Lucrecio, el otro, aquel que añadió al mundo un libro que se soñó espejo del mundo y que era quizá un mundo más complejo que aquel del cual decía ser imagen, Tito Lucrecio Caro, cierra De rerum natura con el cuadro desolado de la peste sobre Atenas. La metáfora era irrevocable (dice Borges que no son más de cinco las metáforas que caben en esa estructura honda del inconsciente humano a la cual llamamos lengua). Irrevocable, como en el primer canto lo fue la luminosa evocación de Venus. Muy pocos son los libros indispensables. Tal vez menos aún que las parcas metáforas reseñadas por Borges. El de Lucrecio es uno de ellos. Como lo son Ilíada y Odisea. Si hay otros, yo ya no sé nombrarlos. No, sin el claro temor de tal vez ser arbitrario.
La peste: el espectáculo grandioso de la impotencia humana ante la muerte. En el libro VIº de Acerca de la naturaleza de las cosas (De la realidad, traduce el estupendo García Calvo, pero yo prefiero ajustarme a la versión más clásica), la peste no es una enfermedad; ni siquiera una enfermedad terrible; ni siquiera la más terrible. La peste, que despliega el vértigo de su destino ante los ojos fascinados del poeta, no es un mal. Es el mal. El mal. La metáfora exacta de lo más terrible: saber que lo más terrible ha sucedido ya y no tiene cura.
“Enterraban a los muertos allá donde caían, unos sobre otros, y se afanaban en sepultar a la multitud de los suyos; volvían a sus casas agotados de llanto y gemidos; después, muchos de ellos se acostaban, entregándose a la desesperación. A nadie podía encontrarse que en aquellos momentos no estuviera afectado o de peste, o de muerte, o de luto”.
Volverá la metáfora, bajo ligeras máscaras de lengua o de creencia, con esa recurrencia obsesiva que, en literatura, sólo poseen los fantasmas primordiales. En las macabras danzas medievales, en autos sacramentales y en rotundos cantos épicos, en cuadros de esplendor renacentista instantáneamente quebrado o en delirios minuciosos del barroco más sabio. Camus le dio, en años oscuros de nuestro siglo (porque nuestro siglo es siempre el pasado), su última gran versión, fallida y conmovedora. Y nadie que escriba hoy, en una España que la peste vascongada envenena, puede aspirar a otra cosa que a dar cuenta de ese horror, horror idéntico a aquel en cuya enunciación cerrara Lucrecio –el otro, el grande– el quizá más indispensable libro escrito desde Homero: “La súbita necesidad y la miseria indujeron a muchos horrores”.
La peste que nos conmovió, casi de niños, en los versos algebraicos de Lucrecio era esto. Esto mismo de ahora. Miseria, esta vez, moral. Sin épica. País vasco. Y, con él, en el vórtice de una misma tempestad, España. Sin cura ya, ni uno ni otra. No veremos el fin de esta desolación, de este universal imperio de la muerte por la muerte. Porque la peste vasca está en nosotros, en cada uno de nosotros, es nosotros.
Y, en el mal que envenena nuestro hastío, late la gravedad del más hermoso endecasílabo de la lengua castellana: “Yo mismo de mi mal ministro siendo”.

La peste era esto
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