Con la publicación del libro de memorias Gregorio y yo, la editorial Pre-Textos recupera a la escritora y dramaturga María Lejárraga, contemporánea del grupo del 98, sufragista, socialista militante, diputada a Cortes y habitante de un largo exilio, desde los comienzos de la Guerra Civil hasta su muerte, ocurrida en 1974.
A pesar de su obra y su dedicación política, María Lejárraga es una figura bastante olvidada en España, a no ser por las feministas, que denuncian su anonimato literario como un signo de la opresión femenina de la época. El anonimato fue real. Casada con Gregorio Martínez Sierra, es la autora de la mayoría de libros y obras de teatro que se publicaron con el nombre del marido –como la famosa Canción de cuna, de 1911– y, aunque era un secreto a voces en el mundillo literario, sólo en 1952, en su exilio argentino, sola y con la memoria a cuestas, se decide a confesar la autoría de su producción literaria.
Pero no es un testimonio reivindicador, sino un amoroso homenaje al compañero de su vida, de cuya muerte se acaba de enterar por la fría voz de una emisora de radio. Cuando en días sucesivos se le agolpen los recuerdos y pidan ser escritos, desechará los que correspondan a la parte triste de su relación, las infidelidades y el abandono de él, para revivir la época feliz de su “colaboración”, años de juventud dedicados a la literatura, a los amigos, a los viajes.
La generosidad de su carácter, que ya aparecía como rasgo sobresaliente en el hermoso libro de memorias políticas Una mujer por caminos de España (Editorial Castalia, Madrid. 1989), se muestra aquí desde la justificación inicial: no es su vida lo extraordinario –dice– sino la de aquellos a los que tuvo la suerte de conocer y escuchar: “Ha sido mi suerte y gran privilegio tropezar con bastantes hombres y con una mujer a quienes ha valido la pena de escuchar”. Y no hay en ello artificios de disimulada vanidad. Desde las primeras páginas, los protagonistas son los otros, y entre todos Gregorio Martínez Sierra, alma gemela en la gestación de historias y personajes, a quien confiere el papel de motor de su propia escritura –que tendía a remansarse en la pereza– y el de interlocutor de afanes y proyectos. Por ese diálogo tan sólo, mantenido como anhelante espera en las largas separaciones, queda justificado para ella el matrimonio.
También están los demás amigos: Jacinto Benavente, Rusiñol, los Quintero, Usandizaga, Manuel de Falla, Joaquín Turina, Juan Ramón Jiménez, Eugeni D’Ors, y otra parte singularmente brillante del mundo cultural europeo –Diaghilev, Stravinski– que la Primera Guerra Mundial dispersó para siempre. Por todos ellos muestra nuestra autora el mayor respeto intelectual y una afectuosa comprensión de sus complejidades artísticas.
De María Lejárraga sólo se nos comunican las humildes circunstancias de su escritura, casi siempre sola, en cuartuchos de hotel de diversas ciudades europeas, mientras espera al marido ausente y conversa con él a través de las situaciones y personajes que idearon juntos. Lo demás, la notoriedad del nombre Martínez Sierra con que firma sus obras, le es ajena, “humo y vanidad”. Poco más sabemos de ella. Contrariamente al tipo de escritura femenina que tanto se ha prodigado, la de la confidencia y el impudor biográfico, María Lejárraga evita cuidadosamente lo personal. Su testimonio es el de una época, encarnada en algunos de los que la hicieron notable, como ocurriera con sus compañeras de generación Zenobia Camprubí o Rosa Chacel, que nunca abrieron sus moradas al hablar de sí mismas.
El emocionado recuerdo de la madre muerta es el último de los que llenan el libro. Detrás de ese vacío, las primeras preguntas acerca de la supervivencia: ¿será la muerte sólo un descanso de nuestro fatigado espíritu, mientras se dispone a encarnarse de nuevo? Pero, si es así, ¿cuánto tiempo se necesita para descansar de una vida? María Lejárraga vivió todavía muchos años, hasta el 74, en su largo exilio. Seguro que, cuando murió, había encontrado todas las respuestas. La paz la tuvo siempre.
María Lejárraga, Gregorio y yo: medio siglo de colaboración, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2000.

María Lejárraga: una vida de otros
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