La decisión del Gobierno de que los parados puedan perder el subsidio por desempleo si rechazan un puesto de trabajo que implique la movilidad geográfica, el caso de una nigeriana a la que un tribunal islámico ha condenado a morir lapidada por adulterio, el asesinato en Colombia del arzobispo de Cali y la ajustada victoria del centro-derecha en Portugal son las noticias más destacadas en las portadas de prensa de este lunes.
El Mundo y El País son los únicos diarios que dedican un editorial a Safiya Husseini, la campesina nigeriana analfabeta acusada de adulterio cuya sentencia a muerte por lapidación se decide este lunes. "En el Estado donde vive con sus hijos rige desde 2001 la Sharia, una interpretación radical de la ley islámica que permite a los tribunales coránicos -por supuesto sin pruebas ni testigos- condenar a las mujeres a ser lapidadas si cometen adulterio". El editorial de El Mundo añade acertadamente dos detalles que ilustran la violencia imperante en este Estado contra las mujeres indicando que los jueces pedirán a los niños que lancen a la mujer piedras pequeñas y un folleto de venta en los mercados en los que se dice que "la mayoría de los habitantes del infierno son mujeres". Finalmente el editorial se limita a considerar que "convendría que no se olvidara el dramático ejemplo de Safiya -es verdad que en un país con ley islámica extrema- en el debate que existe sobre si los inmigrantes deben o no asumir los valores de la sociedad occidental."
Vamos por partes. En primer lugar, dejémonos de indulgentes latiguillos como si el Corán dijera una cosa y sólo el radicalismo ajeno o previo de algunos lo desvirtuara. Eso que El Mundo dice de "una interpretación radical de la ley islámica" o "un país con ley islámica extrema" no es ni más ni menos que una lectura coherente y literal de lo que predica el Corán sobre las mujeres. El Corán no es que "permita" la lapidación de la adúltera. Es que es el Corán el que la ordena porque, igualmente, la Sharia no es "una interpretación radical de la Ley islámica", es en sí misma su observancia; es la ley islámica la que somete a la mujer al hombre, la que la desvaloriza y la que predica la violencia contra ella y contra el infiel, y no sólo en Nigeria, sino en todos y cada uno de los países donde impera.
Sólo la ingenuidad o la ignorancia de la radical oposición a los principios constitucionales en la que se basa el Islam puede llevar a alguien a poner en duda la necesidad ineludible de que los inmigrantes "asuman los valores de la sociedad occidental". ¿Es que vamos a permitir "excepciones culturales" al principio de la igualdad ante la ley"?. ¿Es que la exigible represión de la intolerancia admite privilegios de naturaleza cultural?. ¿Es que la prédica de la discriminación y de la violencia sexual puede tolerarse si se practica por motivos religiosos?. Aunque El Mundo es inequívoco a la hora de denunciar esta brutalidad religiosa, admitió que las niñas fueran con hijab a la escuela, cuando el velo islámico es una imposición religiosa que simboliza la sumisión de la mujer al hombre. El reciente caso vivido en Arabia Saudí donde han muerto quince adolescentes porque la policía religiosa impidió su socorro al no llevar algunas de ellas el velo islámico ni el abaya o túnica obligatoria ilustra hasta que punto es ingenuo pensar que estamos hablando de libertad a la hora de vestir como si de moda se tratara.
Claro que, si de El Mundo echamos en falta mayor coherencia con sus denuncias, la crítica que El País hace de la lapidación de la nigeriana es voluntaria y claramente distorianodora para no tener que condenar abiertamente a una religión que predica tan brutales prácticas. Ya sabemos que, en cuanto a religiones, sólo la ortodoxia católica sufre la animadversión de este diario. El islam, sin embargo, tiene en el diario de Prisa a su más indulgente analista y defensor de buena parte de sus reivindicaciones. Empieza también señalando que "sólo una interpretación extremista del islam contempla la pena" de lapidación por adulterio. El País debería saber que esta afirmación "herética" contradice literalmente al Corán, lo que le hubiera valido, en el mejor de los casos, unos latigazos al que lo sostuviera en un país donde rigiera la ley islámica. Poco importaría que la haciese precisamente en su defensa, como es su caso.
El País, sin embargo, ni siquiera culpa al "extremismo" islamista de la lapidación, sino que lo enmarca en "los casos de miles de mujeres que en el mundo, incluido occidente, sufren agresiones físicas, y que van de las brutalidades de novios y maridos a las condenas de latigazos -los que hubiera recibido Safiya de haber sido soltera- que dejan discapacidades permanentes, y que llegan a su paroxismo con la lapidación a muerte." El País no puede abiertamente alegar en favor de la brutalidad islámica por lo que recurre a la extensión de responsabilidades para no tener que denunciarla como tal. Así llega a decir que "salvar a Safiya es parte de la lucha contra la pena de muerte que la Unión Europea querría ver abolida en el mundo entero el año próximo".
Rara vez se ha visto el deseo de erradicar la pena de muerte tan mezquinamente utilzado para equiparar situaciones completamente diferentes. ¿Desde cuando la crítica a la pena de muerte exige equiparar la ejecución de un asesino, procesado con todas las garantías jurídicas -como sucede por ejemplo en Estados Unidos- con el asesinato a pedradas de una mujer? El adulterio no es que no tenga que ser castigado con la muerte es que, a diferencia del asesinato, no debe ser considerado delito penal alguno?. ¿O es que El País considerá que sí?. No, lo que le pasa es que por no tener que condenar un crimen no occidental y de naturaleza islámica, lo incluye en un totum revolutum que, al extender la responsabilidad a todos, no responsabiliza del crimen a nadie.
Por otra parte, ¿se puede saber en qué país occidental se tolera la agresión sexual?. No sólo no se tolera en ninguno sino que en todos está castigada penalmente. Por contra, donde rige la ley islámica, esta no sólo tolera sino que a menudo es la que exige a las autoridades, a los novios y a los maridos la agresión a la mujer. El enorme desatino intelectual de El País sólo puede ser entendido, pues, como un deseo de brindar complicidad moral a lo que presuntamente pretende criticar. La inocente estupidez no es capaz de tanto desvario.
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