Probablemente, Simeón de Bulgaria será el primer candidato a rey en un país post-comunista que se convierta en primer ministro de un gobierno democrático y en un régimen republicano. Sus partidarios lo han llevado en andas electorales hasta la presidencia del gobierno. Se lo ha ganado a fuerza de insistencia y prudencia.
Pero una cosa es añorar al país lejano desde Cuatro Caminos (allí está la residencia madrileña de Simeón) y otra muy diferente es asumir la misión imposible de convertirlo en un Estado viable.
El pueblo búlgaro cree que este señor tan cortés, tan moderado y con tan buenas relaciones en Europa y Estados Unidos, puede sacarlo del agujero negro en que el país se encuentra tras una década de post-comunismo, léase caos más corrupción.
Bulgaria es hoy un país desolado, sobre el que han caído las hienas de la burocracia y la mafias importadas de Turquía, Rusia y los Balcanes con un apetito descomunal y atrasado. Poner un poco de orden en este patio de monipodio, en versión balcánica, promover la economía e insertar al desventurado territorio en la escena internacional es casi tan difícil como hacerlo con Rumanía y Albania, los restos más deteriorados de macronaufragio que constituyó la caída del socialismo real en el Este y Oriente europeo.
Además de carácter, decisión, audacia y sentido común, habrá de tener suerte. Y, sobre todo, tesón, paciencia y resistencia a prueba de huracán y terremoto.
Simeón de Bulgaria es un caballero educado, inteligente y, aparentemente, al menos, honesto. Sabe idiomas, ha viajado por todo el mundo, tiene amigos en gobiernos, bancos, grandes empresas, casas reales y cancillerías. Nunca levanta la voz, nunca dice cosas inconvenientes, desde niño vivió en el exilio y no se le nota resentimiento o una pizca de odio en lo que dice. Tiene una voz tenue, una sonrisa apagada y una barba rala.
En cualquier otro país sería seguramente presidente de una compañía de seguros, u obispo. En España, por ejemplo, podría presidir un club de fútbol de primera división o una autonomía de segunda.
La historia y la biología le han condenado a cargar con el fardo de la monarquía en un país donde casi nadie cree que ése sea el camino para la modernidad y la prosperidad, la justicia y la igualdad de oportunidades.
Los búlgaros lo han votado masivamente porque creen que es una persona “bien situada” y por ahora parece el único capaz de poner allí un poco de orden y atraer inversiones. Claro que para poner orden hay que “ordenar”, y para ordenar hay que contar con instrumentos capaces de aplicar las leyes, castigar a los criminales y ladrones, acabar con el contrabando y el narcotráfico, cortarle las alas a las bandas mafiosas y encarcelar a los jueces y policías corruptos. Casi nada.
Lo único que ha pedido hasta ahora el futuro primer ministro Simeón Borisov (es decir, Simeón hijo de Boris) es “consenso nacional” y patriotismo. Con tan buenas intenciones se suele ir directamente al paraíso, pero gobernar es otra cosa.
Hace algunos años, en una larga charla con el entonces pretendiente al trono de Bulgaria le pregunté por su empecinamiento en ser rey en aquel lejano y desvencijado país que era todavía una de las dictaduras más piojosas de las que se tiene noticia. ¿Qué haría, vine a preguntarle, un caballero como usted en un país como aquél? No me respondió. El problema es que la pregunta sigue en pie y ahora tampoco hay respuesta.

Un rey en la República de Bulgaria
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