
Hay algo profundamente español en esto de prometerte la modernidad y el progreso mientras poco a poco te van dejando sin nada. Nos dijeron que con sol y viento la electricidad acabaría siendo poco menos que un regalo de la naturaleza, prácticamente gratis, como quien recoge frutos del árbol del paraíso. Y aquí estamos, mirando la factura con esa mezcla de incredulidad y resignación con la que uno mira la cuenta del dentista o el recibo del taller. La luz sigue siendo cara. Pero no cara un mes malo, sino cara como concepto, como hecho definitorio.
Lo más irritante es que la clase política no se baja del relato oficial ni con el sumidero de millones bajo sus pies. Tenemos renovables a mansalva, se supone que hemos hecho los deberes, que somos vanguardia y referencia en Europa. Pero, sin embargo, cada vez se habla más de sobrecostes, de restricciones técnicas, de vertidos, de energía que se produce y se tira. Es como cocinar para veinte y acabar tirando media olla porque nadie trajo platos. Ese derroche lo pagamos entre todos en forma de innumerables conceptos, tan crípticos que nadie los comprende.
Las decisiones de política energética se basaron en el oráculo del LCOE (coste nivelado de la electricidad), un fetiche financiero que nos aseguraba que las renovables eran muy baratas y bajarían los precios de la energía. Lo que no nos contaban era que imponían en el sistema eléctrico una serie de sobrecostes que el LCOE no tenía en cuenta. No nos contaban que para que el sistema eléctrico fuera estable, las renovables no bastaban. Eso lo obviaron y el resultado es lo que tenemos ahora.
Escudándose en lo complejo del sistema eléctrico y en la ignorancia de gran parte de los ciudadanos, siguen vendiendo que tenemos un sistema magnífico porque el mercado mayorista marca precios cero muchas horas al año. Ocultan, sin embargo, que el precio del mercado mayorista no le importa a nadie. Lo que nos importa, a la gente y a la industria, es lo que realmente pagamos en la factura a fin de mes, cuando le metes todo aquello que habían sacado cuidadosamente del mercado para que el relato no se les cayera. Es algo así como ir a la frutería, que los tomates tengan precio cero y luego te cobren 5 euros por la bolsa.
No nos cuentan que después de habernos gastado 150.000 millones de euros entre primas y déficit de tarifa, tenemos una electricidad mucho más cara que antes. No nos cuentan que, desde el apagón del año pasado, estamos quemando enormes cantidades de gas a diario para poder estabilizar el sistema. No nos cuentan que todos los días tenemos que tirar energías renovables en cantidades ingentes porque no hemos hecho las inversiones necesarias en la red y porque la planificación energética del gobierno es un delirio propio de ancestrales chamanes. No nos cuentan que las operaciones que tiene que ejecutar Red Eléctrica para que no haya otro apagón nos cuestan cada mes lo mismo de lo que antes nos costaban cada año. Hay tantas cosas que no nos cuentan… pero las notamos en la factura.
El Plan Nacional de Energía y Clima es un fracaso, desde la portada a la contraportada. No se ha trabajado sobre la demanda, no se han hecho las inversiones planificadas, no se ha mejorado la red eléctrica como se necesitaba. Y la red está saturada y al límite de su operación. Se deniegan accesos, se eternizan conexiones, se aparcan proyectos industriales y centros de datos que no pueden justificar ante sus clientes y accionistas las buenas palabras del relato gubernamental. Estamos poniendo en riesgo no solo la transición energética, sino también la transformación digital de nuestro tejido productivo, algo que es mucho más urgente e importante que llenar el campo de espejos de silicio.
Contamos con todos los ingredientes para ser uno de los actores más relevantes de Europa en digitalización. Tenemos suelo barato, sueldos competitivos y conexiones de fibra directas con América y África, pero no tenemos una red eléctrica acorde a lo que necesitamos porque llevamos años pajareando con quimeras y obviando lo importante. Aunque pensándolo bien, tampoco debería sorprendernos tanto. Ya tenía que habernos quedado claro cuando el yerno de Sabiniano puso al frente del ministerio de Transformación Digital a Óscar López y Antonio Hernando. ¿Acaso podíamos esperar otra cosa?
