Nuevamente cartel de no hay billetes en La Monumental de Las Ventas este miércoles 23. Se lidiaron 6 toros de Partido de Resina, bien presentados, apuntaron nobleza pero fueron excesivamente blandos. El sexto violento y peligroso.
Luis Francisco Esplá, de azul y azabache. Dos pinchazos, estocada perpendicular y descabello (silenio). En el cuarto pinchazo, estocada y descabello (silencio).
J. M. Arroyo “Joselito”, de azul eléctrico y oro. Cuatro pinchazos y estocada tras un aviso (palmas). En el quinto pinchazo y estocada baja (palmas).
Manuel Jesús “El Cid”, de azul turquesa y oro. Siete pinchazos y estocada tras dos avisos (silencio). En el sexto estocada (ovación).
A la ruptura del paseíllo, ovacionaron los tendidos a Luis Francisco Esplá en el 25 aniversario de su alternativa. El maestro de Alicante tuvo el detalle de torero de hacer partícipes de la ovación a sus compañeros de terna. Un comienzo festivo para una tarde que no cumplió las expectativas. Los míticos Pablo Romero, ahora Partido de Resina, apuntaron nobleza y calidad, pero se derrumbaron, y con ellos la fiesta.
El primero de la tarde salió justo de fuerzas y manseó en el caballo. En la muleta anduvo defendiéndose y con la cara arriba, además cuando Esplá le bajaba la mano se caía y llegaba el desastre. En el cuarto, como ya había hecho en el segundo, Esplá levantó los tendidos en banderillas. Esta vez magistralmente ayudado por el capote de El Boni, buen banderillero. Tampoco daba el cornúpeta opciones en la muleta y Esplá optó por abreviar antes de que al público le diera por impacientarse. No estuvo afortunado con su peculiar estilo de estoquear y pinchó a sus dos enemigos antes de despacharles con sendas estocadas.
Joselito volvió a Madrid con una gran disposición. Ojo a su segunda tarde, que como salga uno embistiendo la puede liar. El segundo tenía calidad a raudales, lástima que fuera tan flojo de remos. Se le cuidó en el caballo y se mantuvo en la plaza, pero llegó a la muleta sin transmisión. Joselito dejó detalles de su indudable clase en algún muletazo suelto. Luego alargó la faena en exceso y le sonó un aviso antes de que consiguiera enterrar la espada al quinto intento. En el segundo de su lote más de lo mismo. Destellos de gran calidad, sobre todo en una serie al natural, pero no tuvo material para más. Otra vez mal a espadas. Pinchó antes de cazar un feo bajonazo.
En un gesto de torería que le honra, brindó El Cid la muerte del primero de su lote a Ángel Gómez Escorial, el torero al que sustituía en el cartel. El burel, que tenía nobleza y clase, era el más flojo del encierro y no debió permanecer en el ruedo. Ignoramos a qué vino tanto interés del presidente por mantenerlo. Con la franela, El Cid cuidó bien del burel y apuntó un buen concepto del toreo, pero claro, ahí no había nada que se pareciera ni de lejos a la emoción. No hizo honor a su apodo y pinchó siete veces –le sonaron dos avisos– antes de acabar con el bovino. Es curioso lo de los toros, el único que se mantuvo en pie fue el sexto. Un auténtico marrajo, con mucha violencia y queriendo coger por los dos pitones. El Cid intentó meter al animal en la muleta y aguantó como un tío las coladas del morlaco por ambas manos. Bien con la espada en esta ocasión, acertó a la primera y se ganó la justa ovación de los tendidos.

Un mito ganadero por los suelos
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