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Sánchez "El Chino"

Sabemos que se vende barato, nos falta por saber si Xi Jinping, que es malo pero no idiota, encuentra algo divertido o útil que sacarle a Sánchez

Sabemos que se vende barato, nos falta por saber si Xi Jinping, que es malo pero no idiota, encuentra algo divertido o útil que sacarle a Sánchez
Cordon Press

Me dices que a veces, a la oscura luz de una vela, en la calma de la noche, te preguntas cuántos Sánchez hay. Y yo te respondo, a pleno sol y al trasluz de un gintonic, tantos como quieras. No es que el presidente tenga varias caras. Es que las tiene todas, y todas de probada dureza.

Lo has conocido sollozante y maquillado como un desahuciado por los médicos, lo has visto triunfal y vociferante en un mitin mientras Marisú Montero menea las caderas a su vera, lo has visto haciéndose el bicho-bola ante el dedo inquisidor de Trump en una de esas cumbres en las que nadie quiere conversar con él, o lo has visto convertido en macho alfa de la manada en los WhatsApp de José Luis Ábalos.

Lo has visto gritón y tiranillo en el Congreso, riéndose a mandíbula enfermizamente libre de un atónito líder de la oposición, pero también suavizando la voz para mentir en formato "deeply concerned", como si hubiera asistido a la misma academia que Pablo Iglesias. Lo has visto limpiarse la mano con cara de asco después de saludar a un trabajador, y lo has visto también haciéndose el intelectual en TikTok, sin gran éxito, cogiendo un libro por los cuernos como si estuviera a punto de darle un bocado.

Lo has visto como chulo de playa, como macarra de piscina, ante una pregunta incómoda de la prensa, allá a lo lejos cuando estaba en la oposición y no le quedaba más remedio que atender a la prensa hostil, y lo has visto dejándose masajear por sus periodistas de cabecera en la televisión que le pagamos a diario, para que reciba su dosis horaria de enaltecimiento y pleitesía.

Lo has visto intentando ser más americano que la estatua de la Libertad y la Ruta 66 juntas, y escupiendo sobre la misma bandera de los Estados Unidos, arrastrándose ante Trump un día, y erigiéndose como el Astérix mundial contra el imperio trumpista. Lo has visto bolivariano, cheguevárico, ayatoloso, españolísimo, catalanoide, kaleborrokilla, y hasta africano, quizá por influencia de la más africana del clan, que es Begoña, profesional cumbre de la captación de fondos.

Hay un Sánchez que va de bueno, otro que se hace el tonto, otro que va de listo, otro que no oculta su maldad, otro que encrespa la voz para parecer especialmente desquiciado, otro que está encantado de conocerse, como todos los días, pero un poco más, y hay uno particularmente gracioso que intenta fingir una humildad que no la igualarían Juan Pablo II y Teresa de Calcuta juntos.

Hay un Sánchez que se mueve como pez en el agua entre el puterío, otro que sufre ataques de puritanismo extremo, y otro que pasa demasiado tiempo maqueándose en el baño antes de reunirse con cualquier homólogo. Hay un Sánchez que desprecia sigilosamente a las mujeres, y otro que brama lo muy feminista que es; nada extraña esto, si tenemos en cuenta que hay un Sánchez que suelta violadores y otro que va pintando de morado los banquitos de los parques.

Hay un Sánchez de babucha, dátil y Pegasus, otro que se viste la camiseta de España, otro que la vende a trozos en AliExpress. Has visto también a un Sánchez que clama por la independencia judicial, mientras otro reúne a la cloaca para lanzar los perros sobre los jueces molestos. Hay un Sánchez que no duerme bien al pensar en el daño que las redes sociales hacen a los niños, y otro que pisa el acelerador para que se asesine a más bebés, o que promueve la amputación genital de menores.

Hay uno que intentó venderse a la malvada Von der Leyen como el epítome de la socialdemocracia, y otro que se mueve como pez en el agua entre añoranzas soviéticas y retratos de Mao. Hay un Sánchez muerto de miedo en Paiporta, y otro estrenando gafas de vacilar en una comisión del Congreso. Hay uno que finge que se arroja acantilado abajo en bicicleta vestido de subrayador amarillo, y otro que se entiende muy bien con sus animales, lo que probablemente facilitó en su día su íntima conexión con los koldos y los cerdanes.

Los conocemos a todos menos a uno. El único que hasta ahora no habíamos visto es al Sánchez chino. El Sánchez oriental achina los ojos para ponerse al nivel cultural del país que le recibe, que culturalmente le interesa tanto como a mí el sistema reproductor de los grillos, pero que ha considerado que podría ser su jugada maestra: la madre de todas las traiciones y, a la vez, la madre de todos sus intentos de salvarse del negrísimo futuro judicial que le espera. ¿Quién sino China, el gigante comunista, podría protegerlo, ahora que Maduro no ve la luz del sol, Von der Leyen le ha dicho que se vaya a la cama sin cenar, y los ayatolás tienen bastante con que no les vuelen el turbante?

Sabemos que se vende barato, nos falta por saber si Xi Jinping, que es malo pero no idiota, encuentra algo divertido o útil que sacarle a Sánchez, sin pensar en los órganos vitales, que eso lo reserva para los disidentes. Mi apuesta es que, como fruto de su tórrido romance suicida con la dictadura, Sánchez acabará vendiendo nuestros órganos vitales en Temu, a cambio de las migajas de la Inteligencia de Pekín haciendo salir basura a borbotones de las cloacas en las inmediaciones de la cita electoral de 2027.

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