Antes de cumplir los primeros tres meses en la Casa Blanca, el presidente Bush se enfrenta a su primera crisis internacional provocada por el choque de un avión espía norteamericano con un aparato chino de combate. Es la primera prueba de la posición "firme" ante la China que Bush prometió durante la campaña electoral.
Las primeras declaraciones oficiales norteamericanas tienen un tono surrealista, pues nadie imagina aquí que la China renuncie a inspeccionar un avión cargado de alta tecnología y secretos militares de Estados Unidos, cuando lo tiene a su merced en su territorio, con los 24 tripulantes bajo su control.
Las informaciones de Washington ha sido vagas y ni han explicado como su avión pudo salvarse después de chocar en pleno vuelo, ni han dado detalles del incidente. Es cierto que no tiene a su disposición la caja negra del aparato, pero es difícil creer que no hubo contacto con la tripulación, ni en los momentos anteriores al aterrizaje de emergencia, ni en los que siguieron cuando el avión ya estaba en tierra.
Los secretos militares que pudiera llevar el avión tal vez no se hayan perdido, pues es posible que la tripulación tuviera tiempo de destruir la tecnología y los datos que llevaba. En cualquier caso, Estados Unidos se centra ahora en recuperar a sus 24 tripulantes, mientras la China trata de evitar que Bush venda a Taiwan destructores tipo “Aegis”. Es una decisión que Bush había de tomar en estos días y la colisión aérea puede ser algo más que una coincidencia inoportuna.

Un choque inoportuno
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