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De la inauguración al mantenimiento: el debate necesario sobre el gasto en infraestructuras

El accidente de Adamuz reabre un debate incómodo: quizá no somos tan ricos como creemos para sostener todo lo que hemos construido.

El accidente de Adamuz reabre un debate incómodo: quizá no somos tan ricos como creemos para sostener todo lo que hemos construido.
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente. EFE/Kiko Huesca | EFE

En las primeras clases de mis cursos sobre finanzas personales siempre alerto a los alumnos sobre lo que podríamos llamar el "gasto de segundo orden" o "gasto derivado": es decir, las compras que hacemos que nos llevan a gastos posteriores. El ejemplo más típico es el coche (seguro, reparaciones…) o la vivienda (puedes pagar la hipoteca de ese chalet tan chulo que deseabas; pero lo que no tenías en la cabeza era el jardín, el seguro, la reparación del tejado…). Muchas familias acaban entrampadas no tanto porque no hicieran las cuentas con el precio antes de la compra, como porque no midieron dónde terminaría el día a día.

Morgan Housel (posiblemente el mejor autor en estos temas de la última década) da un paso más en "El arte de gastar bien". En su caso, señala una tipología especial de este tipo de gastos que traen cola: lo llama "la deuda social". Serían esas partidas que no tienen directamente asociados gastos extra, pero que en la práctica son el inicio de una sucesión de tentaciones o semi-obligaciones en las que acabamos enredados. De nuevo, ejemplos típicos que seguramente alguna vez hemos experimentado: una casa en un barrio algo más pijo que el anterior te relaciona con vecinos que están apuntados al club, tienen un coche mucho mejor que el tuyo o se van de vacaciones juntos a algún destino exótico. O el colegio de los niños: puedes pagar la mensualidad sin problemas, pero luego están las extraescolares, el viaje de esquí o el deporte. Sí, lo sé, nada de esto es obligatorio, pero sabemos que es muy complicado, una vez metido en la rueda, salirse.

Pensaba en todo esto el otro día en relación al accidente de Adamuz, que ha monopolizado la conversación en España toda la semana. Y que tiene pinta de que puede convertirse en uno de esos puntos de inflexión que recordaremos durante años. Ese momento en el que nos dimos cuenta de que vivíamos en una cierta ficción. Buena parte de la polémica, y de los datos que comienzan a echarse a la cara unos y otros, tiene que ver con el gasto en infraestructuras, especialmente en lo que tiene que ver con el mantenimiento. También, por supuesto, en lo que toca a la eficiencia con la que se ha gastado, algo en lo que los escándalos que rodean al Ministerio de Transportes no ayudan nada: es inevitable pensar que los que estaban pendientes de mordidas o enchufes no prestaban demasiada atención a los materiales o la planificación ferroviaria.

Pero más allá de eso, mi sensación es que nos estamos despertando de un sueño que en realidad terminó hace casi ya dos décadas, cuando estalló la burbuja inmobiliaria, pero del que seguíamos todavía sin recuperarnos del todo: el de la prosperidad. Como casi siempre, el que mejor lo ha explicado es el profesor Miguel Anxo Bastos en la televisión gallega:

"No somos tan ricos", dice Bastos. Así, sin más. ¿Tiene sentido que España quiera tener aeropuertos en todas las provincias, universidades públicas que ofrecen todos los títulos en casi cualquier capital, la red de alta velocidad más extensa del mundo tras China, autopistas nacionales y regionales por todo el territorio y gratuitas? Pues quizás no. Somos un país turístico, así que se entiende que determinadas infraestructuras sean un poco mejores de lo que nos tocaría por renta. Pero, ¿todas? ¿Sabemos lo que nos cuestan? ¿Podemos pagarlas?

Aquí entra en juego otra perversión del sistema: el gasto político es muy rentable en la inauguración. Por eso pelean siempre por estar ahí. Y por poner enormes carteles que nos recuerdan la administración que lo ha financiado. Luego, en el día a día, todo es mucho menos glamuroso: en cuanto el presupuesto aprieta (y en los últimos años aprieta mucho), lo normal es que lo primero que se caiga es el mantenimiento. Porque casi todo puede aguantar un año más. No sólo eso: incluso si hay presupuesto para gastar en una línea de ferrocarril, ¿qué elegirán nuestros líderes: renovar la estación o retocar una vía en medio de la nada?

Por supuesto, no pienso sólo en los políticos. Buena parte de la culpa la tiene el ciudadano de a pie. Por ejemplo, en cuanto a las obras: el problema no es sólo la infraestructura planteada en términos generales (que el AVE llegue a "mi ciudad"), sino el tipo de obra que exigimos. Y sí, la exigimos. Esta semana estamos todos concienciados con el tema, pero lean ustedes cualquier periódico regional de los últimos veinte años. ¿Un ministro de Transportes que propone que la estación se quede en las afueras de una ciudad, porque soterrar los últimos 10 kilómetros es más caro que los 200 kilómetros anteriores? ¿O que plantea vía única, lo que supondrá menos frecuencias y más paradas? ¿O que en vez de alta velocidad pide líneas convencionales en las que los trenes marchen a 180-200 kilómetros por hora? Cualquiera que propusiera algo así sería quemado en la hoguera de la demagogia y los agravios. Porque ésa es otra, no sólo nos molesta que lo pidan, sino la sensación de "por qué aquellos sí tienen alta velocidad y nosotros, no".

Por ejemplo, recuerdo la que se montó en 2015, cuando Luis Garicano propuso en el programa de Ciudadanos recortar en nuevas líneas de AVE para dedicar lo ahorrado a impulsar centros tecnológicos en los que atraer inversiones (que tampoco es que me haga especial ilusión esto último, pero ése es otro tema). Tuvo que ir pidiendo perdón, provincia a provincia; y todavía hoy hay quien achaca el fracaso del proyecto en algunas regiones (por ejemplo, Galicia) a esa imagen de "nos quieren quitar el AVE a nosotros".

En el debate sobre las infraestructuras se ha colado también (era inevitable) el de las pensiones. Seguramente todos hemos visto decenas de gráficos que muestran cómo el porcentaje del presupuesto dedicado a la obra pública ha ido menguando en las últimas dos décadas, mientras crecían las prestaciones de jubilación. De nuevo, es cierto, pero también nos perdemos lo más importante. Que hayamos decidido gastar más en pensiones es menos grave que la forma en la que lo hemos hecho: ligando las prestaciones al IPC y aprobándolo en el mejor momento del ciclo. La reforma de 2013 fue la primera en poner algo de realismo en aquel esquema; pero aguantó hasta que las cuentas salieron de la UVI. En 2018 (justo antes de la moción de censura y de forma traicionera para ellos, pero ése es otro tema), el PP se cargó su propia reforma. Y estableció el mecanismo automático. Por supuesto, esto no funciona sólo con las pensiones: en España, casi cualquier política pública, del Ingreso Mínimo a las ayudas a la vivienda, contiene siempre el germen de la eternidad. La apruebas un año en el que la recaudación marcha bien para ver si rascas unos votos en las regionales que tendrán lugar en unos meses; y una década después sigue ahí, carcomiendo el presupuesto.

Leía el otro día un comentario que decía algo así como que "el mantenimiento es civilizatorio". Y es cierto, en lo personal y en lo colectivo. No hay nada peor en una casa que la sensación de abandono. En las infraestructuras, cuando uno visita un país más pobre, lo que más le llama la atención (para mal) no es tanto que haya una carretera modesta entre dos ciudades. Si está bien cuidada y es segura, no hay problema. Probablemente pienses que ya tendrían que estar planteándose cambiarla por una un poco mejor, pero tu queja no va más allá. Pero lo que de verdad ofrece una pésima imagen es la autopista que se viene abajo: esa carretera que intuyes que el día de su inauguración generaba admiración y cinco-diez años después está llena de baches o con viaductos que temes que se vengan abajo cuando los cruzas. O ese aeropuerto aparatoso pero lleno de goteras. Ahí es cuando piensas "este sitio tiene muy mala pinta".

También es verdad que hacer bien el mantenimiento es muy complicado. Siempre puedes pasarte (renovar lo que todavía estaba operativo también es desperdiciar recursos) o quedarte corto. Ni todas las familias ni las empresas aciertan siempre en este punto; pero los incentivos están mejor alineados. Echen un vistazo al estado de una autopista de peaje y a la parte de la autovía de acceso libre: casi siempre es obvio lo que está en manos de la concesionaria.

Decía antes que quizás no somos tan ricos para tanto AVE. Y tanto aeropuerto, universidad, autovía, fibra rural, zona de bajas emisiones, red eléctrica renovable, exigencias de calidad en la construcción, gestión de residuos… Lo más doloroso es que podríamos serlo. Al decir "no tan ricos", parece que es una especie de maldición consecuencia de alguna fatalidad. Y tampoco. No somos tan ricos porque llevamos dos décadas de estancamiento y porque no hemos hecho apenas ninguna reforma para impulsar el crecimiento o la productividad. También por ahí podríamos intuir algunas de las razones que estén detrás de que nadie quiera ver las grietas que comienzan a aparecer en las paredes.

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