
Nuestra Señora de la Asunción. Casetas de tiro, dulces de manzana, coches de choque, y algodón de azúcar. Tiempo de familia. Bombillas de colores, repique de campanas, cohetes de un preludio, y lluvia de pétalos de rosas y hortensias en la procesión de la Virgen. Se abrazan como extraños los vecinos, se acogen forasteros, se engalanan las autoridades. España festiva, España alegre, la España de ayer abrazando a la España de hoy.
Del blanco y negro al presente a pleno color. De la mano de piel ajada del abuelo al tacto suave del nieto. El orgullo nacional de un país con vocación de sonrisa y vaso de vino. Bendita sea la charanga y la pandereta, maldito el poema más bruto de Antonio, que enmendó el otro Machado con La copla: "al fundir el corazón / en el alma popular, / lo que se pierde de nombre / se gana de eternidad".
15 de agosto. Fiestas patronales por doquier. Las eras ya se han quedado vacías. Campos dorados cubiertos con rastrojos, que aún amarillean, pero que irán apagando su fulgor de oro lentamente, secándose, hasta que las primeras lluvias del otoño terminen de barrer su tinta y se abandonen en insulsos marrones y grises. Verano maduro de aroma a mies agostada. Trigo en el granero, máquinas apagadas, y tiempo libre, tiempo para dar, tomar y regalar.
Sueños de una noche de verano, con la explosión de deseos de las lágrimas de San Lorenzo surcando la bóveda, y los besos furtivos de los primeros amores, apoyadas las espaldas en la tapia que separa fiesta y silencio, al otro lado de la verbena, donde los músicos tocan canciones con promesas para toda la vida.
Desde La Alberca hasta Cadaqués, desde las Rías Bajas hasta el Mediterráneo, España entierra ilusiones en las papeletas de colores de una tómbola; cuelgan del camión jamones, muñecas gigantes, televisores y hasta una moto. Tradición, fe, solera y salero. Baile de abanicos y vestidos de domingo, surca el cielo la noria, arañando las estrellas, y de los puestos de churros surgen niños felices con enormes cucuruchos. Las canciones del verano brotan como estridencias enloquecidas desde la atracción del "saltamontes", entre los gritos de los zagales y los estruendosos resoplidos humeantes de sus válvulas, que llenan la noche de vaporadas blancas. Sonidos y aromas de otra feria, la misma de siempre.
A la tarde, las carreras de sacos y la cucaña más salada sobre las aguas del puerto, tras la misa de ocho, solemne manto de la Virgen, la banda esmalta de acordes el pueblo en floridos pasacalles, y no hay sitio donde cenar en las casas de comidas y mesones. Preguntan los críos por los fuegos artificiales, y se pierden las familias entre puestos de artesanía, figuras de imitación de arte africano y pulseritas de cuero. Un gitanito hace sonar Manolo Escobar junto al tren de la bruja en altavoces saturadísimos de afónico timbre.
Tiembla la silueta verde y amarilla de los hinchables junto a la iglesia, no queda una piedra de hielo en los bares y, entre sudores, apuran un cigarrillo agazapados los camareros del restaurante más concurrido. Vasos de plástico y los gritos de Camela, tres adolescentes intentan pescar patitos de goma con premio, y el balonazo de un partido de fútbol improvisado en la trastienda de la plaza siembra de pánico a los turistas de mesa y terraza.
A la luna le ha salido una alegría en el brillo, el silencio ya no existe, y en los pueblos de mar, zigzaguean relámpagos coloridos entre los brillos de las aguas, al son del girar enloquecido de los focos de la orquesta. Duerme un niño en su carrito en zona oscura, tapado como si el invierno amenazara nieves, templan los músicos voces e instrumentos, y apuran un pasodoble unos abuelos, que lo llevan bailando así, cintura y sonrisa, en la misma plaza del mismo pueblo, desde los tiempos en que ser feliz era más barato.
España en 15 de agosto. España de la alegría. Nación de vino y chanza. De trigo, sardiñada y patrona. Marinera, isleña, y castellana. De fiesta en fiesta, tobogán de noches estivales. Furor popular, hermandad y cofradía, y buenos deseos. La España que el mundo envidia, la del orgullo cañí, la que no merecen quienes rigen tristemente sus destinos.
