Dos años han pasado ya desde que Hugo Chávez asumiera la presidencia de Venezuela y, la verdad sea dicha, poco son los cambios significativos que el país hasta ahora puede registrar. Es cierto que tenemos una nueva constitución, que se ha modificado hasta el nombre de la república y que ha habido un cambio de instituciones y de personas bastante radical. Pero las nuevas instituciones son demasiado semejantes a las que teníamos antes y las personas - lamentablemente- parecen empeñadas en amplificar los vicios y los defectos de quienes gobernaban en la etapa anterior.
Chávez conquistó el poder con el típico mensaje populista centrado en la redistribución de la riqueza, al que agregó un toque de izquierdismo por momentos amenazador. Y aún hoy sigue hablando de la "oligarquía" y del "imperialismo", atizando las diferencias y los odios de clase, denostando cada vez que puede a los empresarios y a los ricos, a las jerarquías de la Iglesia Católica y a los medios de comunicación. Su visible y publicitada amistad con Fidel Castro, sus nexos con la guerrilla colombiana, sus constantes declaraciones agresivas y el equipo de gobierno del que se ha rodeado hicieron pensar, a muchos, que lo peor podía suceder. Venezuela podía tener, completamente a destiempo, una revolución socialista como la cubana o la nicaragüense, o quizás más parecida a la que Allende trató de imponer en Chile o el olvidado general Torres en Bolivia. Pero no, nada de eso ha sucedido.
El gobierno ha aplicado una política económica típicamente intervencionista, voceando un nacionalismo económico que posee muchos antecedentes en Venezuela, pero se ha cuidado muy bien de no traspasar ciertos límites: no hay empresas confiscadas que pasen a manos "del pueblo", no hay impuestos expropiatorios ni controles de cambio opresivos en el país, en tanto que su política monetaria y cambiaria es más bien ortodoxa y hasta se ha promulgado una nueva Ley de Telecomunicaciones que favorece la apertura y la competencia en el sector. Puestas las cosas en perspectiva, el gobierno de Chávez se parece más a las pasadas administraciones de Acción Democrática o COPEI, que tanto él critica, que a los modelos de izquierda que dice seguir. Y tampoco, como buen demagogo, les ha dado realmente mucho a los pobres. Su política social ha sido costosa pero improductiva, favoreciendo más los malos manejos públicos que la lucha contra la pobreza y la inversión en el área de lo social.
El tiempo, en política, es casi siempre implacable. Y Chávez, para su desgracia, parece estar cayendo en manos del peor enemigo que puede concebir: la intrascendencia, la convicción de que toda su obra se reduce a un discurso vacío, la sensación de que no es tan peligroso, ni tan novedoso, ni tan revolucionario como él mismo quisiera aparentar. Dos años de discursos y de vagas promesas resultan suficientes para que se haya evaporado todo entusiasmo, para que la gente lo observe ahora con cierta desconfianza, para que un lento y corrosivo cuestionamiento de su gobierno se vaya extendiendo entre sectores cada vez más vastos de la población.
Pero no todo está perdido para el histriónico caudillo. Todavía cuenta a su favor con una oposición desorganizada y sin liderazgo, con reducida capacidad de convocatoria y una comprensión aún más escasa de lo que puede llegar a ser el futuro de la nación. Una oposición que se divide entre quienes quieren regresar al viejo sistema clientelista y comparten, en el fondo, la misma concepción populista y estatista de Chávez, y otros sectores que, aunque más claros en su discurso, todavía tratan de encontrar una fórmula que les permita recibir cierto apoyo popular. Mientras este panorama se estabiliza, mientras el caudillo sigue recorriendo la suave pendiente que lo conduce hacia el fracaso, Venezuela tendrá que esperar, por desgracia, que la coyuntura del mercado petrolero la salve de caer en una crisis económica y política de increíble magnitud.
© AIPE
Carlos Sabino es corresponsal de la agencia de prensa AIPE.

La revolución imaginaria de Hugo Chávez

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