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Suecia desmonta el "fondo soberano" de Sánchez: baja impuestos y sus empresas se disparan

El análisis de Per Stromberg y Luis Garicano muestra que el éxito emprendedor sueco no depende de grandes fondos de capital riesgo o soberanos.

El análisis de Per Stromberg y Luis Garicano muestra que el éxito emprendedor sueco no depende de grandes fondos de capital riesgo o soberanos.
EFE

El verdadero cuello de botella es mucho más básico: en Europa hay capital tanto propio como foráneo, pero no hay suficientes empresas jóvenes, bien formadas y con potencial real de crecer rápido. Sin embargo, Suecia destaca porque ha sabido crear ese "vivero" de compañías invertibles, y no lo ha hecho como sugiere Bruselas ni tampoco con los grandilocuentes planes de Sánchez, sino con incentivos fiscales muy concretos, pero bien diseñados y sostenidos en el tiempo.

Los números ayudan a entenderlo. Suecia tiene algo más de 10 millones de habitantes y ha creado 48 empresas tecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares. Eso la sitúa como el cuarto país del mundo en unicornios per cápita, solo por detrás de Estados Unidos, Israel e Islandia. En términos absolutos, Suecia tiene más unicornios que países mucho más grandes. Italia, con más de cuatro veces su PIB, tiene aproximadamente un tercio. España, con cinco veces su población y el doble de PIB, está en una situación similar. La diferencia no está en el tamaño del mercado ni en la disponibilidad de capital internacional.

De hecho, el capital riesgo europeo ha crecido con fuerza. A principios de los años 2000, Europa representaba alrededor del 5 % del venture capital mundial; en 2022 ya rondaba el 20 %. Además, cerca del 44 % del dinero invertido en startups europeas procede de fuera del continente, sobre todo de Estados Unidos. En países como Suecia, Irlanda o España, hubo años en los que más del 70 % del capital era extranjero. La conclusión es sencilla: cuando hay buenos proyectos, el dinero cruza fronteras sin problema.

Claves fiscales para crear un ecosistema emprendedor

Entonces, ¿qué buscan realmente los fondos de venture capital? Buscan empresas que ya hayan superado la fase más frágil, con un producto validado, clientes creciendo y un equipo capaz de escalar rápido. El problema es que los fondos no suelen financiar el inicio de esa historia. Antes hace falta capital semilla, mentores, contactos y experiencia. Si ese ecosistema previo no existe, el venture capital llega tarde o no llega. Suecia resolvió esto creando una base amplia de inversores privados experimentados, los llamados business angels.

Aquí entran las reformas fiscales clave. En 2003, Suecia introdujo una norma que permitía aplazar el pago del impuesto sobre las plusvalías cuando alguien vendía participaciones en una empresa no cotizada, siempre que reinvirtiera ese dinero en otra empresa no cotizada. El mensaje era claro: si ganas dinero emprendiendo y lo vuelves a poner en nuevas empresas, el Estado no te penaliza. Esto animó a fundadores y primeros empleados a reinvertir en startups, en lugar de refugiarse en liquidez o ladrillo.

A esto se sumaron dos decisiones muy relevantes: la abolición total del impuesto sobre sucesiones y donaciones en 2005 y la eliminación del impuesto sobre el patrimonio en 2007. Con estas medidas, Suecia redujo de forma drástica el coste fiscal de acumular capital a lo largo del tiempo y de transmitirlo. Para un ecosistema emprendedor, esto importa mucho porque los grandes inversores semilla suelen ser personas que han tenido éxito antes y mantienen su patrimonio invertido durante décadas.

En 2012 llegó otra pieza clave: la cuenta ISK (Investment Savings Account). Es un vehículo de ahorro extremadamente simple, con una tributación plana y previsible, que evita tener que declarar cada plusvalía o dividendo. Gracias a este sistema, millones de hogares suecos invierten en acciones y fondos con normalidad. El resultado es un mercado de capitales profundo: en 2023, la capitalización bursátil sueca alcanzó el 169 % de su PIB, frente a una media del 69 % en la Unión Europea.

Todo esto se traduce en salidas. Entre 2016 y 2023, Suecia registró 823 salidas a bolsa, la cifra más alta de la UE, y casi el 90 % se produjo en mercados de crecimiento para pequeñas y medianas empresas. Esto permite que los fundadores vendan, obtengan liquidez y vuelvan al sistema como inversores, mentores o emprendedores en serie. Empresas como Spotify, Klarna o Skype no solo crearon riqueza: crearon generaciones enteras de nuevos fundadores e inversores.

El contraste con España es evidente. Aquí seguimos teniendo impuesto sobre el patrimonio, ahora reforzado con el impuesto estatal a las grandes fortunas. El impuesto sobre sucesiones y donaciones existe, con grandes diferencias entre comunidades autónomas, lo que introduce incertidumbre y planificación defensiva. No existe un equivalente real al ISK sueco que fomente una cultura masiva de inversión en acciones. Y nuestros mercados de capitales ofrecen menos salidas para empresas jóvenes que quieren crecer y cotizar.

La lección es sencilla y muy poco épica. Suecia no creó unicornios con un gran fondo público ni con discursos grandilocuentes. Creó incentivos para que el éxito privado se reinvirtiera, redujo impuestos que penalizaban el capital productivo y facilitó que invertir en empresas fuera algo normal para millones de personas. El resultado no llegó en un año ni en una legislatura, sino tras dos décadas de coherencia. Si España quiere algo parecido, no necesita más dinero público, sino empezar a cambiar hoy las reglas que castigan justo aquello que dice querer promover.

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