En la intemporal China, que no sabe de historia, Lao-Tsé enuncia lo esencial: que “el que sabe no habla”, que “el que habla no sabe”. Saber y hablar se excluyen. Y, en esta apoteosis de la retórica que sella hoy lo político, hasta un niño percibe el latón de la quincalla.
No me desazona el atronar de Arzallus. Es tan inocuamente previsible como en Madrid lo son las súbitas tormentas vespertinas cuando el mes de agosto. Mucho más enmarañada, más perversa, es la lengua de otros en esta partida de póker con cadáveres como fichas.
PP y PSOE juegan sobre dos frentes: moción de censura y elecciones anticipadas. Sólo que en el segundo frente marchan juntos, separados en el primero. Es enigmático. Dos mociones no podrán derribar a Ibarretxe. Una, con candidato conjunto y en ausencia de EH, sí. ¿Por qué forzar el desgaste de una elecciones, entonces? ¿Para buscar mayoría absoluta? Piadoso deseo que las encuestas desmienten. El mapa electoral de las Vascongadas es un fósil: los desplazamientos de voto se medirán en centésimas, si los hay. Vuelta al punto de partida... Y, tal vez, el PSOE acabe por retornar, entonces, a su natural cónyuge vasco, el PNV.
Antes, mucho antes de haber leído a Lao-Tsé, yo descubrí el Tao en una pared de Vincennes, hace 30 años. Versión cínica: “Los militantes no saben lo que dicen; los dirigentes no dicen lo que saben”.

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