Madrid DF
Si los nacionalistas tienen éxito y llega el día en que todos seamos como en Cataluña, ¿quién pagará sus facturas?
Desde Cataluña nos llega un discurso que, sin ser independentista, vende Frankenstein, no como una alianza anti natura, sino como algo lógico y desde luego deseable. Lo que es bueno para Cataluña, es bueno para España. Y Cataluña está bendecida por la irrelevancia que allí sufre el PP. Y, si eso es bueno –qué digo bueno, buenísimo— para Cataluña, para España sería todavía mejor. La imagen que se transmite es la de una España que intenta superar la idea que tenemos de ella en Madrid. En la capital, vivimos rodeados del espejismo del imperio, donde, gobierne quien gobierne, mandan siempre los mismos. A veces, como con González, toca soportar que los socialistas se sienten a la mesa, pero en esencia el poder está siempre en las mismas manos, como tiene que ser. Con Zapatero empezaron a cambiar las cosas, pero no suficientemente.
Con Sánchez, llegó una España nueva, la de una mayoría que, por no ser únicamente de izquierdas, sino también nacionalista, especialmente de Cataluña, pero no sólo, inició la verdadera transformación. España empieza finalmente a parecerse a lo que realmente es, aunque en Madrid no queramos verlo: una laxa unión de naciones diferentes, sin saber muy bien cuántas, que desea poner la riqueza nacional al servicio de todos. En ella, los ricos y los que no lo son tanto han de aplaudir el pagar cada vez más impuestos y los pobres no solo dejarán de serlo, sino que cada vez trabajarán menos. España no sólo es multicultural, también es multinacional, multirreligiosa, multifamiliar, multigénero, multitodo. Tan sólo hace falta extraer todas las consecuencias de esa realidad. En ella, al fin, ya no habrá sitio para sentirse orgulloso de nada de lo que alguna vez por desgracia fuimos o hicimos. Y entonces, la derecha, al menos la española, estará de más.
Por eso, se acusa Génova de haber sido abducida por Vox. Antes, el PP, cuando gobernaba, no tocaba una coma de las leyes aprobadas por los socialistas. Y si siguiera así, sería tolerable. Ahora, por influencia de Vox, podría devolvernos a los tiempos de la caverna, cuando la policía te arreaba con la porra por llevar el pelo largo. Y, para evitarlo, hay que hacer cuanto sea necesario, dentro de los cauces democráticos o fuera de ellos. En la capital no nos damos cuenta de que, en realidad, más allá de la M-50, todos odian a Madrid DF, aunque todavía no sepan que lo que quieren es parecerse a Cataluña. Cuando lo sepan, la derecha cavernícola habrá sido finalmente enterrada.
Esta España "alternativa", que no existe más que en la imaginación de algunos cabezas de huevo cuyo exponente más insigne no es catalán, sino vasco, Iván Redondo, no saben que Cataluña es Cataluña desde el siglo XIII a base de prosperar económicamente bajo el paraguas de la corona de Aragón, primero, y de la corona española después. El nacionalismo no es más que el pretexto para no cargar con los gastos de ese paraguas y que seamos el resto de españoles quienes abonemos las facturas. Y no caen en la cuenta de que, si tienen éxito y llega el día en que todos seamos como en Cataluña, ¿quién las pagará?
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