No hay más identidad que la de objeto. Muerto. La añoranza que los sujetos humanos sienten hacia esa extraña cosa tras cuyos muros atrincherarse no es –enseña Freud– sino nostalgia del tiempo mítico de antes de la consciencia. Ser y ser sin responsabilidad moral es la insoluble paradoja que el desearse idéntico metaforiza.
Sartre analizó magistralmente, en su día, cómo funciona eso: identificarse con algo intemporal –sea esto lo que sea– libera a los humanos de la angustia de tener que decidir en nombre propio. Idéntico a su odio racial, el antisemita halla, mediante la construcción de un demoníaco adversario en el judío mítico, su razón de existencia. Y su reposo. Al fin es alguien: es ése a quien su antisemitismo identifica.
Raza, lengua, nación, sangre, familia, bandera o camiseta de fútbol, dan aquí lo mismo. El referente es nada: la pulsión de identidad lo es todo. Y no hay identidad sino allá donde se dan dos artificios esenciales: la invención del enemigo y la invención de los emblemas, mitos y ritos mediante los cuales exorcizarlo. La liturgia permite exterminar al otro. Y ser, al fin, idéntico a sí mismo en ese acto absoluto que es la muerte.
El carnet de identidad no es sino acta notarial de ese irrisorio recuento de mitologías. Todo ciudadano que no esté loco lo sabe una ficción administrativa. Y sabe que es precisamente su tosco carácter de ficción lo que le salva. Identidad es sólo un número sobre un papel impreso: el de mi DNI. La más elemental salud mental dicta lo inevitable de su uso clasificatorio (todos somos objeto ante el Estado) y lo delirante, al tiempo, de convertirlo en icono trascendente.
Lo delirante. Eso que en el país vasco convierte a un pedazo de papel plastificado, con un número, una foto y una humillante huella dactilar, en objeto de culto mítico.
La identidad es la muerte. Y el carnet su garantía.

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