Nadie esperaba gran cosa de los acuerdos firmados en Sharm El Sheij entre israelíes y palestinos, pero nadie creía tampoco que en menos de veinticuatro horas iban a disolverse como un azucarillo en una vaso de agua. Los primeros muertos (palestinos) tras la tregua o el alto el fuego se han producido en las últimas horas y todo indica que no serán los únicos.
Resulta relativamente fácil explicar por qué se ha derramado de nuevo la sangre. Sencillamente porque las pedradas y los tiroteos no han cesado en Ramallah y en Hebrón. Y porque a la Autoridad Nacional Palestina de Arafat no le obedecen ni sus propios ministros. Y qué decir de los policías o de los soldados que siguen disparando contra el primer israelí, militar o colono que se ponga a tiro...
Arafat, siguiendo su inveterada costumbre, prometió mucho en Sharm El Sheij pero no está cumpliendo nada. Tal vez porque nadie le hace caso entre los suyos y pocos le escuchan (no hay peor sordo que el que no quiere oír). Hay como un vértigo letal entre los insurgentes palestinos que les lleva a seguir lanzando piedras y escuchar a los más fanáticos predicadores y profetas, una búsqueda ciega y suicida del “martirio” y el sacrificio a mayor gloria de Dios.
Sucede, sin embargo, que el ejército de Israel y las fuerzas de seguridad tampoco parecen dispuestas a recibir pedradas e improperios, balas y objetos incendiarios sin responder con contundencia. Éstos si que no tienen vocación de mártires y, por tanto, contestarán con la mayor contundencia a sus adversarios. Los generales israelíes calculan ya cuántos muertos serán necesarios para que esta fiebre de la nueva intifada baje hasta niveles aceptables.
En tales condiciones, la paz sigue siendo una quimera. O un sueño imposible a un lado y a otro de las trincheras.

Los primeros muertos de la tregua
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