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Lleno hasta reventar el coso pamplonica para la novena de San Fermín. Se lidiaron 6 toros de Gutiérrez Lorenzo, desiguales de presentación y de juego.

Enrique Ponce. Pinchazo y media estocada (ovación). En el cuarto media estocada y descabello (oreja y vuelta al ruedo)
J. López “El Juli”. Pinchazo y gran estocada (oreja y vuelta al ruedo). En el quinto media estocada y descabello (oreja y vuelta al ruedo)
Francisco Marco. Dos pinchazos, estocada y descabello (saludos desde el tercio). En el sexto dos pinchazos, media estocada y descabello (ovación)

Los alborotos que monta El Juli allá por donde va, merecen un estudio sociológico. El Prodigio de Velilla de San Antonio alcanza una conexión con los tendidos fuera de lo normal, tal vez el único secreto sea que delante de un toro lo hace casi todo bien y se arrima como el que no tiene nada que perder. Buena muestra de ello fue el par por los adentros que quiso colocarle al segundo, ¿Por dónde querías pasar, Julián?. Después con la muleta, siguió en esa linea tremendista, pero tremendista de verdad, porque tremenda fue la forma en que El Juli se metió entre los pitones y aguantó los parones y casi topetazos hasta poner a los tendidos con el corazón en un puño. Cerró la faena toreando de rodillas y cuando vio que los tendidos tenían la temperatura suficiente, se lanzó a matar como un león y la plaza le entregó la oreja. En el cuarto, deleitó Julián al respetable con el imposible lance de la lopesina y otra vez se lució en banderillas. A la muleta llegó el morlaco como un auténtico mulo, absolutamente parado y sin ni una sóla embestida. Tantas ganas tenía el Juli de cortar la oreja de este toro que sólo le faltó arrancársela. Se metió entre los pitones, intentó alargar las embestidas, toreó de rodillas y realizó toda suerte de desplantes. Era imposible negarle el trofeo, el público pamplonica así lo entendió y, otra vez, le premió con la gloria de la Puerta Grande.

Nada menos que 620 kilos dio en la romana el primero que saltó al ruedo en la novena del ciclo pamplonés. El toro tenía mucha caja y no le pesó demasiado el exceso de kilos, también se vio muy favorecido por la suavidad con que manejó Enrique Ponce los engaños durante toda su labor. Con la muleta, no tuvo Ponce opción al lucimiento por la tendencia del animal a colarse por ambos pitones y la falta de fijeza en el engaño. Incluso cuando iba a matar el de Chiva, no paraba el morlaco de desparramar la vista hacia todo lo que no fuera muleta. Con habilidad, cazó Ponce media estocada y se quitó del medio al Bovino. La faena que realizó Enrique Ponce al cuarto, fue un auténtico derroche de técnica. El animal, si bien tuvo cierta movilidad, embestía con la cabeza por las nubes y tenía querencia a tablas. Ponce demostró su conocimiento del oficio y aprovechado las querencias, ligó varias tandas de muletazos muy estéticos por ambos pitones que calentaron a los tendidos –hubo incluso quien soltó el bocadillo para decir olé–. Agarró media estocada el valenciano y el presidente se fió del criterio de los de sombra y le concedió la oreja que solicitaba este sector.

Quiso lucirse ante sus paisanos Francisco Marco en un artístico quite al toro de El Juli pero no le salió bien la cosa y quedó el intento en una voltereta sin consecuencias. Después, en su toro, se quitó el estellés la espina del fallido quite y causó buena impresión por sus buenas formas y valor. Lástima que el toro tuviese un problema en una pezuña porque metía la cabeza con mucha clase. Pagó Marco el exceso de ganas y le faltó un punto de serenidad para haber cimentado su faena en los muletazos –porque corre bien la mano– en vez de en el tragantón. Pinchó dos veces arriba antes de envasar la espada y el público le sacó al tercio para recoger la ovación. Como un tren le pasó el sexto a Francisco Marco cuando tuvo la ocurrencia de ponerse a portagayola. No se arredró el navarro y lanceó con emoción al cornalón de Gutiérrez Lorenzo. Luego, con la muleta, volvió el diestro a dejar buena impresión por su valor seco –no mueve un músculo le pase el toro por donde le pase– y porque se le adivina, aunque no llega a explotar, un buen concepto del toreo. Otra vez mató mal pero el paisanaje le reconoció su esfuerzo con una gran, y justa, ovación de despedida.


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