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Ciencia y demagogia

No hemos acabado aún de asimilar el impacto de la decodificación del mapa genético humano cuando ya surgen las primeras voces disconformes. El diario El Mundo del 12 de febrero, bajo el subtítulo de Ciencia para ricos, publica un artículo titulado Las curas genéticas no ayudarán al Tercer Mundo. Todos los gastados tópicos acerca de la medicina y los fármacos que se repiten una y otra vez: las grandes empresas farmacéuticas norteamericanas "imponen" sus productos al resto del mundo, sólo se investiga para las enfermedades de los ricos (corazón, esclerosis múltiple, hepatitis, alzheimer, epilepsia, cáncer, etc.), mientras que los pobres (el tercer mundo) pagan las consecuencias, porque nadie quiere investigar para ellos (malaria, diarreas y sida) . El autor del artículo considera que esto es, en el mejor de los casos, "un despilfarro", y el en peor, "un peligro para la salud".

Es muy fácil, por desgracia, hacer demagogia con un asunto tan delicado como es la salud, oponiéndolo a la "insaciable sed de lucro" de las compañías farmacéuticas, que no se acuerdan de que hay pobres en el mundo. Pero hay un hecho cierto: si queremos buenos medicamentos, es preciso investigar. La investigación es un proceso de prueba y error, donde cada línea de éxito lleva aparejados diez proyectos fracasados. Cada uno de estos proyectos puede requerir años de trabajo de personal altamente cualificado, a la vez que costosas materias primas y el instrumental y las instalaciones necesarias. Asimismo, la alta cualificación de los investigadores es también fruto de un arduo y costoso proceso de formación, y quien ha hecho los sacrificios necesarios para formarse quiere, lógicamente, sacar provecho de sus esfuerzos.

Las empresas que financian los proyectos de investigación también desean obtener una rentabilidad por el capital que han invertido, además de poder resarcirse de las pérdidas que les ocasionan los proyectos de investigación fallidos. Y detrás de esas empresas están sus accionistas, que arriesgaron su capital y esperan una recompensa por ello. Y esos accionistas somos usted y yo, que compramos acciones o colocamos nuestros ahorros en fondos de inversión, esperando obtener la mayor rentabilidad posible. Y la mayor rentabilidad posible se obtiene produciendo para el mercado.

La alternativa que proponen muchos catedráticos, profesores y funcionarios de organismos internacionales es la investigación pública, esto es, con cargo a impuestos, para "ahorrarnos" las costosas "royalties". Pero esto plantea varios problemas. En primer lugar, los objetivos de investigación ya no dependerán de la demanda de fármacos en el mercado, sino de las preferencias personales del director de la investigación. En segundo lugar, al contribuyente se le obliga coactivamente a sufragar los gastos de ese proyecto, aunque quizá no se vaya a beneficiar de el jamás; por eso existe la ilusión óptica de que lo que hace el estado es "gratis", mientras que lo que hace la empresa privada es "muy caro". Y en tercer lugar, el estado no es lo que se puede decir un buen gestor, sino todo lo contrario.

Es muy triste, ciertamente, que mientras que nosotros nos preocupamos, por ejemplo, por cómo aliviar las molestias de nuestra vejez, en los países del Tercer Mundo mucha gente muera antes de alcanzar la edad madura. En el artículo de El Mundo se cita al doctor Tikki Pang, de la Organización Mundial de la Salud, quien, según el autor del artículo, declaró en el foro de ciencias de la vida BioVision 2001, celebrado en Lyón la semana pasada, que "resulta atrativo pensar que hacer secuencias de genes va a conducir a nuevos medicamentos e insecticidas. Es más probable, sin embargo, que tales descubrimientos sean patentados y se desarrollen a unos precios tan elevados que quienes más los necesitan no se pueden permitir pagar". El doctor Pang también habló de la malaria como ejemplo ilustrativo de cómo se abandona la investigación para las enfermedades que afectan al Tercer Mundo. Pero el doctor Pang olvida que contra la malaria, principal causa de muertes en el Tercer Mundo, ya no se emplea el medio más eficaz que hasta ahora se conoce para combatirla: el DDT, que por capricho criminal de las organizaciones ecologistas, esta prohibido prácticamente en todo el mundo.

Lo que tampoco tiene en cuenta el doctor Pang es que todos los años caduca alguna patente de algún fármaco (duran 20 años), con lo que se puede emprender la fabricación masiva de genéricos a bajo coste. Gracias a este proceso, la situación sanitaria del Tercer Mundo (aunque parezca lo contrario a causa de la constante propaganda) ha mejorado considerablemente, al tiempo que la población también ha aumentado. El Tercer Mundo se ha beneficiado de un proceso de investigación y mejora constantes sin que para ello haya tenido que invertir ni un sólo dólar. Las causas de la postración y la pobreza hay que buscarlas en los sistemas políticos y sociales que imperan en estos países, muchos de ellos excolonias del socialismo real, y no en la "avaricia" y el "consumismo" de los países ricos.

Pensar que todo el mundo tiene derecho, por el hecho de haber nacido, al último adelanto de la farmacopea, independientemente de cuánto esté dispuesto a dar a cambio, equivale a decir que las empresas farmaceúticas y los investigadores son propiedad comunal mundial, y que cualquiera puede exigir a estas empresas que trabajen para diseñar fármacos conforme a sus necesidades sanitarias e independientemente de su capacidad financiera. Sería precisamente entonces cuando empezaríamos a morirnos por falta de simples antibióticos.

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