Colabora
Emilio Campmany

El rey negro

Pedro Sánchez quiere ser visto como un hombre de aguda inteligencia que no es. Por eso no pierde ocasión de retratarse jugando al ajedrez.

El presidente del Gobierno durante su reunión con la ajedrecista iraní Sara Khadem. | X/Pedro Sánchez

El lenguaje narrativo del cine tiene sus trucos. Cuando se le quiere contar al espectador que un determinado personaje es muy inteligente, se le filma jugando al ajedrez o se decora su apartamento con un tablero y unas piezas. Los dos maestros de la geopolítica estadounidense, el republicano y el demócrata, aparecieron en la prensa retratados jugando al ajedrez. En una, Kissinger dormita con un libro entreabierto mientras, con un tablero de viaje, reproduce una partida. En la otra, Brzezinski juega a cara de perro contra Menachem Begin en Camp David. Los dos fueron genios reconocidos de la política internacional del siglo XX.

Pedro Sánchez quiere ser visto así, como el hombre de aguda inteligencia que no es. Por eso no pierde ocasión de retratarse delante de las sesenta y cuatro casillas. Hace unos meses recibió en La Moncloa a una campeona iraní, que se ha exiliado a España tras negarse a vestir el velo durante sus enfrentamientos internacionales, y se fotografió jugando con ella. Más recientemente, Okdiario publicó la exclusiva de que Sánchez llegó tarde a una comparecencia ante los periodistas por haberse entretenido en un bar especializado de Madrid practicando el juego de reyes. Hoy hemos sabido que uno de sus contrincantes aquel día fue un niño prodigio de nueve años, campeón del mundo de su categoría.

De alguien que miente constantemente, que se adueñó de la secretaría general de su partido con malas artes, que consiguió para su esposa el título de catedrática sin ser ni siquiera licenciada y que se viste con un inmerecido doctorado tras plagiar su tesis, cabe sospechar que tal vez no sea capaz de calcular la combinación ajedrecística más sencilla ni evitar la celada más evidente. Pero, vaya usted a saber, a lo mejor, sin ser Capablanca, efectivamente es un jugador de cierto fuste. Lo que nunca será es el caballero que fue el gran Alekhine que, tras haberle suplicado una dama jugar con él una partida, fue moviendo sus piezas hasta lograr una posición en la que, moviera lo que moviera la señora, el gran maestro sufriría un jaque mate.

Abascal, peón de Sánchez

Y, en todo caso, por muy bien que juegue Sánchez, no ha de concluirse necesariamente que su capacidad para el juego le valga para otras cosas. Ya que, como demostró Stefan Zweig en Novela de ajedrez, se puede ser campeón del mundo y en lo demás ser un tarugo. O, como aclaró Miguel de Unamuno: "el ajedrez procura una suerte de inteligencia que sirve únicamente para jugar al ajedrez". Es verdad que los dos escritores se esforzaron por jugar con maestría y fracasaron con estrépito. Aliviaron su decepción pagándolo con el pobre juego, al que intentaron desacreditar con un denuedo digno de mejor causa. Pero quizá tengan algo de razón. Para convencerse, basta contemplar a nuestro presidente en una red social, en un vídeo colgado por él mismo, donde se le oye lanzar unas risotadas mientras juega similares a las que arrojaría el tonto del pueblo en un cine de barrio viendo una película de Almodóvar. Menudo farsante.

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario