Colabora
Itxu Díaz

El nuevo cojo

Algo que muchos no-cojos desconocen es que la cojera está directamente conectada, por un misterioso conducto, con el mal carácter.

Un hombre sosteniendo una muleta. | Pexels/CC0/Towfiqu barbhuiya

Ando cojo -del verbo cojear, ministra- estos días y es un bonito experimento sociológico. Hago esfuerzos por ocultarlo, porque a mi edad solo puedes cojear si eres idiota y te has arrojado por una montaña nevada sin saber esquiar, y te partes la crisma, o si te has apuntado a algún deporte extremo, como el golf o la petanca; y, quienes me conocen en el barrio, saben que no hay ninguna posibilidad de que yo me juegue el físico en actividades tan peligrosas. La tercera opción, la que en silencio piensa la mayoría, es que te has desnucado escaleras abajo al regresar de una noche bien regada. Y, aunque no haya ocurrido tal cosa, lo mejor es disimular para evitar habladurías. Que ayer escuché a lo lejos, en mi café de confianza, a dos señores de avanzada edad, comentando por lo bajini "aí vai o escritor, e vai coxo", que en español quiere decir "soy un hijo de una hiena y me gusta meter las narices donde no me llaman".

El cojo joven, o nuevo cojo, es un viejo prematuro que ha perdido mucha movilidad, y que camina con gran dolor, pero no está dispuesto a asumirlo. De ahí que lleve días conteniendo mal que bien mi ansia de cruzar por donde no hay semáforo, de saltar un charco con una zancada atlética, o de lanzarme a cruzar con el monigote verde temblequeando con la seguridad de que me dará tiempo a llegar antes de que se ponga en rojo. Ayer ocurrió y, pese a mis esfuerzos, necesité tres segundos más para alcanzar la acera entre alaridos de dolor. Tres segundos que provocaron que un taxista tuviera que esperar un instante para arrancar. Y tres segundos que hicieron que el taxista acelerara al máximo, apretara su bocina como si estuviera cruzándosele un maldito tren, me pasara rozando intencionadamente el culo, y gritara por la ventanilla unas bonitas glosas latinas que, por si hay menores, no voy a reproducir, pero que aludían tangencialmente a mi mamá, con esa serenidad y contención tan propia de ciertos taxistas españoles.

Como nuevo cojo he descubierto que el mundo es un lugar realmente hostil para los hombres a los que les parpadea una pierna. El mantenimiento de las aceras y calles es un chiste, los transeúntes son torpísimos y chocan una y otra vez con el punto exacto donde tienes mayor dolor, y la DGT debería dejar de multar a tantos conductores por estúpidas infracciones de velocidad y empezar a examinar antecedentes penales y psiquiátricos al volante.

Como nuevo cojo certifico también que la invasión migratoria es, ante todo, una invasión de patinetes, desquiciadamente gobernados por morenitos fumados hasta los rizos, que siempre tienen aspecto de ir o venir de violar media docena de leyes. Tener aspecto, ya lo sé, no es delictivo, pero intentar asesinar a un cojo reiteradamente sí lo es.

Al cojo no lo respeta nadie porque es síntoma de una enfermedad leve, de ahí que muchos lisiados hayan optado por manejarse directamente en sillas de ruedas, porque ahí sí que la gente se aparta, te ayuda, y hasta te sonríe. El problema de ir en silla de ruedas es que entonces no tienes muleta a mano para defenderte del tipo del patinete cuando intenta robarte la cartera, para posteriormente, faltaría más, declarar el botín a la Hacienda de Sánchez.

Al cojo, en fin, lo desprecia la Administración –¿o acaso alguna vez un cojo ha pasado por delante en una cola para no estar horas y horas de pie, detrás de los del patinete?–, lo desprecian los vecinos, lo desprecian incluso los amigos, que llegan a reírse de la situación o a acusarle de estar fingiendo; que si no fuera porque tengo problemas para estirar la pata –no hay metáfora aquí–, a alguno dan ganas de patearle el cráneo.

Algo que muchos no-cojos desconocen es que la cojera está directamente conectada, por un misterioso conducto, con el mal carácter. Cuando mayor y más prolongada es la cojera, más corta tienes la mecha. De modo que esta semana, mientras todos se reían a gritos de las cosas increíbles que se han escuchado en el Supremo, a mí no me hacía gracia ni la sutilísima forma en que el poeta Koldo establecía la condición de sólido, líquido o gaseoso en no sé qué rincón remoto de la señora Montero. Tampoco me hacía gracia Sánchez, ni sus idioteces electorales, ni sus desastrosas políticas, ni siquiera el simpaticón Bonilla echando por tierra media campaña, tropezando con la piedra de la prioridad nacional, y demostrando que lo de este PP en elecciones es un aturdimiento neuronal irresoluble y continuado.

Así que cojo e irritable, aprovecho que estoy en fase de mejoría para confesarte que, si tienes previsto entregarte a la cojera próximamente, mi consejo es que te cortes toda la pierna y, si puedes, la lleves bajo el brazo. No sé, intenta algo que realmente impresione a las visitas, conmueva a los conductores endemoniados, te permita solicitar al Ayuntamiento una plaza especial para tu coche, y sea más difícil de atropellar para los de las pensiones en patinete.

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario