Otra vez lleno en la Monumental de Las Ventas en este martes 6. Se lidiaron 3 toros del Conde de la Corte (1º, 3º y 6º), dos de María Olea (2º y 5º) y otro más (4º) de Ángel Sánchez. Desiguales de presentación, todos, excepto el segundo, fueron mansos, violentos y deslucidos.
Óscar Higares, de negro y oro. Dos pinchazos y estocada (palmas). En el cuarto, tres pinchazos y estocada contraria (silencio) .
Pepín Liria, de tabaco y oro. Media estocada y un descabello (saludos desde el tercio). En el quinto, cuatro pinchazos y siete descabellos (silencio).
Juan José Padilla, de verde oliva y oro. Pinchazo y media estocada (silencio). En el sexto, estocada (silencio)
Afortunadamente, llegaron buenas noticias desde la enfermería de la plaza y la clínica La Fraternidad. Parece que la espectacular cornada que sufrió El Juli fue menos grave de lo que nos temimos. Pero en la fiesta del toro, como en el circo, el espectáculo debe continuar y otra vez estaban los tendidos llenos para ver la corrida del Conde de la Corte, de la que proceden muchas de las ganaderías actuales.
El primero de la tarde salió desarrollando sentido y quedándose corto por los dos pitones. Óscar Higares salió a dejar impronta de su valor en su última tarde en este San Isidro y se fajó con el burel, intentando desengañarle a base de tragar mucho y llevarle largo. Al iniciar una serie por el pitón izquierdo –el más peligroso del animal– el toro se revolvió y prendió al madrileño, a Dios gracias no le hirió, pero sí le pegó una terrible paliza. Volvió Higares a la cara del toro con claros gestos de dolor y consiguió quitarse del medio al bovino al tercer intento. El remiendo de la corrida, de Ángel Sánchez, era muy serio de kilos y de pitones. Además, el morlaco sacó en la muleta las peores ideas del mundo, acordándose de lo que se dejaba atrás. Salió otra vez Higares muy decidido y tanto buscó el riesgo que casi volvió a resultar prendido. Menos seguro con la espada que otras tardes, consiguió una estocada muy contraria después de tres pinchazos.
El segundo, de María Olea, el otro hierro del Conde de la Corte, pareció mansurrón de salida y con tendencia a caerse. Siguió en la misma línea en el caballo, pero, misterios de los toros, en la muleta rompió a embestir. Así lo supo ver Pepín Liria y lo sacó a los medios, donde trazó dos tandas muy templadas con la derecha. Después, al natural, instrumentó otras dos tandas con muletazos largos y acompañados que llegaron a los tendidos. Pudo haber cortado la oreja si en lugar de media estocada hubiera cobrado un espadazo ejemplar. Peor suerte tuvo Pepín Liria con el quinto. Un toraco bronco y muy deslucido. Como ha pasado durante toda la feria, aquí nadie deja escapar nada, y si un toro no va, se recurre al arrimón. Así hizo el de Cehegín que se fajó como un tío e intentó tirar de emoción, pero cuando un enemigo no quiere colaborar, no sirve ni para eso.
Lo de algunos aficionados de Madrid es el colmo. Se disponía Padilla a banderillear al primero de su lote y cuando avanzaba hacia el burel surgió una voz que exigía: “¡Quedate quieto!” Esperamos que fuera en broma. Inició fanea por bajo el torero, intentando acondicionar la embestida del animal, pero el del Conde de la Corte iba con la cabeza por las nubes y tirando violentos derrotes. Por si esto fuera poco, según fue avanzando la lidia, desarrolló mucho peligro, imposible hacer nada parecido al toreo con este ejemplar. No le ha acompañado la fortuna al jerezano con los cuatro toros que le han correspondido esta feria. El sexto también fue un “regalo”. Tardo, sin clase y con violencia en su embestida. Padilla, como no podía ser de otra forma, estuvo voluntarioso con el animal, y aun sabiendo que sería en balde, porfió con la muleta. Lo mejor, que abrevió con la espada y no alargó más la aburridísima tarde que nos dieron los toros del Conde de la Corte.

Los del Conde, duros e insoportables
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