Estados Unidos, al parecer, está muy harto de los desmanes del promotor del terror islamista internacional, Osama bin Laden. La operación de castigo contra él, hace dos años, por los atentados en Africa, fue un fracaso. El ataque desde el golfo Pérsico con 80 misiles “crucero” contra las bases terroristas en Afganistán sólo causó víctimas entre la población civil.
Es lógico también que, para golpear seguro, el Pentágono necesite aliados. Rusia no tiene ninguna simpatía por el saudí, por su ayuda a la guerrilla chechena. Por su parte, Uzbekistán ha perdido recientemente a unos 100 militares en los combates contra islamistas adiestrados por Ben Laden. Las tres partes tampoco son amigos del régimen de los talibanes afganos y apoyan a la coalición del Norte de Ahmad Shah Massud.
Pero, al mismo tiempo, Rusia está muy celosa de la posible intervención de Estados Unidos en la zona de Asia Central. Al parecer, sospecha de que el coqueteo que mantiene ahora Washington con las autoridades uzbekas va más allá de la lucha antiterrorista. Por esta misma razón, las relaciones entre Moscú y Tashkent, capital uzbeka, son bastante frías. Además, las autoridades de esta antigua república soviética temen, por razones historicas, entrar en cualquier alianza con los rusos. Tampoco se atreven a oponerse abiertamente a los talibanes, sus temibles vecinos.
Así que existe un montón de problemas que la diplomacia estadounidense tiene que solucionar antes de proceder a una operación de castigo contra el que considera terrorista número uno.

Una posibilidad dudosa
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