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El Gobierno ante el órdago nacionalista... y sindical

Las propuestas de diálogo efectuada por los nuevos ministros de Administraciones Públicas y de Trabajo, Javier Arenas y Eduardo Zaplana ocupan los principales titulares de portada junto a los recortes de la subvenciones agrícolas en la UE. Muchos diarios también llevan a sus portadas el hallazgo en el desierto del Chad del cráneo del homínido más antiguo encontrado hasta ahora, el liderazgo de Igor González en el Tour el visto bueno de la Iglesia anglicana al matrimonio del Príncipe de Gales y Camila Parker-Bowles o el nuevo escándalo financiero en EE UU protagonizado por el maquillaje contable de Qwest Communications.

Las primeras declaraciones son reflejadas por los principales diarios con apreciables matices diferentes. Mientras que El Mundo habla de la oferta de “diálogo” de Arenas y Zaplana a los sindicatos y a las autonomías, ABC y La Vanguardia, aunque también destacan la predisposición de Zaplana por recuperar el “consenso social”, en el caso de Arenas, destacan su actitud de firmeza para hacer frente al reto independentista del nacionalismo vasco. Finalmente es El País el que mejor refleja la actitud manifestada por estos nuevos ministros al destacar la mayor firmeza frente al Gobierno vasco y al recordar que la propuesta de diálogo de Zaplana no ha ido acompañada de la renuncia a la reforma del subsidio de desempleo.

El Mundo —pese a haber efectuado recientemente algún amago de cambio— prosigue en esa suicida línea de limitarse a reivindicar el “diálogo”, expresión de lo políticamente correcto que encierra una verdadera perversión del lenguaje. Ya es grave que El Mundo trate de convencer al Gobierno que debe acceder a contentar a los sindicatos, pero es que este diario niega incluso la conveniencia de la firmeza también en el caso del reto independentista de los nacionalistas vascos. La cita que encabeza hoy la portada de este diario es una de Henry Ford: “No encuentres la falta, encuentra el remedio”. Y el remedio para El Mundo, está visto, que es seguir intentando contentar al que no se va a contentar.

El editorial, no siendo fiel a todo lo dicho por Arenas, se queda únicamente con la disposición del ministro a “hablar con todas las autonomías” para “interpretar sus palabras como un gesto de buena voluntad hacia Ibarretxe y el PNV”. No sólo no cabe interpretar eso de las palabras de Arenas, sino que además es contraproducente incitar al ministro a que vaya por esa línea. Arenas dejó muy claro que el Gobierno “con serenidad pero con total firmeza” va a hacer frente al pulso independentista del Gobierno vasco y que no va a ofrecer más dialogo que el que parta del “acatamiento constitucional”. Al Gobierno no sólo no le queda nada que ceder, sino que creemos que ha llegado a la convicción —tras pasados aunque no reconocidos errores— de que en el nacionalismo está “la falta”, no “el remedio”.

El Mundo reconoce que “no será fácil normalizar las relaciones mientras el parlamento vasco amenace con asumir unilateralmente las competencias que exige al Gobierno”. La cuestión, sin embargo, no es que sea “difícil” sino que esas relaciones no se deben “normalizar” —todo lo contrario—mientras esa amenaza exista. Y puesto que el PNV —si hemos de creer a Arzalluz—tiene como objetivo fundacional la ruptura con el Estado español, la relación con los nacionalistas ha de ser la de un permanente combate intelectual y político. Si además, como es el caso, muchos nacionalistas tratan de lograr sus objetivos por la fuerza, el combate con esos, además, habrá de ser policial.

Aun no podemos ver, sin embargo, ese grado de convicción en el Gobierno respecto al pulso que los sindicatos le están echando a su actual mayoría parlamentaria. El Mundo reconoce en el editorial que Zaplana, junto a la mano tendida a los sindicatos, reivindicó también “la necesidad de avanzar en las reformas, pero no precisó si el Gobierno está dispuesto a aceptar las modificaciones sustanciales en la ley sobre la reforma del desempleo”. Lo más exasperante de El Mundo es que reivindica el consenso pero ni siquiera le pone un precio. ¿En qué grado considera compatible la necesidad de avanzar en las reformas con el visto bueno de los sindicatos?. El Mundo espera a definirse a que lo haga el Gobierno y mientras tanto, hace como él y se escuda en el siempre políticamente correcto diálogo social.

Ciertamente hay muchos elementos ambivalentes en el Gobierno para saber por qué senda va finalmente a circular frente a la actitud de los sindicatos. Zaplana se ha caracterizado más por ser un hombre de componendas que de convicciones, por ser más proclive a la compra de voluntades que a la tarea de convencerlas. Sabemos que la política es una tarea lo suficientemente prosaica para no optar puristamente por una de las dos vías y que se requiere una combinación equilibrada de las dos. Sin embargo, no hay que minusvalorar el poder de las ideas y el atractivo de la convicción. Si el Gobierno defendiera los intereses generales con la misma contundente retórica con la que defienden los sindicatos sus intereses particulares, el Ejecutivo tendría que echar mano del contribuyente en mucha menor medida para tratar de aplacar los desaires sindicales.

Pero esa incondicional retórica del consenso por parte del Gobierno —que no de los sindicatos— no sólo no está dificultando al Ejecutivo plantearles una batalla de ideas sino que tampoco está recurriendo a apretarles en los bolsillos. ¿Se puede saber, por poner un ejemplo, a cambio de qué el Gobierno acaba de aplazar el cobro de los miles de millones que UGT debe a los contribuyentes?. No será a cambio del buen clima social con el que los sindicatos están recibiendo las tímidas reformas que el Ejecutivo ha planteado. ¿Va a utilizarse esta baza para presionar a los sindicatos o ya se da por perdida y lo que se pretende es recurrir a una nueva vuelta de rosca del bolsillo de los contribuyentes?. En lugar de nuevas huídas hacia adelante, ya va siendo hora de mostrar a los sindicatos lo que pueden perder.

Aznar tiene muchísimo por hacer en el terreno de la comunicación, pero no tanto –como hace El Mundo—para airear su disposición a consensuar las reformas, sino para señalar la conveniencia de llevarlas acabo. El mismo día que se hizo público el cambio de Gobierno pasaron desapercibidas las declaraciones de Aznar en una conferencia organizada por The Economist en donde anunció un nuevo paquete de reformas “muy ambiciosas”. Si hemos de creerle tendríamos que deducir que Aznar definitivamente no se va a supeditar al consenso social y que apuesta por la fuerza que le da su mayoría parlamentaria. Lo malo es que hay muchos cándidos que creen aun compatible el reformismo y el consenso social, que no se creen de verdad la apuesta por la oposición política de los sindicatos, que se niegan a ver su arrogante inmovilismo. No creemos, ni siquiera, que el Gobierno logre cambiar la actitud de los sindicatos tirando de la chequera, pero, si en eso va a consistir el nuevo impulso del reformismo, Aznar bien se podría ahorrar sus ambiciosos “cambios”. Para eso no hace falta traer a Zaplana. Hubiera bastado que nunca se hubiera ido Pimentel.

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