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Rajoy vota al hombre de Merkel a cambio de más poder en Bruselas

Rajoy ordenó votar al candidato de Merkel. El resultado final fue de 627 votos emitidos: 245 fueron para Barnier y 382 para Juncker.

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El PPE se equivocó en el apellido del presidente | EFE

Los populares europeos quisieron mantener la intriga hasta el último minuto, pero pocos dudaron realmente que hubiera un candidato capaz de hacerle sombra al elegido por la canciller Angela Merkel para presidir la futura Comisión Europea. Pese a los esfuerzos del otro finalista, el comisario Michel Barnier -francés de exquisitas maneras, larga trayectoria e impecable formación-, finalmente será el ex primer ministro luxemburgués, Jean Claude Juncker, quien dispute al socialista Martin Schultz una de las poltronas europeas más codiciadas. España, pese a la simpatía personal del presidente del Gobierno por el candidato francés, secundó al hombre de Merkel, a la espera de obtener a cambio algún puesto de relevancia.

El PP europeo fue el último en designar a su candidato, pese a ser uno de los dos partidos con verdaderas posibilidades de hacerse con el puesto. En el partido empezaba a impacientar que su contendiente, el socialista alemán y presidente del Parlamento Europeo llevara meses con "la campaña pagada a costa de la institución que preside". Pero los altos mandos tenían claro que sólo destaparían sus cartas en el congreso de Dublín y se pasaron todo el invierno jugando al despiste, poniendo en circulación –quizá hasta barajando seriamente- un baile de nombre entre los que se escucharon el del primero ministro irlandés, Enda Kenny, o el del finlandés Jyrki Katainen. Se trataba –deslizaba un alto cargo antes de Navidad- de "reequilibrar las fuerzas" en unas instituciones comunitarias guiadas, sobre todo durante la crisis, con pulso germano.

La realidad, sin embargo, se reveló tozuda (y teutona) y el partido más acostumbrado a ganar elecciones posó finalmente su dedo sobre el candidato oficial, el bendecido por la CDU de Merkel frente al que el candidato letón (el ex primer ministro Domvrovskis) decidió retirarse, y el comisario Barnier, en cambio, pelear en vano por demostrar que era "el único que conocía la institución".

Negociación entre Rajoy y Merkel

Mariano Rajoy metió la cabeza, participó en el intercambio de cromos y se marchó de Dublín con la certeza de que España tendrá más peso en las instituciones comunitarias. Los 56 votos de la delegación española -faltaban dos papeletas, las de Jaime Mayor Oreja y Alejo Vidal Quadras- se convirtieron en imprescindibles en la batalla entre Juncker y Barnier, y las negociaciones arreciaron.

El grueso del acuerdo se cerró el jueves por la noche, en el transcurso de la cena que mantuvieron los líderes del centro-derecha europeo. En varias ocasiones, el presidente mantuvo apartes con Merkel. Rajoy estaba dispuesto a votar a Juncker, pero no a cambio de nada. Hasta noviembre se eligen cargos clave en Bruselas: vicepresidencias de la Comisión, comisarías de distinto peso, la presidencia del Eurogrupo... Según un portavoz del gabinete, se alcanzaron "compromisos" más allá de "sillones", y el acuerdo acabó sellándose.

Rajoy se lleva mejor con Barnier, que cuenta con buenos amigos en el PP español, que elogian su clase frente al "estridente" de Juncker. Pero pesaron mucho más los cromos que las relaciones personales, y el presidente ordenó votar al hombre de Merkel."Nos merecemos más poder en Europa y lo vamos a tener", vendían con satisfacción desde el cinturón político de Rajoy. En el partido, Antonio López Istúriz, como número dos, seguirá defendiendo los intereses patrios. "Cuando el país va bien, te tienen más en cuenta", decían los diplomáticos próximos a Rajoy, que enarbolaban una particular bandera de la victoria.

"Estoy muy contento", se despidió Rajoy, que no quiso pillarse los dedos. En los pasillos del cónclave, se le preguntó si España saldrá beneficiada de la votación: "Ya lo veremos", contestó lacónico. Hasta noviembre, las negociaciones han de continuar. Mientras, Yuncker festejaba el resultado: 627 votos emitidos, de los que 245 fueron para Barnier y 382 para él.

Debilidades del candidato fuerte

"Tenemos estilos diferentes", solía presumir con algo de pompa el rival francés de Jean Claude Juncker tratando de rentabilizar el talón de Aquiles del irreverente luxemburgués. Y es que su carácter, deslenguado y faltón, y sobre todo, su pasaporte triple A, no entusiasmaba a algunos de los líderes populares que, finalmente, sí le apoyaron. "Al señor Juncker hay que explicarle las cosas algunas veces", llegó a decir el ministro De Guindos, tratando de aplacar las prisas del entonces presidente del Eurogrupo cuando España estaba solicitando el rescate financiero que hoy en Bruselas se exhibe como "ejemplo de que los rescates funcionan".

Impertinente o carismático, según quien lo describa, Juncker, amigo de apretar las tuercas a países en apuros, llevó la batuta del Eurogrupo con un arrojo que no gustaba en todas las capitales. Y es que la mayor debilidad de Juncker es precisamente lo que éste pretende rentabilizar en su campaña por el puesto (que no se jugará en las urnas, pero sí en función de su veredicto). Así, si Juncker presumió este viernes ante sus compañeros de partido de haber vivido "momentos muy difíciles en los que hubo que hacer de todo para evitar la catástrofe", sus enemigos –y, desde luego, los socialistas-, lo señalarán como la cara visible de los rescates, y, por consiguiente, azote de la austeridad con la que los ciudadanos han pagado todos ellos.

Los méritos del elegido, por contra, no son pocos. Juncker, primer ministro de su país durante casi dos décadas, campó durante siete años por los pasillos del Consejo templando entre los Gobiernos, abroncando a los países manirrotos, y recetando disciplina contra los desmanes del Sur. Prueba de que la suya no era una labor fácil fue el caos en que se precipitó la zona euro a cuenta del único rescate (el de Chipre) que no le tocó manejar a él. Su sucesor, el contenido holandés Jeroem Dijsselbloem, aunque aparentemente más correcto y ortodoxo, cometió errores que precipitaron a los inversores hacia el pánico.

En un intento de dotar a las instituciones comunitarias de una mayor legitimidad democrática, esta vez, los altos cargos no (sólo) se cocinarán entre Gobiernos en una sala a puerta cerrada, sino que las urnas tendrán que señalar hacia el grupo más votado en las elecciones al Parlamento Europeo y, sólo entonces, los Gobiernos propondrán su candidato. El sistema es nuevo y sus trampas, por tanto, no están escritas. Pero lo cierto es que, de alzarse los populares con el timón del Ejecutivo comunitario a partir del próximo otoño, Jean Claude Juncker, además de legislar, podría romper el aletargado tono de más de una reunión europea.

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