Balzac y la joven costurera china
, primera novela del escritor y cineasta afincado en Francia, Dai Sijie, tiene muchos motivos para seducir al lector occidental.
El primero de ellos es el humor. Estamos acostumbrados a la sombría gravedad con que los supervivientes del gulag comunista han relatado sus experiencias, o al silencio que ha caído sobre ellas, sobre todo en el caso chino, pero no estamos habituados a que se nos cuenten desde su lado más grotesco y con la distancia que provoca la risa. Dai Sijie fue víctima de la represión que la Revolución Cultural llevó a cabo sobre miles de jóvenes “contagiados” por la cultura occidental. Para purificarlos, fueron sacados de las ciudades y enviados al campo, a trabajar codo con codo con los campesinos, de cuya pureza revolucionaria aprenderían las virtudes del hombre nuevo. Y así empieza la novela, con la llegada de dos adolescentes, el narrador y su amigo Luo, a una aldea perdida de la montaña del Fénix del Cielo, cercana al Tibet, en la que, si todo va bien, tienen tres oportunidades sobre mil de concluir su reeducación y volver con la familia.
Lo mejor del libro está en este primer encuentro con el edén revolucionario. La amargura autobiográfica se destila finísimamente en el abismo que separa ambas condiciones, la de los dos muchachos de ciudad, refinados, silenciosos, resignados a su suerte, y la de los campesinos, ignorantes, sucios, atávicos. La experiencia reeducadora ilustra las afirmaciones del propio autor: “Más que un periodo duro, la Revolución Cultural fue un periodo absurdo, lleno de situaciones grotescas”. La reeducación son mochilas llenas de excrementos humanos que se transportan a la espalda para abono del campo, los gruñidos de la cerda que habita junto a los muchachos, el peligrosísimo trabajo en una mina de carbón, los piojos, la brujería, el paludismo. Pero también los hilarantes choques con el jefe local, que sólo renuncia a quemar el violín de los muchachos, “juguete burgués, llegado de la ciudad”, porque aquellos le convencen de que la sonata que interpretan se titula Mozart piensa en el presidente Mao .
El otro motivo de atracción de la novela parte de los avatares históricos de China, pero enlaza con un tema universal: el papel del arte, de la literatura, en la vida. Tal como ocurría con los personajes de Bradbury, que sobrevivían al horror totalitario haciendo suyas las palabras eternas, la literatura es aquí una liberación. Lo es para los protagonistas porque descubren, en una maleta cargada con libros de la mejor literatura francesa del Diecinueve, todo lo que los libelos maoístas les niegan: El individualismo, los sentimientos, el sexo, el amor. También para los campesinos, porque se les revelan las “hermosas historias orales” como un encantamiento del que no se pueden librar, una vez que han oído la primera narración de Luo, cuyo único –y fundamental– talento estriba en el relato oral. Durante semanas, Luo y su compañero son enviados a la ciudad más próxima para que asistan a la proyección de una película y vuelvan a la aldea para contarla. Poco importa su temática proletaria, las palabras de Luo les conducen a la efusión sentimental, al llanto, a la suspensión de la vida en otras vidas. Como si la infancia hubiera regresado.
La novela son más novelas. La de la iniciación y aprendizaje adolescentes, la del amor primero. El tratamiento que se hace de estos temas es algo desigual. No lo es el asombro que produce, desde sus primeras páginas. El de la vida en germen, por encima y a través de las prohibiciones, y el de la conmovedora fe en el ser humano.
Dai Sijie, Balzac y la joven costurera china , Ediciones Salamandra, Barcelona, 2001, 189 páginas.
El primero de ellos es el humor. Estamos acostumbrados a la sombría gravedad con que los supervivientes del gulag comunista han relatado sus experiencias, o al silencio que ha caído sobre ellas, sobre todo en el caso chino, pero no estamos habituados a que se nos cuenten desde su lado más grotesco y con la distancia que provoca la risa. Dai Sijie fue víctima de la represión que la Revolución Cultural llevó a cabo sobre miles de jóvenes “contagiados” por la cultura occidental. Para purificarlos, fueron sacados de las ciudades y enviados al campo, a trabajar codo con codo con los campesinos, de cuya pureza revolucionaria aprenderían las virtudes del hombre nuevo. Y así empieza la novela, con la llegada de dos adolescentes, el narrador y su amigo Luo, a una aldea perdida de la montaña del Fénix del Cielo, cercana al Tibet, en la que, si todo va bien, tienen tres oportunidades sobre mil de concluir su reeducación y volver con la familia.
Lo mejor del libro está en este primer encuentro con el edén revolucionario. La amargura autobiográfica se destila finísimamente en el abismo que separa ambas condiciones, la de los dos muchachos de ciudad, refinados, silenciosos, resignados a su suerte, y la de los campesinos, ignorantes, sucios, atávicos. La experiencia reeducadora ilustra las afirmaciones del propio autor: “Más que un periodo duro, la Revolución Cultural fue un periodo absurdo, lleno de situaciones grotescas”. La reeducación son mochilas llenas de excrementos humanos que se transportan a la espalda para abono del campo, los gruñidos de la cerda que habita junto a los muchachos, el peligrosísimo trabajo en una mina de carbón, los piojos, la brujería, el paludismo. Pero también los hilarantes choques con el jefe local, que sólo renuncia a quemar el violín de los muchachos, “juguete burgués, llegado de la ciudad”, porque aquellos le convencen de que la sonata que interpretan se titula Mozart piensa en el presidente Mao .
El otro motivo de atracción de la novela parte de los avatares históricos de China, pero enlaza con un tema universal: el papel del arte, de la literatura, en la vida. Tal como ocurría con los personajes de Bradbury, que sobrevivían al horror totalitario haciendo suyas las palabras eternas, la literatura es aquí una liberación. Lo es para los protagonistas porque descubren, en una maleta cargada con libros de la mejor literatura francesa del Diecinueve, todo lo que los libelos maoístas les niegan: El individualismo, los sentimientos, el sexo, el amor. También para los campesinos, porque se les revelan las “hermosas historias orales” como un encantamiento del que no se pueden librar, una vez que han oído la primera narración de Luo, cuyo único –y fundamental– talento estriba en el relato oral. Durante semanas, Luo y su compañero son enviados a la ciudad más próxima para que asistan a la proyección de una película y vuelvan a la aldea para contarla. Poco importa su temática proletaria, las palabras de Luo les conducen a la efusión sentimental, al llanto, a la suspensión de la vida en otras vidas. Como si la infancia hubiera regresado.
La novela son más novelas. La de la iniciación y aprendizaje adolescentes, la del amor primero. El tratamiento que se hace de estos temas es algo desigual. No lo es el asombro que produce, desde sus primeras páginas. El de la vida en germen, por encima y a través de las prohibiciones, y el de la conmovedora fe en el ser humano.
Dai Sijie, Balzac y la joven costurera china , Ediciones Salamandra, Barcelona, 2001, 189 páginas.
