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Tiempo de ángeles

Hace ya 25 años que mi amigo Santi Santos, de Los Limones, escribió la canción "Ángeles" y sigue siendo toda una lección de vida.

Hace ya 25 años que mi amigo Santi Santos, de Los Limones, escribió la canción "Ángeles" y sigue siendo toda una lección de vida.
Concierto de Los Limones en Bayona. | Wikipedia

Los mundos perfectos no existen. Las vidas plenamente felices son un espejismo. La luz se apaga cada noche. La marea baja cada seis horas. La vida se extingue incluso en las grandes ciudades a esa hora torpe en que antaño patrullaba el sereno. Las flores siempre se marchitan. Los abuelos no viven para siempre. El amor a veces sale por la puerta de atrás. La vida laboral es una montaña rusa. La risa más ruidosa, como la tormenta, siempre deja paso a una calma inquieta, un silencio que traspasa.

Escribí años atrás el ensayo Todo iba bien alrededor de esta idea: basta solo un instante, un minuto, para que el mundo de color se te vuelva en blanco y negro. En el ciclo de alegrías y tristezas, la pena nunca falta a la cita. Un diagnóstico, un golpe imprevisto, un desamor, un lío familiar, o un amigo que se va. El negro se apodera del lienzo en un instante, y hasta el cuadro más primaveral se vuelve noche oscura del alma. La alegría es entonces un recuerdo grosero y vergonzante en la memoria.

Lo dibuja Alfonsina Storni, poesía y mar, que precisamente hoy cumpliría 134 años: "Moviéndose serpientes a mi lado / hasta mi boca alzaron la cabeza. / El cielo gris, la piedra, repetían: / el alma tienes para nunca muerta". A veces, no siempre te lo esperas, la vida te tuerce la cara, y la melodía de bellezas se convierte en gritos de terror lovecraftiano. Entonces se esfuman las rumbas y las sambas y solo queda el abrazo de los libros viejos de poesía oscura. Y el mundo alrededor te es más ajeno que nunca, y hasta la risa de los desconocidos te parece monstruosa e irreverente.

Paseaba en alma negra hace unos días junto a la playa, contemplando el mar, que está ya de color verano, que llena de resplandores las rocas al besarlas, y remueve la arena en la orilla con dulzura, a esa hora en que el sol se va con la música a otra parte después de regalarnos un fulgor rojísimo sobre el horizonte. En el instante de caer la noche sobre la bahía, qué inmenso espejo del cielo, como un telón de negrura arruinando los azules del mar, comprendí una vez más que la pena es un silencio interior. La ansiedad es individual. Cuando algo enturbia tu cabeza, cuando se te aparecen sin esperarlo los "Días grises" de la canción de Los Flechazos, todo lo que brilla alrededor se disuelve, te abruma la soledad entre tanta gente, tan de nuestro tiempo. Y suenan de nuevo los versos de Alfonsina: "¿No sabéis, golondrinas errantes, no sabéis, / que tengo el alma enferma porque no puedo irme / volando yo también?".

Y entonces, cuando crees que el túnel es infinito y olvidas hasta la forma imprecisa de las luces, es tiempo de ángeles. Hace ya 25 años que mi amigo Santi Santos, de Los Limones, escribió la canción "Ángeles" y sigue siendo toda una lección de vida. Cómo muta el rostro de los amigos en los buenos y en los malos tiempos. En los malos momentos, canta Santi, algunos "te dejan caer": y es, como digo, la hora de los ángeles, que "estás tirado en el suelo y te ponen de pie".

Ángeles que son, cantan Los Limones, "mis amigos, mi familia, y mi gente tan fiel": "no viviré lo bastante / como para agradecer / que los que había olvidado / te puedan querer". Hay personas que con como estar en casa. Que acogen, sosiegan, y dan luz a la vida. Amigos que son familia. Y familia que son amigos. Y entonces, entre los ángeles, incluso en medio de la noche, la ensenada marinera recupera lentamente sus colores, aún sin brillo, pero puedes distinguirlos, y en el interior late suavísimo un consuelo, y una brisa de serenidad te atraviesa el alma, barnizada ya con los versos del otro Machado: "para mi amarga vida fatigada… / ¡el mar amado, el mar apetecido, / el mar, el mar, y no pensar nada…!".

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