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La movilización social

La caída de Milosevic, inevitable e imparable para el aparato del dictador gracias al levantamiento popular, lleva la mirada indirectamente al País Vasco para mirar las reacciones. La primera de ellas no ha llegado precisamente de aquella tierra. Ha llegado de Fomentor, donde José María Aznar ha querido insistir en la importancia de la movilización social para derribar una estructura de poder que deteriora de forma consciente y constante a la democracia.

El presidente del Gobierno, sin citar al País Vasco, pero con una indudable referencia, recordaba que lo vivido en Belgrado demuestra, una vez más, que la movilización pacífica de los ciudadanos es el camino más firme y seguro para recuperar la democracia y las libertades para una tierra como Serbia, que las tenía secuestradas. Aunque la situación es distinta, el camino podría ser parecido. Es el pueblo vasco el que debe decir sin miedo y de forma contundente y permanente que no quiere un gobierno nacionalista que sobrevive gracias a la complicidad de los terroristas.

Es el pueblo vasco desde la calle, pidiendo paz, entendimiento y convivencia, lo que más daño hace a unos nacionalistas que observan cómo una estructura de poder cimentada durante años puede derribarse por sus propios errores. El País Vasco no es propiedad de los nacionalistas. Y ellos intentan aferrarse a ese principio. Los vascos pueden vivir en paz sin un gobierno del PNV. Pero son los propios ciudadanos los que tienen que decirlo sin miedos ni complejos. El inevitable adelanto electoral es una buena oportunidad.

El pueblo vasco tiene la capacidad de demostrar en las urnas que todo puede cambiar con la palabra y la paz. La movilización social es el camino reconfortante para que una sociedad aterida por el miedo diga lo que piensa. La democracia es de todos, el Parlamento vasco también. En política y en democracia no hay patrimonios intocables.

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