Este domingo hemos visto un ejemplo de cómo va a funcionar la diplomacia de los aranceles de Donald Trump. Al narcopresidente colombiano no se le ocurrió otra cosa que impedir que aterrizaran en su país un par de aviones militares norteamericanos que transportaban inmigrantes ilegales de vuelta al país cafetero después de haber dado permiso al transporte.
La noticia pilló a Trump jugando al golf. Estaría dándole al tercer hoyo cuando anunció a través de redes sociales una amplia gama de sanciones contra Colombia entre las que destacaban unos aranceles del 25% que subirían al 50% de persistir el empeño de Petro por poner piedras en el camino de las deportaciones masivas que son quizá la principal promesa de campaña de Trump.
No pasó ni una hora, andaría Trump quizá por el hoyo ocho, cuando el presidente colombiano se arredró por primera vez, anunciando que aceptaría a sus compatriotas repatriados usando su propio avión presidencial. Acompañó su decisión con un texto larguísimo publicado en X con el que sólo fue capaz de demostrar que no hay dirigente político más peñazo que él en las redes sociales. Pocas horas después, al darse cuenta de lo mal que había quedado, anunció que Colombia también pondría aranceles a Trump, para volver a bajarse los pantalones al final del día aceptando sin condiciones la llegada de los deportados en aviones militares a cambio de no ser sancionado.
El ridículo de Petro ha sido inmenso y totalmente merecido, no ya porque por su carácter de terrorista sin arrepentir se merezca todo lo malo que le pase, sino por la estupidez política demostrada en este absurdo órdago. Se debió pensar que este segundo Trump era Biden, cuando ya había dado muestras durante los primeros días de su mandato de que no se iba a detener ante nada para cumplir con la promesa que posiblemente más haya contribuido a su victoria electoral.
Lo que no está claro es si aquí escarmentaremos en cabeza ajena o nos haremos un Petro. Yo casi apostaría por lo segundo.