
Si insólito era —y continúa siéndolo en la actualidad, salvo honrosas excepciones— que un futbolista de élite realizase estudios universitarios (aunque José Eulogio Gárate cursó Ingeniería, Isacio Calleja se recibió como abogado, José Martínez Pirri terminó Medicina una vez retirado y Rafa Marañón se convirtió en arquitecto), ya no sé cómo calificar el hecho de que uno de estos bichos raros tuviera que abandonar la concentración de su equipo en la previa de un partido oficial para dirigirse al Aula Magna de su facultad, a defender ante el tribunal su propia tesis doctoral.
Es muy posible que el único protagonista de una escena semejante haya sido Manolo González, central del Real Zaragoza de los años 60 y 70, epígono del legendario conjunto de Los Magníficos y miembro de pleno derecho del de Los Zaraguayos, un excelente plantel de jugadores que, si bien no consiguieron trofeos como fue el caso de los Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra —hubieron de conformarse con sendos subcampeonatos de Liga y Copa—, dejaron un gratísimo sabor de boca entre los aficionados maños.

De La Alhambra al Pilar
González era una astilla de palo futbolístico, ya que su padre había actuado como zaguero en el Granada, el Málaga, e incluso brevemente en el Real Madrid, en los años 40 y 50. El vástago, nacido en 1943 en Granada, salió también pelotero y, por ende, defensor. Hizo el Bachillerato en los Maristas y, aunque le tentaba estudiar Farmacia, acabó decantándose por la Facultad de Ciencias, donde cursaría la especialidad de Geológicas. En lo deportivo, comenzó a destacar en las divisiones inferiores del club de Los Carmenes y llegó incluso a militar, aunque sin demasiado éxito, en el equipo de Aficionados del Real Madrid, pero en el 64 volvió a Granada, como su paisano Miguel Ríos. Pasó dos temporadas a la vera de La Alhambra, debutando como lateral derecho y más tarde estacionándose como central, formando parte de la escuadra que ascendió a la máxima categoría al finalizar la campaña 65-66.
El Real Zaragoza, entonces uno de los gallitos de Primera, le fichó en ese momento pagando dos millones de pesetas, rubricándose el compromiso ante notario por si el club nazarí, con la euforia del ascenso, se echaba para atrás. De modo que González —que se llamaba exactamente igual que su progenitor, José Manuel González López— va a arribar a La Romareda como un refuerzo relativamente modesto, aspirando a ocupar una demarcación cubierta entonces por el cántabro Paco Santamaría —que llegaría incluso a debutar como internacional por aquellas mismas fechas—, pero no tardaría en hacerse con el puesto, moviéndose al lado de jugadores como Irusquieta, Reija o el mítico José Luís Violeta. Era un central de físico nada imponente —medía 1,73 y pesaba 73 kilos—, pero aportaba decisión, rapidez y mucha limpieza, aunque al principio no iba muy bien de cabeza, aspecto que corregiría después.

Del césped al aula
Tras acabar la carrera de Geológicas comenzó a dejarse caer por la Facultad de Ciencias de Zaragoza. De buena mañana entrenaba igual que cualquiera de sus colegas, pero por las tardes frecuentaba el ambiente universitario y terminaría por convertirse en profesor ayudante de clases prácticas. A todo esto ya había contraído matrimonio con una condiscípula, que también se incorporaría como él a la docencia. Pero en el fútbol tampoco le iba nada mal: era un jugador sumamente regular, inamovible en la formación titular, que va a disputar la friolera de 125 partidos oficiales consecutivos entre Liga, Copa y competición europea, hasta que en la temporada 69-70 un encontronazo con el madridista Grosso le envía a la enfermería para unas cuantas semanas, cortando así una racha impresionante. De hecho, será el cuarto jugador con más encuentros en la historia del club aragonés, tras Xavi Aguado, el ya citado Violeta y Alberto Zapater.
El central se doctora
De una gran profesionalidad —y eso que tenía dos oficios—, era seguro, elegante y muy pegajoso en sus marcajes, a pesar de su limpieza y corrección, hasta el extremo de aburrir al delantero contrario, al que se fijaba como una lapa (el peruano Seminario, que había sido jugador zaragocista y luego pasó por Barça y Sabadell sin pena ni gloria, decía de González que "parecía un chicle"). Entre sesiones de entrenamiento, viajes y partidos, y llevado por su afición a los pedruscos, siendo ya un joven veterano fue capaz de sacar tiempo para preparar su tesis doctoral, que versaría sobre el tema ‘Génesis de las magnetitas de Asturreta’, las cuales estudió sobre el terreno en la localidad navarra de Eugui. El alsaciano Lucien Müller, recientemente fallecido, dirigía entonces al Zaragoza, y el futbolista tuvo que pedirle permiso para ausentarse de la concentración y cumplir con sus obligaciones académicas, lo cual hizo en medio de una gran expectación periodística, convirtiéndose acto seguido en todo un señor Doctor en Ciencias.

Después de once temporadas y casi 400 encuentros, abandonó el club blanquillo en 1977 de la mano de su compañero y amigo Violeta, justo al descender éste a Segunda División —ya había conocido idénticas hieles al final del curso 70-71—, y después de no haberse perdido una sola cita de la campaña anterior, para retornar a sus raíces y volver a enrolarse en el Granada. Pero una grave lesión en la pretemporada le dejó en blanco, señalándole abruptamente el camino de la retirada. Decidió no continuar en el mundillo del futbol y, de regreso a Zaragoza, entró de nuevo en la Facultad de Ciencias, donde prosiguió su carrera profesoral hasta ganar la plaza de Catedrático de Cristalografía y Mineralogía. Al margen de eso, engendró una numerosa progenie —seis hijos— y uno de sus sobrinos sería el entrenador Lucas Alcaraz, falleciendo el 10 de diciembre de 2020 en la capital del Ebro.

El único lunar de la brillante trayectoria deportiva de Manolo González fue el no haber podido ser nunca internacional. Coincidió en el tiempo con una magnífica hornada de centrales —Tonono, Gallego, Benito, Migueli…— que le cortaron el paso hacia la selección absoluta y jamás llegó a ser convocado. Pero los más veteranos asiduos a La Romareda no se han olvidado de aquel implacable marcador central que no se separaba de su par ni a sol ni a sombra…
