El nacionalismo vasco vive bajo el manto de la dictadura. En una permanente huida hacia delante, los nacionalistas vascos están forjando un clima político y social de exclusión y, sobre todo, de pensamiento único. De cara a la galería dicen y pregonan el respeto por las ideas de todos, insisten en que no van contra nadie y abogan por la democracia y sus instituciones.
De puertas adentro siembran el miedo y la duda, advierten que sin el nacionalismo el futuro del País Vasco es incierto, anuncian desastres si llegan los partidos “españolistas” al poder y mantienen que la presencia de EH en la s instituciones es una muestra de la pluralidad vasca.
Y al final, el resultado de todo es la dictadura de las ideas. Se creen propietarios de la enseñanza primando de forma indecorosa el euskera, han intentado –sin conseguirlo– utilizar de manera partidista al Athletic, a la Real y últimamente al Alavés, no soportan que la cultura vasca no tenga ribetes nacionalistas, fomentan incansablemente que lo “bueno” es vasco y lo malo es “español”.
Por último, manipulan hasta la extenuación la televisión publica vasca, haciendo de ella el altavoz más claro de las ideas nacionalistas. El último ejemplo: la negativa para emitir el discurso del Rey con motivo de la Navidad. Esta actitud remarca un mensaje permanente: somos propietarios del País Vasco, decidimos lo que conviene y lo que hace daño. En definitiva, es una obsesión casi congénita por el pensamiento único.
El nacionalismo vasco lejos de abdicar de sus objetivos, insiste una y otra vez, dispuesto a arrollar la pluralidad y la democracia, sí estas no le benefician. Busca convertir el País Vasco en un territorio propio, sin tener en cuenta lo más importante: la opinión de los ciudadanos. La inminente convocatoria de elecciones autonómicas marcará el nuevo mapa político. Y aunque el nacionalismo siga siendo la primera fuerza, no significa que los demás tengan que salir corriendo. Ahí está la diferencia. ¡Vivimos en democracia!

La dictadura del pensamiento único
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