En un análisis descriptivo y crítico de la prensa del día, como pretende ser esta sección de Revista de Prensa, tan importante es comentar lo que los diarios destacan de la actualidad como lo que ocultan y silencian. La última matanza que los terroristas palestinos han provocado en Israel no es destacada en ninguna portada de prensa —salvo en ABC— y no es objeto de comentario en editorial alguno. Este ocultamiento del terror dirigido contra los judíos ciertamente no es nuevo en la prensa española, pero en este caso, es mucho más grave, pues ha venido a coincidir con la acogida en España de tres terroristas, algunos de ellos pertenecientes a la misma organización criminal que ayer reivindicó el último atentado que ha causado más de veinte heridos y, al menos, tres muertos cerca de Tel Aviv.
Los pocos diarios que señalan el carácter terrorista de estos tres “activistas” acogidos por España, no le dedican editorial alguno a su llegada, y los que la comentan —como hoy El País y anteriormente El Mundo— silencian su condición de terroristas y aplauden la decisión de acogerlos del Gobierno español.
Para que no haya duda del grado de tolerancia mal entendida y permisividad hacia el integrismo islámico de la inmensa mayoría de los diarios, los únicos que hoy dedican un editorial a la decisión de la Generalitat de frenar la construcción de nuevas mezquitas –El País y El Mundo- denigran la decisión como muestra de intolerancia religiosa. El hecho de que partidos como el PP, CiU e incluso algún dirigente de ERC como Carod-Rovira se hayan echo eco del malestar y las protestas de los vecinos de Premià de Mar es una intolerable cesión al “populismo” para ambos diarios, los cuales también tildan de discriminatorias la acerada y justificada crítica que Artur Mas ha dirigido contra el antiguo imán de esta localidad catalana que insultó y se negó a hablar con la alcaldesa por el hecho de ser mujer.
No se pueden tolerar las religiones intolerantes
El País critica que el Ayuntamiento de Premia de Mar –gobernada por socialistas, Ezquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya- hayan cedido al clamor vecinal contra la construcción de la mezquita y propongan ahora que el “oratorio” se ubique en la zona industrial de la población. La medida, ciertamente, no va a la raíz del problema, pues la cuestión no es tanto el “donde” sino el “qué” se propaga amparándose en la libertad religiosa. Y, desgraciadamente, el islam ortodoxo empieza por propagar que esa libertad de culto sólo la deben tener los fieles de su religión. Quieren “libertad” para propagar la legitimidad de la Yihad, la sumisión de la mujer, la apología del terrorismo islámico o la necesidad de no integrase en la sociedad de “infieles” que les acogen. El País, sin embargo, no critica el parche, no denuncia la parcialidad de la “solución” de trasladar a un polígono industrial ese foco de intolerancia que, en nombre de la libertad de culto, se pretende erigir. ¿Reivindicaría El País el derecho de propiedad -como para esta ocasión hace- y el pluralismo político para defender que los neonazis construyeran una sede donde adoctrinar a la gente?. ¿Las doctrinas totalitarias sólo deben ser objeto de sanción cuando las predican gente blaca y con el brazo en alto?
Lo más contradictorio de El País es que al final de su editorial acuse al Gobierno central de “no contribuir a financiar los gastos de adaptación e integración que supone la inmigración” y a la Generalitat de “fantasear con su intención de fijar directamente el cupo de inmigrantes”. Pero ¡si es precisamente la no adaptación y la no integración lo que se va a predicar en esas mezquitas!. Como botón de muestra sirva la actitud que el antiguo imán de Premià -ahora vive en Holanda- mantuvo ante la alcaldesa en 1996 cuando fue a entrevistarse con ella para tratar de la apertura de la mezquita: no sólo no sabía ni catalán ni castellano sino que, tras percatarse que el alcalde era una mujer, le dio la espalda y la trató despectivamente. ¿Qué creemos que se va a propagar en esos recintos religiosos cuyos dirigentes espirituales son tan radicalmente fieles a las escrituras del Islam?. El Islam -salvo corrientes excepcionales y heterodoxas- predica en sus países de origen la persecución y expulsión de los infieles. Y en los países “infieles” que los acogen, pretende mantener a sus adeptos encerrados en la Umma, en la comunidad de creyentes que han de vivir comunitariamente, fieles, impermeables y sin impurezas del exterior. La sociedad abierta no puede tolerar sociedades cerradas en su seno, islotes culturales que niegan la libertad individual en su seno y discriminan a las personas por su condición sexual.
El rechazo vecinal a la mezquita no es, como pretende hacer ver El País, un rechazo a toda religión que no sea la católica. Algunos vecinos pueden tener esa criticable actitud, pero lo cierto es que ninguna pega han puesto la inmensa mayoría de los vecinos que ahora protestan a los otros centros religiosos de confesiones distintas a las católicas que de hecho ya existen en la localidad. Ni siquiera la práctica del islam era inicialmente vista con rechazo. Ninguna hostilidad provocó esa religión cuando la practicaban los primeros inmigrantes que al llegar se integraban, trabajaban y mantenían buenas relaciones de vecindad con los demás habitantes. El problema lo provocó la intolerancia de los dirigentes espirituales que pretendieron guiar e impedir esa relación abierta y plural, y los magrebíes que, en lugar de llegar para trabajar e integrase, empezaron a generar problemas de seguridad en el pueblo.
En cuanto a El Mundo, dice que “la intolerancia del movimiento vecinal tiene bastante que ver con la explosiva relación entre la población autóctona y la minoría musulmana, que tanpoco contribuye a la integración con tradiciones discriminatorias que colisionan con derechos y libertades que son irrenunciables”. Pues esas tradiciones son precisamente las que ha defendido El Mundo recientemente con la polémica del hiyab. Por otra parte, el que los inmigrantes no importen las “tradiciones que vulneran los derechos y libertades irrenunciables" no debía ser una mera petición de gesto de buena voluntad de cara a la integración sino un imperativo que inexorablemente deberían cumplir si quieren vivir en una sociedad libre. ¿O es que por el hecho de que las vulneraciones de derechos sean “tradicionales” y “extranjeras” tienen patente de corso?. La tolerancia exige reciprocidad. Pero para El Mundo esa exigencia alenta la xenofobia y pone de ejemplo al ex líer de Fuerza Nueva, Josep Anglada, que pretende apoyarse en el colectivo antimezquita para presentarse a las elecciones. Si se tildan de fascistas y xenófobas las legítimas quejas de los vecinos no es de extrañar que los verdaderos y pocos xenófobos y fascistas que hay se froten las manos. El integrismo de unos favorecerá al de los otros.
No se trata de acusar a todos los que son permisivos y hacen la vista gorda con el integrismo islámico de compartir sus valores. Tan sólo destacamos que el integrismo, —como cualquier totalitarismo— también encuentra fuera de él sus “tontos útiles”.

Complicidad mediática con el integrismo
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