Otro inmenso error
España preferirá deshonrosamente la humillación a la guerra, y será primero humillada para finalmente ser forzada a la guerra cuando el desafío llegue a las Islas Canarias.
Ceuta es pequeña y dulce; está acostada
en los brazos del mar, como si fuera
una niña dormida que tuviera
la espuma de las olas por almohada.
Ceuta canta latines, cristianada
con la sal del estrecho marinera,
y empina su blancura campanera
al espejo del mar, acicalada.
Ceuta es una andaluza niñería
que, si saltar pudiera, saltaría
la comba de agua y sal del oceano.
Y allí está, entre la arena y la muralla
como una niña que bajó a la playa
y se le fue a la madre de la mano.
El último terceto de este emotivo soneto del poeta ceutí, Luis López Anglada, se clava en el corazón de toda España tras la invasión premeditada —otra explicación carece de sentido— de Ceuta, la segunda desde 2021. Sí, Ceuta se nos va de la mano, a España y a Andalucía, sus madres naturales. Pero no se nos va por descuido ni por accidente. Se nos arrebata de manera violenta y humillante sin que el Gobierno haya hecho otra cosa que postrarse ante el agresor.
¿Han sido Ceuta y Melilla gravísimos errores de la Transición, otros más? Tan natural es su "andaluza niñería" que el mismo presidente de la República, Manuel Azaña, firmó una orden en 1932 que consideraba "que el Ayuntamiento de Melilla forma parte de la provincia de Málaga, y el de Ceuta, de la de Cádiz." En 1958, el régimen de Franco decidió por decreto que "los Territorios Españoles en el Norte de África, denominados Plazas de Soberanía, constituyen una unidad geográfica e histórica y son parte esencial e integrante de la Nación". Se incluía en ellos a Ceuta, Melilla, las Chafarinas, Alhucemas y Vélez de la Gomera, y todos ellos componían un zona militar aunque administrativamente guardaban relaciones estrechas con Málaga y Cádiz.
Lamentablemente, al final del franquismo la situación de ambas ciudades seguía en el limbo político. En 1975, Ceuta y Melilla eran territorios españoles singulares con Ayuntamiento propio no incluidos en provincia alguna, dependientes del gobierno español aunque con vínculos administrativos con provincias andaluzas, como Málaga y Cádiz. Esto es, eran plazas españolas pero no integradas en la organización provincial del Estado.
Llegó la Transición, justo después de la celebración de la Marcha Verde, otra invasión esta vez al territorio saharaui administrado por España y, a pesar de que ni Ceuta ni Melilla eran colonias sino ciudades españolas, los partidos mayoritarios de entonces, UCD, PSOE y PCE resolvieron dejarlas de la mano y perpetuar el limbo franquista.
Pudo haberse hecho de otro modo. Todavía en 1978, cuando se definió el régimen preautonómico andaluz, pudo leerse en el BOE: "La regulación del régimen preautonómico de Andalucía, establecido antes de la Constitución, en nada prejuzga el contenido de ésta, ni tampoco la posibilidad de que las ciudades españolas de Ceuta y Melilla puedan incorporarse al futuro régimen andaluz de autonomía si así se decide a través del procedimiento que determine la Constitución."
El ex ministro de Exteriores del PP, José Manuel García-Margallo, que fue diputado por Melilla en 1977, ha contado cómo la maniobra de la izquierda consintió el que hoy se ve ya como un inmenso error de la Transición: dejar de la mano a Ceuta y Melilla mientras eran reclamadas absurda y ahistóricamente por Marruecos como enclaves marroquíes —nunca lo fueron—. Se trató meramente de conseguir la mayoría en la Asamblea de Parlamentarios andaluces de Torremolinos en agosto de 1977.
En esa Asamblea se excluyó a los diputados de Ceuta y Melilla, 6 asientos, que asistieron como andaluces. Pero previamente se votó para decidir si eran o no diputados andaluces. Si se les dejaba fuera, la izquierda mandaba en la Asamblea. Si no, la mayoría pasaba a manos de UCD que defendía la identidad andaluza de ambas ciudades. Ocurrió lo que se esperaba. Ceuta y Melilla fueron apartadas de un futuro dentro de la Comunidad andaluza. Cierto es que tampoco UCD decidió aclarar la situación de las ciudades dentro del Estado.
Añade García-Margallo: "Hay que recordar que Ceuta y Melilla no han gustado nunca a la izquierda española. No sé si porque seguían viendo nuestras ciudades africanas como un residuo colonial absolutamente demodé —gravísimo error—, porque les recordaban las guerras del Rif o la Guerra Civil o, simplemente, porque las veían como un nido de militares dispuestos a volver a cruzar el Estrecho para abortar el proceso constituyente".
De aquel inmenso error procede el inmenso horror que hemos vivido asistiendo de manera impotente a una invasión masiva de Ceuta decidida por el núcleo duro de la monarquía alauita sin que nadie del Gobierno compareciera a lo largo de este bochornoso día para explicar qué estaba ocurriendo en la ciudad española. Y por segunda vez en pocos años, y de manera anunciada y sabida.
Marruecos, con Estados Unidos e Israel de su parte, ha demostrado que es capaz de recurrir al espionaje chantajista sobre el gobierno español, masas manejadas a sus órdenes, votos disciplinados en el futuro o la fuerza militar si llega el caso, y que Ceuta y Melilla no van a ser españolas durante mucho más tiempo. Y España, Dios no me oiga, preferirá deshonrosamente la humillación a la guerra y será primero humillada para finalmente ser forzada a la guerra cuando el desafío llegue a las Islas Canarias.
Y allí está, entre la arena y la muralla
como una niña que bajó a la playa
y se le fue a la madre de la mano.
Para nuestra vergüenza nacional.
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