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Piqué en Ramala, o la fascinación del mal

Piqué en Ramala. Y un acento, en su retórica, como de rancia arqueología progre: de pacíficas víctimas arafatianas y malvados judíos con cuchillo de degollar bebés entre los dientes.

Me ha fascinado siempre esa pervivencia silenciosa del más tosco antisemitismo, latiendo, a muy pocos milímetros de la superficie, en el inconsciente español. Esa cosa fantástica que nos recuerda cómo este país forjó su identidad sobre una metafísica demonización del otro, de ese otro al cual la expulsión del año 1492 talló a medida. España, como nación, nace en ese infinito exorcismo que vuelca sobre el fantasma judío todos los males. Entre la delectación hematófila ante el relato de los horrores del Santo Niño de la Guardia y la delectación filantrópica en la sacralización del pobrecito santo niño palestino, no hay ni un átomo de discontinuidad simbólica. Como jamás hubo discontinuidad en la militancia antiisraelí –lo cual, en la zona, quiere decir, sencillamente, antidemocrática— de todos los gobiernos españoles del último medio siglo: de Franco como de González, de Suárez como de Aznar. El compadreo con los mismos líderes terroristas de la OLP en cuyos campos entrenaban los comandos de ETA y de cuyos arsenales se nutrió la logística de todo el terrorismo español, sería, sin más, dadaísta, de no mediar esa salvaje venganza del inconsciente.

Piqué en Ramala. En un revuelo de oratorias condenas contra el único gobierno convencionalmente democrático de por ahí: el de unidad parlamentaria que preside Ariel Sharón. En un revuelo de oratorias exhibido, primero, ante Mubarak, que de democracia sabe casi tanto como Castro. Luego –y poco sitio para bromas queda ya en el dislate–, en el cálido codo a codo con Yassir Arafat y su cohorte de muy curtidos terroristas, hoy reciclados en esa alta administración corrupta que se embolsa en Palestina hasta el último céntimo que va llegando –la retórica es, a la larga, la mar de rentable– desde Europa, a cambio de estrictamente nada.

Piqué en Ramala. Abrazando a Arafat –ya saben, aquel señor que ostenta el record absoluto de asesinatos terroristas a lo largo del último medio siglo en todo el mundo–. Abrazando al asesino de los juegos olímpicos de Munich. Como, antes, lo abrazó Suárez. Y González. También, Aznar.

Fascinación del mal, llaman los clásicos a eso. Yo prefiero llamarlo estupidez.

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