
El Gobierno sigue empeñado en repetir que la economía cuenta con un crecimiento sólido, que lideramos el crecimiento europeo y que eso hace que seamos el ejemplo a seguir. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Cada vez se ve más claramente, aunque todavía no haya cobrado forma de manera completa, cosa que, desgraciadamente, sucederá en los próximos meses.
La economía española vive anestesiada por ingentes cantidades de dinero público, que la sostienen artificialmente, pero que cuando se retiren dichos estímulos se resentirá, porque no se ha generado el marco económico adecuado para lograr que la economía, por sí misma, impulse el crecimiento. Por eso, su empeño en movilizar lo que llama un fondo soberano, que en realidad no lo es. Quiere lanzarlo porque los socialistas no saben gestionar si no es con cantidades ingentes de dinero. Cuando se les acaba, la gestión desaparece y la fingida prosperidad, construida sobre una base irreal, desaparece, dando paso a la pobreza.
Mientras, los españoles sufren una pérdida de poder adquisitivo enorme, al menos por tres vías: la subida de los precios, con el de muchos alimentos a doble dígito durante muchos meses, los cuales han consolidado ese nivel y no han vuelto a bajar, lo que hace que cada vez puedan comprar menos y tengan que pagar mucho más por ello; el incremento de sus costes financieros ligados a la vivienda, al aumentar los importes de las nuevas hipotecas debido al incremento de precios que provoca el intervencionismo del gobierno en dicho mercado, lo cual impide que se pueda incrementar la oferta de manera adecuada; y el incremento de impuestos, insaciable, tanto directos como indirectos, como el impuesto al trabajo que, en la práctica, constituyen las cotizaciones a la Seguridad Social. Junto a ello, la desaceleración económica, que se intensifica debido, precisamente, a ese empeoramiento del poder adquisitivo, de las expectativas y de la merma de la aportación del sector exterior. Todo ello está empobreciendo a la población, con una asfixia importante de los ciudadanos en su compra cotidiana.
Todo ello merma renta disponible a los agentes económicos, que se empobrecen, especialmente las familias. Eso nos lleva a que el empobrecimiento es tal que España empeora, comparada con el conjunto de la UE:
- Eurostat publicó en junio su estadística de población en riesgo de pobreza y exclusión social en la UE en 2024.
- España es el cuarto país con más porcentaje de población en riesgo de pobreza o exclusión social de toda la UE, sólo superada por Bulgaria, Rumania y Grecia.
- La media de la UE se sitúa en el 21%, equivalente a 93,3 millones de personas.

- España empeora dos puestos desde que llegó Sánchez (2018), superando en tasa de población en riesgo de pobreza o exclusión a Letonia y Lituania.
Por otra parte, el riesgo de pobreza en España, Según el INE, se sitúa en el 19,5% en 2025, con una mejora de sólo dos décimas respecto al año anterior, y si mejora es gracias a que Madrid, con sus políticas en el margen de sus competencias, reduce el índice de pobreza en 1,7 puntos. Esto no es casualidad. Es, precisamente, la consecuencia de dos modelos económicos diferentes.
En Madrid se ha consolidado durante años una política orientada a:
- impuestos más bajos,
- reducción de trabas burocráticas,
- seguridad jurídica,
- atracción de inversión,
- estímulo al empleo y a la atracción de empresas.
En el conjunto nacional, por el contrario, se ha seguido una línea basada en:
- incremento de la presión y el esfuerzo fiscal,
- expansión del gasto público estructural,
- mayor intervencionismo regulatorio,
- rigideces en el mercado laboral,
- dependencia creciente de transferencias.
Y como era previsible, los resultados difieren. La comparación histórica es aún más significativa.
Desde 2008, la tasa de riesgo de pobreza:
- baja en Madrid 2,2 puntos,
- mientras que en España solo baja 0,3 puntos.
Por otra parte, el indicador AROPE —que incluye riesgo de pobreza, carencia material y social severa, y baja intensidad laboral— refuerza la misma idea:
- Madrid registra una tasa AROPE del 19,4%, frente al 25,7% nacional, es decir, 6,3 puntos menos. Además, Madrid reduce su tasa en 1,5 puntos en el último año, mientras España apenas mejora una décima.

Esto desmiente frontalmente el relato de que la pobreza se combate exclusivamente con más gasto público y más intervención. De hecho, el estancamiento nacional muestra que el intervencionismo, lejos de solucionar el problema, lo cronifica.
Y aquí está la esencia del debate: la pobreza no se reduce empobreciendo a los demás, ni elevando artificialmente la recaudación, ni asfixiando al tejido productivo. La pobreza se reduce cuando se incrementa la renta disponible, cuando se impulsa la inversión y cuando se amplían las oportunidades laborales.
Por tanto, la política del gasto público desmedido, el déficit estructural, la deuda exponencial, la subida de impuestos, la política del subsidio que merma la capacidad de las personas para desarrollarse y valerse por sí mismas, el intervencionismo en el mundo empresarial y la inseguridad jurídica sólo atraen a la pobreza, no a la riqueza, que hace que con Sánchez seamos más pobres que antes, como refleja la estadística de Eurostat, en una especie de política antisocial que practica. El sanchismo, que es el socialismo más extremo, así ha empobrecido a la economía española, bajo la apariencia de un crecimiento insano que ha dañado profundamente su carácter estructural y que empobrece al conjunto de familias y agentes económicos.


