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Malas maneras

En los prontuarios de anécdotas no escritas del Palacio de La Moncloa se cuenta que, en vísperas de nombrar José María Aznar a Josep Piqué Portavoz del Gobierno, fue el propio Rodrigo Rato quien advirtió al presidente sobre el peligro real que existía acerca del entonces ministro de Industria y su pasado empresarial. Una sugerencia que fue interpretada, por algunos, como un arranque de celos. El paso del tiempo está confirmando los temores de Rato. Con razón o sin ella, con motivo o sin él, Josep Pique se ha convertido en una pesadilla para el Gobierno del PP. El “caso Piqué” está provocando que el fantasma de la corrupción vuelva a las primeras páginas de los periódicos.

La anterior anécdota explica muchas cosas pero, sobre todo, arroja luz sobre una cuestión: la presencia y la continuidad de Piqué en los distintos gobiernos Aznar ha sido y es una apuesta personal e intransferible del propio presidente. Piqué está donde está por decisión de Aznar. Y precisamente por todo esto, por lo que significa de riesgo personal, el “caso Piqué” ha conseguido sacar de sus casillas a mismísimo Aznar.

En sus comparecencias públicas, el presidente del Gobierno puede estar más o menos brillante, más o menos afortunado, más o menos incisivo. Pero no es costumbre de la casa perder los nervios, ni alterarse. Aznar puede responder de horma insolente, pero lo hace sin inmutarse. Esta vez no ha sido así. En esta ocasión, ante una pregunta sobre Piqué y su “caso”, el presidente del Gobierno ha respondido de forma destemplada y agria. Ha respondido con una pregunta. Una estrategia equivocada y que transmite inseguridad y nerviosismo. Aznar no ha estado bien. En presencia del líder palestino Arafat, el presidente del Gobierno ha roto con una costumbre en sus actuaciones: mantener los nervios de acero. Ha enseñado las cartas y en ellas se vislumbran nervios.

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