
Hay pueblos, e incluso ciudades, que se pueden explicar en gran medida no ya por la existencia de un sector productivo determinado, sino por la presencia de una sola empresa, en torno a la cual gravita la mayor parte de su actividad económica. La Vall D´Uixó, en la provincia de Castellón, en la comarca de La Plana Baixa y a unos 30 kilómetros de la capital, ha sido una de esas localidades, desde que en ella se instaló una mítica fábrica de calzado, Industrias Segarra. Proveedora de botas para el ejército español, una empresa familiar nacida a finales del siglo XIX como taller de alpargatería se iba a convertir tras la Guerra Civil en el motor económico de la localidad y la comarca. La Vall pasaría de tener unos 10.000 habitantes en 1940 a casi 25.000 en 1970, y Segarra llegaría a emplear a cuatro mil trabajadores, fabricando tres millones y medio de pares de zapatos en 1959 lo que entonces representaba un 15% de toda la producción nacional.
Viviendas para los productores, economato, clínica, iglesia, escuela, mercado… todo en el pueblo gravitaba en torno a Segarra. Y por supuesto también el deporte, comenzado por el más popular de todos.

Aquel gran Mestalla del 52
Y es que durante el franquismo no era extraño que empresas importantes patrocinasen equipos de fútbol de categorías inferiores —Segunda, Tercera o Regional— que llevaban su nombre, dentro de aquel organismo que se llamó Educación y Descanso, clubes que se irían paulatinamente profesionalizando, o semiprofesionalizando. De esa forma nos encontramos con el barcelonés España Industrial (textil algodonera), el avilesino ENSIDESA (siderurgia), el manchego Calvo Sotelo (refinería de petróleo), el extremeño Diter Zafra (motores y maquinaria agrícola) o los madrileños Pegaso (automoción) y Boetticher (ascensores). Segarra también promovió su propio conjunto, el Club Deportivo Segarra —más adelante denominado ‘Club Deportivo Piel’—, en donde José Mangriñán Diago (La Vall D´Uixó, 11 de febrero de 1929 – Villarreal, 22 de agosto de 2006) hizo sus primeras armas antes de pasar a la órbita valencianista con el filial Mestalla, donde permanecería por espacio de tres temporadas; la última de ellas, la 51-52, fue tan exitosa que el Mestalleta —como era cariñosamente conocido por los aficionados—, se ganó el derecho a jugar nada menos que en Primera División, aunque el presidente ché de entonces, el legendario Luis Casanova, renunció a ello por puro fair play, al considerar que los del murciélago partirían con ventaja respecto a sus rivales. Puro romanticismo.
Debut en el primer equipo y cesión al Deportivo
Pero los elementos más destacados de aquel Mestalla van a pasar inmediatamente al primer equipo. Estamos hablando de Mañó, Fuertes, Sócrates, Sendra, y también de Mangriñán, que debutará en la máxima categoría en la primera jornada de la Liga 52-53, en Atocha y frente a la Real Sociedad, en un encuentro que se saldó con el 0-0 inicial y donde la alineación valencianista estuvo formada por los siguientes jugadores: López; Mangriñán, Monzó, Suñer; Sendra, Puchades; Mañó, Fuertes, Badenes, Pasieguito y Seguí. Se trata de un futbolista de mediano formato (1,70 metros de estatura), que podríamos definir como centrocampista defensivo. Limitado técnicamente, pero incansable trabajador y marcador asfixiante, Mangriñán se ganará pronto el apelativo de Motoret. Esa temporada jugaría 15 partidos con el Valencia, y en la siguiente, la 53-54, tras haber vuelto fugazmente al Mestalla en la categoría de Plata, va a ser cedido al Deportivo de La Coruña, de nuevo en la División de Honor. Con los de Riazor será titular, compartiendo alineación con tipos como Pahiño, Arsenio Iglesias, el uruguayo Dagoberto Moll y un prometedor muchachito llamado Luis Suárez Miramontes.

Su tarde inolvidable
De no mediar aquel partido entre el Real Madrid y el Valencia, que abrió el Campeonato Nacional de Liga 1954-55 en un nuevo Chamartín recién concluido, la carrera deportiva de Mangriñán habría discurrido por discretos derroteros, uno de tantos futbolistas modestos, casi un jornalero del balón, de los que apenas si queda recuerdo en los viejos álbumes de cromos, pero cuando se torea —metafóricamente hablando— en una de las grandes plazas de Primera como es el feudo del Real Madrid, se tiene enfrente a un morlaco —permítaseme la expresión— de astas tan afiladas como el Alfredo Di Stéfano de 1954, y por ende se realiza una faena memorable, no dejándole rascar bola, es de estricta justicia ganarse un hueco en la historia de nuestro deporte rey.
12 de septiembre de 1954. Se miden el campeón de Liga y el de Copa del curso anterior, con las siguientes alineaciones: por el Real Madrid, Juanito Alonso; Navarro, Oliva, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Durán, Mateos, Di Stéfano, Rial y Gento; por el Valencia, Quique; Quincoces, Monzó, Sócrates; Mangriñán, Puchades; Mañó, Buqué, Wilkes, Pasieguito y Seguí. En un arranque eléctrico, los chés se ponen por delante con goles de su gran figura, el neerlandés Faas Wilkes, en el minuto 9, y el exterior zurdo Seguí en el 16, y hasta diez minutos antes del final no podrán los blancos perforar la meta levantina, aunque el tanto de Héctor Rial resultó a la postre insuficiente para equilibrar la balanza. Y en ese marcador tan favorable tuvo mucho que ver la portentosa actuación de Mangriñán, que se pegó a la Saeta Rubia como una lapa durante todo el partido, anulándole por completo a base de concentración, velocidad y anticipación, sin perderle de vista ni siquiera cuando Di Stéfano se acercaba a la banda para beber agua. El hispano-argentino, ya fuera de sus casillas, tuvo incluso el penoso detalle de pisar a su agobiante pareja estando éste caído en el suelo.

Una efímera popularidad
La victoria valencianista constituyó la relativa sorpresa de aquella primera jornada liguera, y la proeza del futbolista castellonense no pasó desapercibida. El lenguaje popular del momento acuñó el verbo mangriñear, así como expresiones hoy muy políticamente incorrectas como "Marcas más que Mangriñán" o "Me voy con Mangriñán" (referidas a la legítima…). Sin embargo al domingo siguiente, en Mestalla y frente a la Unión Deportiva Las Palmas, el entrenador valencianista Carlos Iturraspe dejó fuera del equipo a Mangriñán, aunque a petición del público el gran triunfador del domingo anterior tuvo que salir a saludar antes del encuentro. Esa temporada jugó muy poco —tan sólo siete partidos, y preferentemente como visitante—, pero el triunfo del Valencia en el que ya se llamaba Estadio Santiago Bernabéu supuso un resultado tan resonante que hizo posible que el club fuera invitado a participar en el prestigioso torneo amistoso que entonces se celebraba en Caracas y era popularmente conocido como Pequeña Copa de Mundo.
En la 55-56 sería utilizado bastante más, hasta en 20 ocasiones entre Liga y Copa, pero en la siguiente su papel ya fue testimonial, sumando únicamente cuatro presencias, lo que le llevó a cambiar de aires.

Pero no va a irse muy lejos, uniéndose al Hércules de Alicante, en Segunda División, para la campaña 57-58. Fue la mejor de su carrera pues lo jugó casi todo, y hasta se permitió el lujo de marcar un par de goles. Permaneció allí otra temporada, bastante más discreta, y en 1959 regresó a sus orígenes, primero reforzando al Club Deportivo Castellón con su experiencia, ayudándole a ascender a Segunda, y más tarde enrolándose en el Villarreal (1960-61), para despedirse con el CD Onda.

A partir de ahí se desvincularía del mundo del fútbol, para dedicarse a negocios de hostelería. Va a fallecer en Villarreal el 22 de agosto de 2006, a la edad de 77 años. Inmortalizado por su célebre marcaje a Alfredo Di Stéfano, hoy el campo municipal de La Vall D´Uixó, su localidad natal, lleva muy merecidamente el nombre de ese futbolista honesto, esforzado y pundonoroso en grado sumo que fue Mangriñán.
