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El Athletic gana la Copa con once 'aldeanos'

Quincuagésimo primer artículo de Historias de Fútbol, recordando la Copa ganada por los leones en 1958 tras vencer a un Madrid plagado de estrellas.

Quincuagésimo primer artículo de Historias de Fútbol, recordando la Copa ganada por los leones en 1958 tras vencer a un Madrid plagado de estrellas.
El once del Athletic Club que ganó la final de Copa al Real Madrid en 1958. | CIHEFE

El Athletic de Bilbao había sido el gran dominador del fútbol español anterior a la Guerra Civil, superando a Barça y Real Madrid. Pero una vez finalizada nuestra contienda fratricida van a irrumpir también con fuerza el Atletico de Madrid —en los primeros años 40 como Atletico Aviacion—, el Valencia y, en menor medida, el Sevilla, manteniéndose en la cumbre los azulgranas, aunque vegetando los blancos. Aun así, los leones, con aquella mítica delantera formada por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza, seguirán ganando títulos, pero básicamente en la Copa, un formato que les venía como anillo al dedo.

Luego, ya en los 50, se producirá la irresistible escapada de culés y merengues, facilitada tanto por la numerosa y creciente población de sus respectivas ciudades, polos de atracción para las migraciones interiores previas al período desarrollista, como por las grandes posibilidades económicas y deportivas que les ofrecían sus nuevos y gigantescos estadios, y la contratación de estrellas extranjeras —Di Stéfano, Kubala, Rial, Villaverde, Eulogio Martínez, Kopa, Evaristo, Puskas…—, algo que el Athletic tenía absolutamente vedado a causa de su tradicional política de cantera.

No obstante, mediada la década del 50, los de San Mamés vivirían una breve etapa triunfal, con el técnico eslovaco Fernando Daucik en el banquillo y una nueva y brillante generación de futbolistas, conquistando la Copa del Generalísimo de 1955, y haciendo doblete, Liga y Copa, en la temporada siguiente con una alineación-base que todos los aficionados se sabían de memoria: Carmelo; Orúe, Garay, Canito; Mauri, Maguregui; Arteche, Marcaida, Arieta, Uribe y Gainza, único vestigio este último de un brillante pasado. De esa guisa podrán disputar la segunda edición de la naciente Copa de Europa, pero van a ir perdiendo fuelle paulatinamente. La temporada 56-57 ya no fue exitosa, e incluso el entrenador centroeuropeo tuvo que hacer las maletas, muy cuestionado, siendo la gota que desbordó el vaso la boutade de alinear a Carmelo como delantero en un encuentro amistoso.

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Eneko Arieta. | CIHEFE

El camino a la final

El Athletic de 1958, dirigido por el eibarrés Baltasar Albéniz —aunque ya se le había buscado sustituto para la siguiente temporada: el brasileño Martim Francisco, uno de los primeros intelectuales de fútbol—, había dejado en la cuneta copera a Celta, Unión Deportiva Las Palmas y Barcelona, este en una disputadísima semifinal, mientras que el Real Madrid, en cuyo banquillo se sentaba el preparador argentino Luis Carniglia, se había deshecho de Atlético de Madrid, Real Valladolid y Real Sociedad.

Los blancos, que no ganaban la Copa —ni tampoco accedían a la final— desde 1947, buscaban el triplete, tras su triunfo en la Liga y la III edición de la Copa de Europa, derrotando en la prorroga al poderoso Milan, mientras que los rojiblancos, campeones mucho más recientes (en 1955 y 1956), confiaban en poder obtener su título número 20 en una competición de la que eran los auténticos reyes.

La batalla del escenario

La primera batalla de la final, sin embargo, no se disputó sobre el césped, aunque su objeto fue precisamente dilucidar sobre qué césped iba a librarse. Athletic y Real Madrid ya se habían enfrentado anteriormente en siete ocasiones (1903, 1905, 1906, 1916, 1930, 1933 y 1943), con cinco triunfos vizcaínos por dos madrileños. La última final entre ambos conjuntos se había disputado quince años atrás en el Metropolitano, pero desde 1948 todas habían tenido como escenario el nuevo campo del Real Madrid, (ahora bautizado como ‘Santiago Bernabéu’), aunque el conjunto blanco nunca había estado entre los dos finalistas. El Athletic deseaba jugarla en un campo neutral, en Barcelona o en Valencia, pero la Federación no quería hacer viajar a Franco, que presidiría el encuentro decisivo del torneo que llevaba su nombre, y ofreció como alternativa el ya decrépito Metropolitano.

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Mauricio Ugartemendia. | CIHEFE

Finalmente parece que fue determinante la opinión del capitán rojiblanco, el legendario Agustín Piru Gainza, pues sugirió que de jugarse el partido en el Bernabéu su mayor aforo permitiría la asistencia de más aficionados rojiblancos, y además ello daría un plus de moral a los leones, convertiendo en más meritoria una posible victoria bilbaína. Sólo pusieron como condición el que no se jugase con luz artificial, ya que San Mamés aun no disponía de ella, y por lo tanto sus jugadores no estaban acostumbrados.

Una victoria memorable

A las 18:15 horas del domingo 29 de julio de 1958 (el mismo día en que Brasil se proclamaría Campeón del Mundo por vez primera, batiendo a Suecia por 5-2 en el Estadio Rasunda de Estocolmo, y consagrando a un jovencito de 17 años llamado Pelé), ante 100.000 espectadores, y a las órdenes del colegiado guipuzcoano (¡) José Luís González Echevarría, saltaron al terreno de juego los siguientes futbolistas: por el Real Madrid, Juanito Alonso; Atienza II, Santamaría, Lesmes II; Santistéban, Zárraga; Joseíto, Mateos, Di Stefano, Rial y Pereda, y por el Athletic, Carmelo; Orúe, Garay, Canito; Mauri, Etura; Arteche, Aguirre, Arieta, Uribe y Gainza, ejerciendo como capitanes Alonso y Gainza respectivamente. En el Madrid eran bajas Marsal, Kopa y Gento, este último expulsado en el partido de ida de las semifinales, y sustituido por un veinteañero Chus Pereda, mientras que en el Athletic estaba ausente Maguregui, reemplazado por Etura.

El encuentro arrancó con ataques alternos de ambos equipos, aunque con mayor rapidez y acometividad por parte del Athletic, que gozaría de una buena oportunidad en un disparo de Eneko Arieta que despejó a córner Alonso. Al cuarto de hora va a resultar lesionado el madridista Joseíto, que volvería al terreno de juego, pero ya renqueante. Y en cuestión de tres minutos, del 20 a 23, quedará resuelta la final.

En el 20’ llega el primer gol, obra de Arieta, de fuerte tiro desde fuera del área, y tres minutos más tarde sería Mauri, al rematar de volea un balón desviado por Uribe, quien estableciese el resultado que iba a ser ya definitivo. A partir de ese momento, y hasta la finalización del choque, dominaría más el Real Madrid, aunque sin mordiente, limitándose a colgar balones sobre el área rival, donde Garay estuvo hecho un coloso —al igual que Mauri en el centro del campo y Arieta más arriba—, con esporádicos pero peligrosos contraataques rojiblancos. Y de ese modo el Athletic, pletórico de entusiasmo y garra, va a lograr uno de los triunfos más relevantes de su larga y gloriosa historia, batiendo al vigente campeón de Liga y ya tres veces campeón de Europa en su propio feudo, impidiendo así que consiguiera el triplete aquella temporada 57-58.

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Lance de la final Athletic-Real Madrid en 1958. | CIHEFE

Apoteósico recibimiento en el Bocho

La famosa frase se le atribuye al entonces presidente del Athletic, Enrique Guzmán, que la habría pronunciado después de la hazaña del Bernabéu: "Con once aldeanos les hemos pasado por la piedra". Hay que ponerla en su contexto. pues por esas fechas tanto el Real Madrid como el Barça contaban en sus plantillas con numerosos futbolistas no nacidos en España, mientras que el Athletic se nutría exclusivamente de jugadores vascos, y a ser posible, para más inri, vizcaínos.

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Los jugadores del Athletic, con Piru Gainza a la cabeza (y a hombros), con el trofeo de campeones de Copa. | CIHEFE

Aún no se había establecido el hoy tan popular ritual de la Gabarra, bajando con los jugadores y el trofeo conquistado por la Ría del Nervión hasta el centro de Bilbao —se iniciaría en 1983—, pero desde Otxandiano y hasta el Ayuntamiento una enfervorizada multitud acompañó a sus héroes. Once largos años tardaría el Athletic en poder celebrar otro título, la Copa de 1969, obtenida en esa ocasión frente el Elche merced a un solitario gol de otro Arieta, en este caso el joven Antón, el segundo de la saga, hermano de Eneko.

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