El silencio era sobrecogedor. En la sala de prensa de la décima cumbre iberoamericana, más de 1.500 periodistas seguían con una atención absorbente lo que ocurría en una sala contigua, durante el plenario final de la cumbre. Una docena de monitores de televisión, repartidos por la sala de prensa, estaban retransmitiendo en directo lo que ocurría allí dentro. Nunca había pasado nada semejante. Lo que presumía una reunión de intervenciones intrascendentes, se convirtió en un acto de aislamiento político de Fidel Castro.
El dictador cubano, que se negaba a firmar la declaración contra el terrorismo de ETA, intentaba justificar su actitud con argumentos anacrónicos, más propios de un tarado. Pero de repente surgió la rebelión. El presidente salvadoreño Flores, promotor de la propuesta contra ETA, le dijo que no permitía acusaciones y afirmaciones gratuitas de una persona que ha fomentado el terrorismo. Y ese fue el detonante. Desde entonces Fidel Castro, se vio acosado y aislado. Escuchó cosas que nunca había escuchado en público, recibió acusaciones de amparar el terrorismo. Castro intentó salir como pudo y no lo consiguió. “No queremos escuchar historias trasnochadas y justificadoras de una dictadura”, era el parecer general.
Quizá, en efecto, todo esto no es suficiente y más cuando dejas sentarse a la mesa de la cumbre iberoamericana a un dictador. Pero sí que parece interesante dejar constancia de que Castro se ha ido de Panamá solo y apaleado políticamente. No recibió ningún apoyo. Incluso su amigo el venezolano Hugo Chávez, tras una intervención de concordia, dio el si al documento contra ETA. Panamá ha servido para que los jefes de estado y de gobierno, tan ambiguos otras veces, señalen con el dedo dónde está la línea de la democracia. Cuba está fuera y además está sola.

La soledad del dictador
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