Estados Unidos. Su actuación fue la mayor expresión y reconocimiento del pensar de Pierre de Coubertin cuando dijo que "no hay mejor acompañamiento que la música para el gran espectáculo de los Juegos Olímpicos". El gran secreto de los organizadores -el atleta que iba a prender el pebetero Olímpico con la antorcha que recorrió 46 estados y 21.000 kilómetros-, quedó descubierto cuando la recibió Mike Eruzione, capitán del equipo de Hockey sobre Hielo que en los Juegos de Lake Placid ganó el oro. El elemento patriótico se mantuvo hasta el final, mientras en otra demostración de alta tecnología y efectos visuales, Mischer cerraba con la combinación del fuego y el hielo, que formaron los cinco anillos Olímpicos en el centro de la pista. Luego, la nieve comenzó a caer con más intensidad como si quisiera expresar que los Juegos "blancos" de Salt Lake City ya estaban inaugurados y listos para completar 17 días de dura competición.
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Los 55.000 espectadores, que llenaron por completo el estadio, se pusieron de pie mientras con carteles rojos, blancos y azules formaban la imagen de la bandera de Estados Unidos, que era trasmitida a más de 3.000 millones de personas en todo el mundo. La enseña, que se ha convertido en el símbolo de la recuperación de Estados Unidos de los ataques terroristas, no pudo ser izada como era el deseo de los organizadores ante su deteriorado estado (dos grandes jirones la atraviesan). Hasta ese momento, todo había sido colorido, arte y emociones, pero sin el esperado grito de ¡USA, USA, USA¡ y ¡Go, USA!, que iba a llegar más tarde, después de aguantar tres horas con vientos de 25 kilómetros por hora y temperaturas de cinco grados bajo cero. Antes, los espectadores también soportaron de forma estoica, algunos con banderas de Estados Unidos en sus manos, los estrictos controles de seguridad impuestos para poder llegar a ocupar un asiento que costó entre 400 y 850 dólares.
Helicópteros de seguridad sobrevolaron el estadio y grupos de manifestantes protestaron contra los Juegos, aunque eran una minoría frente a los cientos de policías que los controlaban. El desfile de las delegaciones de 76 países pasó sin mayores emociones, pero cuando salió la de Estados Unidos, todo el estadio fue un clamor, al tiempo que se escuchaba el himno oficial de los Juegos "Enciende el Fuego Interior", compuesto por el ganador del Oscar, John Williams, que ha cumplido 70 años. La presentación por primera vez en la historia de Utah de las cinco tribus de indios que habitaron la región antes de que llegasen los exploradores europeos fue otra demostración única de colorido, historia y tradiciones, acompañadas por la música del Robbie Robertson. El repaso a la historia siguió con la entrada de los primeros exploradores del territorio, entre ellos los españoles y los pioneros Mormones. De nuevo la historia y la cultura fueron representadas por los patinadores, en una coreografía impecable con las luces del estadio apagadas y en la que se notó el toque de Hollywood del productor ejecutivo Don Mischer.
La música comenzó a tomar protagonismo con el "country" de Dixie Chicks y LeAnn Rimes, que dieron fondo al más puro Oeste Americano. El espectáculo lleno de magia no pudo tener mejor final que la actuación del cantante Sting, el violonchelista Yo-Yo Ma y las Trompetas del Ejército de Estados Unidos. Su actuación fue la mayor expresión y reconocimiento del pensar de Pierre de Coubertin cuando dijo que "no hay mejor acompañamiento que la música para el gran espectáculo de los Juegos Olímpicos". El gran secreto de los organizadores -el atleta que iba a prender el pebetero Olímpico con la antorcha que recorrió 46 estados y 21.000 kilómetros-, quedó descubierto cuando la recibió Mike Eruzione, capitán del equipo de Hockey sobre Hielo que en los Juegos de Lake Placid ganó el oro. El elemento patriótico se mantuvo hasta el final, mientras en otra demostración de alta tecnología y efectos visuales, Mischer cerraba con la combinación del fuego y el hielo, que formaron los cinco anillos Olímpicos en el centro de la pista. Luego, la nieve comenzó a caer con más intensidad como si quisiera expresar que los Juegos "blancos" de Salt Lake City ya estaban inaugurados y listos para completar 17 días de dura competición.
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