
Mi amigo Ignacio Peyró solía decirme que escribir libros es nuestro vicio más caro. Hace veinte años que llegó a las librerías Haciendo amigos, mi ópera prima, y el futuro no se parece en nada a lo que entonces podía imaginar. Aquella era una colección de columnas dedicadas a lo mejor del pop español, a la música y a la industria musical. "Disfruta leyendo, aprendiendo y curioseando sobre lo que más te gusta, la música española", escribía en el prólogo Carlos Moreno, alias el Pulpo. Aunque hoy está tan descatalogado como los 25 años que tenía yo entonces, cuando veo la cubierta, con esa cinta envejecida con el texto 'varios pop español' –la cinta que todos teníamos entonces en todas partes–, acude a mi memoria la extraña euforia de la primera vez, y sonrío pensando en lo equivocado que estaba en todo. En la euforia también.
El pasado día 17 de julio, mientras la Virgen del Carmen procesionaba por las aguas de la ría entre estallidos secos y lluvias de pétalos, entregué por fin a mi editor mi próxima novela, diciendo adiós a esa panda de lunáticos protagonistas que han vivido en mi cabeza día y noche durante cuatro años. Entre Haciendo amigos y lo que viene no solo han pasado dos décadas, sino también once libros, la euforia ahora vive diáfana en un eterno otoño, y los lectores empedernidos se han convertido en una especie en peligro de extinción. Que hubo, en fin, que entregarse al veneno del periodismo porque la magia de la literatura está cuajada de trucos que ya no funcionan como solían.
Al entregar el manuscrito, sin embargo, sí he sentido una gran liberación, algo que no recuerdo haber vivido en anteriores ocasiones. Siempre admito que soy escritor bastante ordenado y ágil en los ensayos o en las obras de no ficción, que son prácticamente todas en mi historial de bicho con pluma, y terriblemente caótico, enfermizo y extremo en cuanto me enfrento a una novela. Si exceptuamos la breve comedia Ganador perdido, la única experiencia cara a cara con la ficción la atravesé en 2017 elaborando lo que después fue Rosas de papel. Pero aquellas rosas no fueron buscadas, como tampoco lo son ninguno de mis ensayos, sino que crecieron dentro de una manera tan salvaje que hubo que podarlas y enviarlas a maquetar. No es el caso que me ocupa con este último trabajo, que ha sido premeditado y construido a conciencia página a página, dejándome tras cada párrafo una sensación bastante parecida a la resaca del tequila.
Admiro a los novelistas que trazan sus libros con escuadra y cartabón, que los levantan como arquitectos, que los diseñan como ingenieros, y que escriben con un pautado orden monacal, sin distracción alguna, con horas de máxima calidad. Pero el vicio que yo frecuento, del que hablaba Peyró, es más colofón que cimiento, así que, aunque desearía haber tenido cuatro años de orden y relajación para construir esta historia, la urgencia de la vida periodística es el palo en la rueda del oficio del novelista, con las contadas excepciones que todos conocemos. Quizá por eso despedirme de los personajes que me han acompañado durante el proceso resultó en una confusa mezcla entre libertad y nostalgia, que echaré de menos su simpática compañía, pero no el abrupto disloque de las historias aún por terminar de escribir, ni la divertida ansiedad que provoca en todos los autores no perderse en el finísimo filo del humor, que es mi cuchillo favorito para cortar la tarta de la vida, de los sueños y de las letras.
La espera de ahora al final del camino para la novela siempre es larguísima, pero la liberación llega para quedarse y, al menos en mi caso, sé que los personajes tan familiares se irán haciendo extraños en la memoria, como siempre ocurre, hasta que finalmente dejan de saludarte por la calle. Muchas veces, tras un esfuerzo prolongado como este, mi cabeza sugiere miles de argumentos para no volver a hacerlo y todos son acertados, racionales, válidos e inteligentes. Pero supongo que una de las razones por las que lo llamamos vicio antes que oficio es porque no hay nada mínimamente parecido al sentido común en quien vive todo esto como un pulso a vida o muerte entre la bohemia de Sawa y la escorrentía de sonrisas de un Wodehouse.
