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Veinticinco años. Nada

Veinticinco años después, en Buenos Aires. Bajo una sucia llovizna impenitente. Veinticinco años no, no es cierto que sean nada. Demasiado. Bajo ese como moho en que la ciudad se envuelve, como en un celofán de apagada grisura, nada es alegre en este 24 de marzo. Cayó la dictadura militar, es cierto. Gracias al empecinamiento, tan mal comprendido, de Margaret Thatcher en las Malvinas. Gracias a una derrota. O a algo, al menos, que el inconsciente nacional (y tan nacionalista) argentino vivió (vive aún) como derrota terrible. Hubo muertos, en todo caso. Soldaditos de reemplazo que unieron sus cadáveres a los de los desaparecidos. La liberación vino de la mano de un naufragio pantanoso. Ahí sigue.

Veinticinco años después, en Buenos Aires, no hay palabras aún para entender lo sucedido. El best-seller, en todas las librerías es la historia aventurera de un perfecto canalla: vivió su juventud como delfín de Perón, aún en Madrid; fue luego dirigente guerrillero; como todos los dirigentes de su organización, huyó y dejó a sus militantes en manos de sus exterminadores; fue luego mercenario de la OLP; más tarde socio de alguno de sus secuestrados de los años montoneros; hoy, agente de la CIA. En el rostro infame de Galimberti, algo del inconsciente argentino cree ver el eco más oscuro de su culpa.

La Argentina fue el único país del mundo en donde el nacional-socialismo tuvo vida larga muy después de Hitler. El peronismo es eso: nacionalsocialismo en versión hispana. Y sus raras alianzas, y sus raras derivas, no podrían entenderse sin ese subsuelo. Porque, a lo largo de más de medio siglo, todos han sido peronistas en ese país: tal es su drama. Firménich como López Rega, Galimberti como María Estela, Montoneros como Triple A. Peronistas secuestraron, torturaron, asesinaron a peronistas. No es la cifra aquí la que de verdad da la dimensión del drama. Es una crueldad de otro orden. No política. Su raíz se hunde en lo más oscuro de la condición humana: saña en familia.

Veinticinco años después, sigue siendo imposible confesar de veras eso. Y es ese un cruel silencio que lo pudre todo.

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