Sol del Caribe sobre los olivos. Vaporean las flores en el jardín los aromas cadenciosos de la tarde. El calor ahoga, pero no mata y, tras las montañas lejanas, la luna grita que quiere salir a bailar. Tierra seca, tierra ilustre, allá donde los caminos, los barrios, los bosques y las playas que recorrieron Rosalía, Valle-Inclán, Julio Camba y Camilo José Cela. Me atrapa en la esquina el murmullo de un sauce llorón, que es el árbol de la tristeza, pero también el de la belleza. Me desprendo del disfraz de escritor en torno a un vino, aunque a ratos titila en la memoria la voz del marqués de Iria Flavia: "En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano".
Hay una España rural, lejos de la algarabía del chiringuito, que es hoy lo que antaño fueron los balnearios, en el siglo en que creíamos que todo podía curarse entre aguas muy minerales, aromas deprimentes, y baños templados. El modo de veraneo posmoderno deja poco espacio a la contemplación, y nadie lo ha explicado mejor que Byung-Chul Han. Aunque, tiempo atrás, el visionario fue Blaise Pascal cuando dejó escrito, cito de memoria, que todos los males del hombre contemporáneo proceden de que no es capaz de estar solo y sereno sentado en una habitación. Estas tierras invitan a alzar los ojos al cielo descubriendo que siempre hay más azules aún, a buscar los confines de los mares en los mapas de las mareas y los sueños, a acariciar las flores y las piedras, a escudriñar las razones de Dios entre las ramas enroscadas de los árboles en simpática parodia de arquitectura romántica.
He cortado una camelia en un jardín, y la paseo por parajes que le son ajenos con la certeza de que su luz, como en la canción de Morrissey que Mikel Erentxun cantó en español, "nunca se apagará". La he llevado al mar, savia y salitre, la he mezclado con las conchas y las aguas calmosas de una ría, y la he devuelto después al jardín de los jardines, como en un sueño pasional de Mauricio Wiesenthal, quizá porque lo tengo presente, que viajo este verano con la literatura exquisita de Las reinas del mar en la maleta. Casualidades. No lo he pedido yo, pero suena por sorpresa en el viejo altavoz de la playa el himno que hizo grande a Carlangas, que es de por aquí: "Quédate para siempre / para toda la vida"; Verbena, de Novedades Carminha.
Como en la canción de Los Rebeldes Un español en Nueva York, o como en el Buscando de Enrique Urquijo, soy "un turista en mi país" recorriendo la costa de las Rías Bajas cuando mi mar, mi verdadero mar, es el Cantábrico, y mi costa la que bañan al tiempo las aguas asturianas y gallegas. Bateas, veleros, yates y piraguas. La ría es una competición entre los que quieren ir más rápido y los que buscan ir más despacio. La ría es como la vida. Yo no compito ya, que soy de la playa, que me quedo en tierra firme, deshaciendo los hilos de la vida en el suave tacto de la orilla, esperando a que llegue algún mensaje en la botella, en tributo al canto al silencio de Robert Sarah. Contemplar es despertar al sueño de vivir.
Más tarde, lejos de la costa, somos pocos en la cena entre las flores, o somos sombras en el silencio de un jardín embetunado, danzando entre los caminos de la casa, con la voz templada y solemne de quien recorre un templo, lleno de rincones para sentarse a ver las horas pasar, bendecida la madrugada por un ron de muy lejos de aquí. Tres farolas de fulgor cobrizo, de las que ya escasean en la Galicia de los campos y sembrados, parecen una corona de luces sobre las copas del olivar, y al noroeste resplandece con autoridad Casiopea, mientras Saturno emerge en la bóveda con la exuberancia de la reina de una noche de verano.
Cae la noche así en el jardín de la casa Olivo de Reis, donde uno entiende por qué el turismo rural, cuando se hace con cariño como en esta finca, es el veraneo de lujo, donde la vida viaja a un ritmo que el invierno nunca podría comprender. El caballo entre los olivos es una silueta en la primera penumbra tras el crepúsculo, como un boceto oscuro de Caravaggio, y una pareja ronronea bajo el techo de flores de un palco. Mencía y promesas. La complicidad es "medicina natural", como aquella que cantó La Granja: "Ponle sal a tu vida / dile al jefe que hoy no vas a trabajar / ponle sal a tu vida / pon a prueba su sentido del humor".
Antes de que un apóstrofe de luna se desperece de las inoportunas ramas de los árboles y regale su luz lechosa a la madrugada, sonarán las campanadas en el siniestro reloj, con las flechas afiladas apuntando al noroeste, la tinta fresca en la pluma, y el disfraz de escritor recién lavado, doblado en la entrada de una autopista. Volver a casa será mejor con tantas fotografías de escarlata colgando de la memoria, aunque, después de todo, arribaremos a nuestros hogares con los planes de un regreso al olivar de la camelia entre las manos, y con la ensoñación de La Granja en la cabeza, y esas ganas de poner a prueba su sentido del humor.

