El informe del ex senador George Mitchell trata de evitar los puntos conflictivos y concentrarse en un sólo aspecto que pueda servir de base para reducir las tensiones y abrir una posibilidad de diálogo. Mitchell renunció a echar la culpa a palestinos o a israelíes por los últimos ocho meses de violencia y se limitó a una sola de las cuatro cuestiones clave en el futuro de los territorios palestinos.
El ex senador deja de lado el estatuto final de Jerusalén, que hizo fracasar la mediación de Clinton el año pasado, el retorno de los refugiados palestinos o el reparto del agua, pero recomienda que se congele la expansión de las colonias israelíes a las que se oponen incluso algunos grupos de oposición dentro de Israel como la organización "Paz ahora" que denuncia en estos días la ampliación de los asentamientos.
Ya antes de la presentación oficial del informe, el gobierno de Sharon rechazó la propuesta de Mitchell y la Casa Blanca de George Bush sigue negándose a intervenir y presionar, algo que por otra parte sería totalmente inútil mientras Washington no corte la espita que realmente importa, que son los suministros de armas y, quizá, de dinero.
El dinero fue decisivo en 1991, cuando Bush-padre se negó a confirmar los créditos para construcción de viviendas mientras Israel no se aviniera a negociar con los palestinos. Amparado en la popularidad por la victoria en la Guerra del Golfo Pérsico, Bush obligó a Israel a sentarse con Arafat en Madrid, pero la animosidad que se granjeó entre los judíos americanos contribuyó a su derrota electoral ante un oscuro gobernador de un pequeño estado sureño.
Su hijo y actual presidente no ha olvidado la lección y es impensable que presione a Israel: sería un suicidio político, inútil además ante la fuerza de las organizaciones judías que no solo tienen el apoyo incondicional del Congreso de Estados Unidos sino que se hallan presentes a los máximos niveles del gobierno norteamericano.

El fútil informe Mitchell
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